Mi primera novela nació de una pregunta: ¿qué pasa cuando una mujer deja de pedirse permiso para existir? No fueron un montón de anécdotas hiladas, sino una incomodidad: la de mirar a una mujer intentando recuperar su propia voz.
Y esto es ciertamente poético y muy alejado de la realidad: si decidí escribir literatura es porque la primera que estaba harta de su vida Godínez era yo, pero no podía dedicarme el resto de la vida a abrazar árboles, viajar, ver series y leer. Además, mi padre, un gran ejecutivo de empresas transnacionales, no lo iba a permitir.
Así que recuerdo que llegué una tarde, después de más de quince años con muy buenos puestos y varios logros profesionales en medios de comunicación, casas productoras de publicidad y agencias de relaciones públicas, y sólo le dije: “Ahora quiero ser novelista”.
Claro que torció los ojos, respiró hondo y me respondió: “Está bien, inténtalo, yo sólo te voy a apoyar con tu seguro de gastos médicos y todo lo relacionado con tu salud física, emocional y mental, lo demás es problema tuyo”.
Y ese fue el banderazo de salida. Además de dejar el departamento en el cual vivía con una amiga, hice el trámite para retirar dinero de mi fondo de ahorro por “desempleo” y sin saber muy bien cómo escribir una novela, me senté en el comedor de casa de mis padres a escribir y empezó el laberinto.
Yo estudié Ciencias de la Comunicación, pero la escritura me acompañaba desde niña. Siempre fui epistolar y desde adolescente sentía que me expresaba mucho mejor a través de la palabra escrita.
Por pura intuición, hice un anteproyecto. Ya tenían algunos textos unitarios, porque en 2011 fue la primera vez que me pagaron por escribir. Durante más de un año, publiqué una columna mensual en la revista Dónde Ir, que se titulaba “Diario de una niña antro”. Esos fueron mis pininos como autora.
Entonces, desarrollé personajes, hice una escaleta con treinta capítulos, una línea de tiempo, mucha investigación… ese anteproyecto estaba listo tras dos semanas que estuve sola en casa de mi hermana cuidando a sus tres gatos mientras ella estaba de vacaciones con mi cuñado. Fue cuando en sí, regresé a casa de mis padres y no me levanté de ese comedor por siete meses.
Si les soy honesta, ya no recuerdo del todo esos siete meses. Además de que ya pasó una década, fue un proceso creativo sumamente intenso. Esa novela se escribió a base de nicotina, alcohol, mariguana, agua y proteína. Estaba aislada, me convertí en la artista ermitaña y no es metáfora. No tenía siquiera el celular prendido. No recibía visitas, no asistía a eventos familiares o sociales. Ni siquiera me bañaba, pisaba la regadera una o dos veces a la semana. El récord fueron más de 39 horas seguidas escribiendo. Dormía muy poco. Y sin darme cuenta, simplemente un día era Fátima quien me estaba dictando la historia. Me obsesioné con contar palabras, con equilibrar la extensión de capítulos, con evitar gerundios y reiteraciones.
Tenía a la par cuatro personajes secundarios, mujeres también muy complejas, y lograr la distinción de voces fue una labor titánica. Todo giraba alrededor del concepto creativo: se busca. Fátima podía buscar desde boletos para un concierto hasta un marido en cosa de un par de capítulos.
Y además, sin saberlo, estaba creando una tragicomedia, uno de los géneros más difíciles de escribir.
Ni siquiera noté los once kilos que perdí en esos siete meses ni la angustia de mi red de salvación por verme completamente atravesada por el arte y perdida en mi imaginación. Fátima me provocaba carcajadas y eso era lo que me impulsaba a seguir llenando hojas en blanco.
Y casi cuando estaba tecleando la palabra FIN, una situación extrema fue lo que me regresó casi de golpe a la realidad: el proceso de eutanasia de la madre de una de mis amigas más cercanas, que es además fuente de inspiración para uno de los personajes secundarios.
Se me vino el mundo encima y tras esa experiencia, me fui a la mierda. Exhausta del proceso creativo de siete meses y después de esa muerte, caí en una terrible depresión y fue muy complicado para mi psiquiatra y psicólogo levantarme. Un día me miré en el espejo y no me reconocí. Estaba demacrada.
Así que durante un par de meses, me dediqué a recuperarme y fue cuando entendí que tampoco vale la pena arriesgar tu vida por el arte. No es necesario.
Cuando estaba un poco mejor, no sabía muy bien qué hacer con la novela terminada, y un hijo de unos amigos de mis padres, agente literario, me recomendó aplicar a un taller de creación literaria con Agustín Monsreal. No podía creer cuando recibí el correo donde me decían que me había aceptado como su tallerista.
Y arrancó la tortura que nadie me advirtió del oficio: la reescritura. Salí llorando de la primera sesión de ese taller, no porque hubiera sido cruel o recibiera críticas devastadoras, sino porque me di cuenta de la cantidad de trabajo que requería todavía el manuscrito para que fuera publicable.
Tras tres meses en ese taller, por fin, llegó el momento en el cual debía perseguir la publicación. Me tomó más de un año alcanzar eso, y para mi sorpresa, en cosa de semanas ya tenía cuatro contratos para publicar. Por mi escaso conocimiento de la industria editorial, firmé uno de esos contratos, y en realidad era una “estafa”. Estas pseudo editoriales de co-edición que sólo son maquilas de libros. Hoy, el esquema de co-edición es muy válido y una excelente opción, siempre y cuando te cerciores de que el contrato sea justo, equitativo y que la editorial también cumpla con sus funciones como lo son: edición, diseño, distribución, comercialización y difusión.
Ese primer contrato para lo único que sirvió fue para que conociera un poco el proceso profesional con una editorial, pero semanas antes del lanzamiento de la novela, rescindí el contrato. Muchos me juzgaron, pero yo sabía que esa no era la casa adecuada para Fátima.
Después de ese primer fracaso, decidí encajonar un rato la novela y ver de qué forma podía vivir de la escritura. Fue complicado. Aun cuando ya había lanzado mi blog y estaba escribiendo artículos para el sitio ActitudFem de Grupo Imagen, contaba pesos y centavos.
Así que decidí autopublicar en formato digital. Otro proceso que me reveló lo cansado que puede ser ese esquema de publicación, pues todo recae en el autor. Logré vender 11 ejemplares, pero por azares del destino, recibí el primer contrato de una editorial independiente, después de que leyeron la novela en Kindle.
La editora de esa novela tiene su crédito en el libro publicado hoy, pero por diferentes motivos, rescindí nuevamente el contrato, el principal: el fallecimiento de mi padre. Un día después de su muerte, recibí la novela editada. Me desbordaba. No era humamente posible que publicara una novela tras la partida de mi padre, a quien cuidé además dos años de un terrible Alzhemeir y con el contexto de la pandemia por covid.
Volví a encajonar a Fátima… me largué a viajar, me perdí un par de semanas en Oaxaca y decidí estudiar una maestría en Guionismo y regresar a trabajar como comunicóloga. Necesitaba anclas para el duelo tan profundo y doloroso por haber perdido a mi padre, mi sostén por 41 años. Acepté una chamba de freelance como senior copy writer para las campañas en redes sociales de un colegio de Derecho y Criminalística. Todo era a la distancia, pagaban bien y puntual y tenía total libertad creativa. Mi trabajo ideal.
La maestría en Guionismo fue muy refrescante. Aprendí mucha teoría de lo que hacía de manera intuitiva y a escribir historias en otros formatos.
Y cuando el duelo de mi padre se acomodó en otro lugar y podía ya respirar, decidí intentar por tercera vez publicar a Fátima.
Fue cuando encontré la convocatoria de recepción de manuscritos de mi editorial: Pollo Blanco, una editorial independiente mexicana en Guadalajara bajo la dirección de Carlos López de Alba. Mi editor querido.
El proceso de edición nos tomó dos años. No es fácil la relación editor-autora, yo creo que es una de las duplas creativas más explosivas que pueden existir. Pero Carlos supo conocerme y comprenderme tanto como autora, como mujer. No le puse el camino nada fácil, pero creyó en mí y cuidó muchísimo a Fátima, tanto, que después de una década llegó al mundo tal como la soñaba y quería desde que decidí decirle a mi padre: “Estoy hasta la madre de ser Godínez y te vas al carajo con la carrera que pretendías que hiciera en el mundo corporativo”.
Hace apenas unas semanas, la novela salió de imprenta. Hoy, Fátima es mi primera obra literaria que circula en el mundo. Ya hay dieciocho libros en manos ajenas (incluido un periodista cultural) y Fátima por fin está haciendo de las suyas bajo el título: “Todas las veces que fui mía”.
Me parece que sigo procesando y entendiendo de fondo la diferencia entre ser escritora y novelista publicada, y el resto del sendero que me falta por recorrer es ahora lo desconocido para mí y estoy consciente de que perdí el control de muchas cosas cuando Fátima dejó de ser un archivo en Word, un PDF, una maqueta y un dummy para convertirse en libro físico.
Pero esa pregunta y esa incomodidad que fueron el motor para que me aventurara a escribir una novela fue lo que me permitió recuperar la agencia de mi voz y de mi historia.
La autora y Fátima nacieron al mismo tiempo y a partir de ahora, cada mañana que despierte y hasta mi último suspiro el hecho seguirá siendo el mismo: soy escritora publicada, y eso nada ni nadie me lo podrán quitar.
Bienvenida, Fátima, el mundo ahora es tuyo. ¡Buen viaje!
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Sandra de Uriarte
8 de julio de 2026

Enhorabuena y todo el éxito para Fátima!!
Muchas gracias!!! Te mando un abrazo y gracias por leerme.