Es la víspera de mi cumpleaños. Nunca he sido muy apegada a una celebración, y además desde hace algunos años, casi sin planearlo, cosas importantes y simbólicas suceden en mi aniversario de vida.
Y tras una década perdurando por las palabras, desgarrándome sobre el teclado, dejando retazos de piel en cada coma, perdiendo la cordura con ediciones y reescrituras y sin una dirección clara, hoy mi ecosistema corresponde al de una autora. Y sí, siento orgullo, mezclado con asombro y un tanto de incredulidad porque lo que hace muy poco comprendí es que si yo escribía era para sobrevivir. Jamás pensé en lectores, en fama, reconocimiento o validación… publicar fue la consecuencia. Respeto y defiendo con fervor el oficio y más cuando parece que la literatura se ha partido en dos y de manera radical: maquilar un libro sin valor y escribir. Conmigo sí aplica la frase: la letra entra con sangre.
Y quizá, sin importar cuál fue el motor genuino por el cual mandé todo al carajo, me aislé y me volqué en la creación literaria encerrada en mi imaginación, el único espacio donde estoy segura y protegida, ya no estoy dispuesta a llenar hojas en blanco con la mirada empañada de lágrimas, mientras otra vez estoy llorando frente a la pantalla. Esa es la ironía.
Porque mi primera novela que está por llegar al mundo y la otra que están evaluando para una seria apuesta editorial, nacieron de mis heridas, de una necesidad casi frenética de expresión, de comprensión, de desahogo, de hallar el significado y el sentido. Y no los encontré del todo. La iluminación no apareció a manera de la semejanza de una combustión instantánea. Me quedé con el cerrillo en la mano.
Y todavía queda la posibilidad de encenderlo y arrasar con todo…
Y este llanto quedito, suave y sin gran dramatismo, se originó porque sé que no sólo debo echarle agua al cerillo para asegurarme de que no lo pueda prender, sino tirar la caja completa a la basura y renunciar conscientemente al incendio que podría quemarme hasta las tripas, sin piedad y, de paso, a los demás.
No lo veo como el escenario más plausible… sobre todo, porque sí armé casi todas las piezas del rompecabezas, sí transité el claroscuro y no salí ilesa, pero sí sana y libre… y uno creería que eso debiera bastar.
No.
No basta.
La pieza que falta en mi rompecabezas es que esa feminista emocional y justiciera y esa estratega racional y analítica que resuelve lo imposible y que habitan en mí desde niña, no encuentran una forma de convivir como adultas y que me dé la sensación de estar en paz, lo que más anhelo.
No ha habido —y tal vez jamás lo haya— un resarcimiento del sufrimiento. Y eso es un deseo intrínseco en aquellas personas que han vivido violencia sexual. Un ataque de esa naturaleza, te aniquila en vida porque te dejan sin las herramientas para enfrentarte ante la misma existencia, que de por sí raya en el sinsentido: tu capacidad de elegir y el derecho a la justicia.
Nada acelera mi pulso tanto como la visibilidad que le han dado a la violencia sexual, la infinidad de personas que rompen el silencio cada día, que se atreven a alzar la voz y recuperar la agencia de su historia. Me alegra que existe ya una conversación social sobre esa problemática grave, milenaria y cultural. Mi corazón da un vuelco. Y todos caben: mujeres y hombres de cualquiera de los colores del género, porque la violencia sexual en sí es sistémica y lo que muy pocos saben es que cualquier tipo de violencia te arrebata justo eso: tú nunca decidiste entrar a un territorio de guerra que fueron tu cuerpo, emociones y mente, y en muy pocos casos se dará una reparación proporcional del daño infligido.
Y eso atraviesa el alma y para eso no hay cura. Ninguna. Yo la he buscado hasta por debajo de las piedras y no ha habido un hallazgo que se acerque remotamente a la sanación de la herida fundacional y el peso del silencio lo agrava más.
Valientes, resilientes y fuertes son adjetivos comunes que califican a aquellos que nombran y señalan la violencia sexual y desenmascaran agresores, y que además acompañan y validan a otros que han pasado por lo mismo y sostienen una lucha para no ahogarse en dolor y rabia, pero lo que se queda marcado en el cuerpo, nadie lo puede borrar y, al final, lo que restan son personas que se quiebran en trozos cuando se sumergen en el sigilo y los atrapa la soledad, escenario idóneo para que reaparezcan los fantasmas y los verdugos malditos.
Y esa es la parte más humana que pudiera existir después de la violencia sexual y me parece que es una conversación social que nadie está dispuesto a poner sobre la mesa todavía, porque me gustaría creer que, si de verdad comprendemos la vulnerabilidad y fragilidad que queda en todos los que fueron sometidos a un ataque de violencia sexual, también asumiríamos que la justicia no es posible, porque no es concebible que el ser humano como especie pueda subsanar algo que es inhumano, la lógica no da… y esa es la paradoja con la cual recibo mi cumpleaños, y sólo espero pronto descubrir de qué forma puedo ser completa y sentirme entera sin cargar con el duelo que implica aceptar que todo sí pasó y desde aquel día, nada volvió a ser igual.
Y lo único que veo distinto ante mi cumpleaños 47, es la capacidad que empiezo a reconocer en mí para abrazar ese duelo, hacerlo sólo mío y hasta que quede reducido a un costalito donde se guarden el enojo, la culpa, la vergüenza y el miedo, y no para cargarlo eternamente y arrastrarme con hastío y frustración por un laberinto existencial, sino para recordarme todos los días que mientras despierte y se sigan expandiendo mis pulmones con la respiración, entrecortada, pero jalando aire, la esperanza de que las cosas para los sobrevivientes y víctimas fatales de la violencia sexual realmente puedan cambiar, podamos habitar un mundo menos cruel y podamos descansar, bajar la guardia y que algún día la paz deje de sentirse como una excepción, sigue viva.
Feliz cumpleaños y larga vida para mí.
***
Sandra de Uriarte
3 de junio de 2026
