Así el ruido de mi cabeza

#yoconfieso

Hoy no hice nada. Bueno, sí hice algo: sobreviví al ruido de mi cabeza. Ese que me jode muy quedito, pero no se va. No importa si trato de distraerme con alguna serie, una llamada telefónica, leer o estudiar… esa interferencia cada vez es más pesada e imposible de ignorar porque hace casi seis meses no escribo… salvo un par de entradas en este blog, no he creado y hoy, por primera vez, sí siento que me estoy ahogando…

No voy a romantizar más la idea de que el escritor entre más traumado y con una vida miserable escribe mejor. Escribir es reescribir. Es oficio, es disciplina… conlleva ética y responsabilidad intelectual. Por lo menos, en mi caso ya no es siquiera identidad, es mi trabajo. Y como cualquier trabajo, no sólo conozco las reglas, sino he estado envuelta también en contratos, editores, productores, abogados… toda la industria… buscando condiciones favorables para mis derechos como autora y para que mi obra exista. No creo ya en la bella imagen de la inspiración como catalizador de escritura ni busco catarsis a través de un texto. Ya no.

Y tampoco es como que se me hayan acabado los temas o tenga la sensación de haber perdido mi voz. No. Pero cuando extravías sin querer la brújula que te indicaba para qué usar la voz, ahí empieza el laberinto. Y digo sin querer, porque en la travesía de mi sanación jamás imaginé que la escritura dejaría de ser mi herramienta de supervivencia. Esa no la vi venir, sinceramente, aunque entienda ahora que claro que eso iba a ser la consecuencia de sanar.

Y el mundo que narraba mientras me desgarraba sobre el teclado, no ha cambiado mucho. No sé si estamos mejor o peor de cuando me colgué la capa de salvadora. Y los temas ahí siguen, como siempre: caóticos y universales. La gente siendo la gente. Inmersos en muchos sistemas. Haciendo lo que podemos, en realidad, para sobrevivir.

Quizá por eso perdí la brújula… me cansé de nombrar, quitar velos cognitivos, llenar huecos emocionales generacionales y romper silencios. Me retiré. Me fui a sanar. Detuve la prisa cotidiana para ser exitosa y sobresalir en una sociedad narcisista y sacrifiqué mi libertad para salvarme la vida. Y cuando logré levantar la mirada sin dejar caer lágrimas, el mundo estaba ahí, tal cual lo había dejado. Como si fuera una película en loop eterno. Pero era mi mirada la que ya no estaba empañada. Y mi vida no es miserable, sino todo lo contrario y aun así, no logro escribir. Quizá me agoté de sentirme sola en medio de un cuarto gigante lleno de personas donde por más que gritara, se tapaban los oídos.

No perdí el sentido, pero mi existencialismo se agudizó. Podría seguir llenando cuartillas con mi forma de pensar frente a tantas situaciones humanas que además están muy polarizadas ya gracias a discursos difundidos en redes sociales. Claro que podría escribir una novela con justo esos 28 días en una clínica de rehabilitación. Y de mil páginas. Podría seguir siendo la voz de aquellos que no la tienen. Sí, a todo sí, pero el primero que me dice que ya no regrese a eso, es mi corazón. No sé si es una verdadera protección o quizá un miedo terrible de escribir nuevamente desde la herida, aunque ya es cicatriz, y cualquier enfermo sabe que si la herida ya se cerró, no tiene caso abrirla sólo por el placer de verla sangrar otra vez.

Pero si el mundo sigue igual y fue mi mirada la que realmente cambió, ¿podría escribir desde otro lugar aunque sean los mismos temas? Y si lo hago, ¿las cicatrices terminarían por desvanecerse en la piel? Quizá ahí está el siguiente experimento literario, lo que tampoco sé es cómo llevarlo a cabo…

Mi corazón también me dicta que ahora mi oficio se base en la diversión y el gozo de crear historias desde la nada. Inventar personajes, conflictos, escenas, diálogos, y tal vez eso me ayuda a que el síndrome de impostora se esfume de una buena vez. A veces siento que ese es mi verdadero reto: la ficción pura.

Pero el ruido de mi cabeza continúa. Esa batalla interna de no ponerme la capa de salvadora nunca más, porque también comprendí hace muy poco que sólo quería salvar a una persona y es precisamente a la cual nunca voy a poder salvar. Pero no soy indiferente al dolor ajeno y a veces me invade esa necesidad de acompañar, develar verdades terribles y sostener. Esa justiciera que también existe en mí cargando siempre el estandarte del amor, no la puedo olvidar.

Y por eso me ahogo, porque no hallo todavía qué hacer con mi nueva voz… la que es verdaderamente libre y autónoma, la que ya no teme, la que ya no sostiene, la que comprendió la diferencia entre ser escritora y autora, pero sobre todo, la que evolucionó en un mundo que demasiadas veces parece retroceder y ahora no sé cómo construir textos sin perderme otra vez en el camino de la escritura para intentar salvar a los demás.

Porque a la que salvé sólo fue a mí y el alma se me encoge simplemente por saber que quizá con mis palabras podría ayudar a otros a sanar sus propias heridas, pero la ficción es lo que quizá me queda por explorar antes de creer que mi voz desapareció en un mundo que trató de callarme una y otra vez.

Y entonces, la ironía, que muy seguido viste de negro mi vida, vuelve a aparecer: la literatura como única salida para callar el ruido de mi cabeza y no perder la cordura. Aunque sigo pensando que sólo el amor es lo que podrá salvarnos de nosotros mismos y ojalá eso sea la lucha que emprendamos muy pronto y la salvación, entonces sí, sea colectiva y humana.

Así el ruido de mi cabeza.

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Sandra de Uriarte

21 de mayo de 2026

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Autor: Sandra de Uriarte

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