La obligación de sanar y perdonar

#yoconfieso

Reconozco que me alegra en demasía la apertura que existe ahora de ir a terapia o, por lo menos, ya no juzgar duramente a quienes deciden hacerlo.

Se empiezan a colar en conversaciones de sobremesa términos como: sanación, trauma, responsabilidad afectiva, apego, empatía, límites y muchos otros, pero como siempre: las palabras sin un contexto, se pueden desvirtuar.

Tras veinte años, sí, veinte, en procesos terapéuticos continuos de psicología y psiquiatría, hoy les puedo decir que no creo en la sanación. Se trata de integración. Y ese proceso es todavía más rudo y cruel que simplemente sanar, para soltar y llegar al perdón que tiene como consecuencia un aprendizaje.

Sanar puede sugerir que existe un estado posterior en el que aquello que te lastimó deja de formar parte de ti, como si la experiencia fuera una herida cicatrizada y asunto cerrado. Ya hasta se nos olvidó, pero una cicatriz nunca deja de picar.

Yo estoy hablando de otra cosa: integrar la herida a tu biografía sin permitir que siga gobernándola. Y eso no necesariamente se siente bonito.

A veces integrar significa poder decir simultáneamente:

Esto ocurrió; estuvo de la chingada; tuvo consecuencias; entiendo mejor por qué ocurrió; entiendo quién era yo entonces; quizá entiendo incluso quién era el otro; no necesito negar ninguna parte; y hoy puedo vivir en paz con que forma parte de mi historia.

Porque pegado al discurso de la sanación, viene otro: hacer del daño una especie de inversión de crecimiento rentable. Como si para vivir bien hubiera que encontrarle un propósito a todo. Hay cosas que simplemente no debieron suceder. No es necesario excavar más. Que seas capaz de construir una vida después de un trauma, no vuelve indispensable eso que ocurrió ni convierte al otro en el involuntario maestro del crecimiento personal.

Sumergidos en la “falsa felicidad” que surgió por las redes sociales, se nos olvida que por lo que hay que apostar en esta vida es por la paz, porque en ella pueden coexistir la tristeza, el enojo, la alegría, la nostalgia, el duelo e incluso el recuerdo de algo que es imperdonable.

El perdón sin transformación puede convertirse muy rápido en el reinicio del ciclo.

Si perdonar significa dejar de pedir cuentas, pero nadie reconoce qué ocurrió, nadie modifica conductas, nadie establece límites y todo vuelve a empezar, pues qué eficiente sistema: daño → perdón → daño → perdón → daño → perdón.

La integración no exige un final feliz. Exige que todas las piezas puedan existir sin falsear una sola. Nadie tiene que cancelarse para producir una moraleja.

No todo lo que te sucede tiene que “ayudarte a crecer”. Hay experiencias que no son para enseñarte humildad, resiliencia, gratitud ni “el verdadero valor de la vida”. Llegan, alteran brutalmente las condiciones en las que tienes que vivir y tú haces lo necesario para seguir viviendo.

Este blog nació hace casi una década precisamente por la “cruzada” que pretendía llevar a cabo para concientizar sobre el trastorno bipolar. Esa batalla la dejé hace mucho tiempo. Mi bipolaridad seguirá apareciendo en mis manuscritos, es inevitable, pero ya no creo que sea mi deber educar a nadie. Y no porque crea que la humanidad ya no tiene salvación, sino porque me siento hipócrita.

Hoy sólo podría decir: “Ojalá tengas el entorno y los recursos que yo tuve, si no, te deseo mucha suerte porque la vas a pasar del carajo”.

No se trata jamás de actitud y voluntad. Sea lo que sea a lo que nos enfrentemos: violencia, enfermedades mentales, adicciones, heridas fundacionales, trastornos emocionales, abandono… lo que quieran…

Estoy hablando de acceso a psiquiatría, psicoterapia, medicamentos, continuidad de tratamiento, una red de apoyo que pueda responder cuando las cosas se ponen realmente mal, información, dinero, tiempo y circunstancias que permitan sostener todo eso.

No es “yo aprendí a elegir la luz sobre la oscuridad”. Hay condiciones concretas que cambian radicalmente cómo alguien puede atravesar un trauma.

Si modificáramos cualquier variable importante de una biografía, produciríamos otra biografía. Eso no convierte el sufrimiento en requisito retrospectivamente deseable.

En mi caso, integrar la bipolaridad es reconocer: esto forma parte de mi vida, ha condicionado decisiones, relaciones, trabajo, percepción de mí misma, también muchas experiencias creativas; conozco sus riesgos, sé qué necesito para manejarla y no necesito ni avergonzarme de ella ni santificarla ni romantizarla ni demonizarla. Simplemente es.

No todo debe convertirse en una lección para que una vida tenga sentido.

Mi otra “cruzada”: la violencia sexual.

Funciona igual. Integré el trauma. Hoy lo digo con todas sus letras: yo no perdono a mis agresores. Y la lógica es sencilla: tenían agencia. Pudieron decidir no hacerlo y esa decisión no genera una deuda moral de absolverlos para que yo pueda sanar.

Se llama traslado de responsabilidad.

Hay una perversidad potencial en formular la última etapa de recuperación como: ahora te toca perdonar. Porque entonces resulta que:

Alguien ejerce el daño → tú cargas las consecuencias → tú haces el trabajo para reconstruirte → y todavía tú tienes que producir el perdón para demostrar que finalmente sanaste.

Tampoco significa que la alternativa sea vivir cuarenta años consumidos por el odio y el rencor. Esa es la falsa dicotomía que rechazo. Entre “lo perdoné” y “sigo destruido” hay un universo entero.

El amor retrospectivo por partes de una persona no absuelve sus actos. No perdonar no significa seguir castigando y llegar a la integración es comprender y asumir que ya no cargan con el poder de determinar qué hace alguien con lo que pasó.

El perdón es una posibilidad personal, no una obligación ética ni un certificado de sanación. No es un proceso unilateral que tú tengas que completar para quedar oficialmente “sanado”.

Observar y aceptar las circunstancias de alguien, entender su historia, sus miedos, sus limitaciones o incluso conservar cariño por quien fue, no elimina su agencia. Jamás.

Puedes comprender muchísimo sin absolver.

Puedes dejar de odiar sin perdonar.

Puedes recordar sin quedarte atrapado.

Repudio la idea cultural de que el proceso sea sanar, perdonar y aprender.

No necesitas perdonar, ni encontrarle un propósito a todo y mucho menos agradecer tu dolor y sufrimiento, necesitas integrarlo.

Y repito: si puedo afirmar hoy que soy una mujer en paz y con total agencia de mi historia, fue por haberme atrevido a realizar ese proceso de integración, pero fue de la mano de una red de apoyo y con recursos y entornos que favorecieron que pudiera alcanzar ese estado y pueda entonces regalarles estas palabras que quizá no alcanzan para integrar sus propias heridas, pero sí que vean la posibilidad de que no tienen “la obligación de perdonar para sanar”.

Se los dejo de tarea.

***

Sandra de Uriarte

9 de septiembre de 2026

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Autor: Sandra de Uriarte

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