No bastaron 28 días

#yoconfieso

Cuando salí de la clínica de rehabilitación, creía que no iba a escribir jamás sobre esa experiencia. Consideré que era algo que sí debía quedarse en la parte privada de mi vida y más ahora que ya soy autora publicada, pero no dejo de ser escritora y una vez que atravieso algo y lo integro, siento unas ganas tremendas de narrar lo que viví porque además jamás olvidaré esa frase que leí alguna vez: contar tu historia puede ser la guía de supervivencia para alguien más…

Y no, ni siquiera quiero contar lo que pasó allá adentro, porque para mí lo más fuerte fue salir y aun cuando puedan inferir que ese miedo se debía a la tentación de consumo, no fue eso lo que provocó que me fuera tan complejo retomar mi vida.

Yo era una adicta funcional y creo que cada vez hay más personas que también lo son. A mí nadie me intervino. Yo decidí internarme. No involucré a nadie, simplemente un día supe que estaba en riesgo mi vida y precisamente por ser tan funcional, nadie me iba a frenar.

Y la ansiedad previa a internarme se debía a que no estaba segura de que realmente necesitara vivir ese proceso y dudaba si no era mi mente buscando la ficción, porque eso lo hago todo el tiempo. Cuando tu oficio es crear historias, enfrentas casi un desdoblamiento entre vivir y observar. Dejas de ver la realidad como un simple mortal y comienzas a buscar lo que podría convertirse en una experiencia atemporal y universal. De hecho, lo más complicado de estar en la clínica ni siquiera fue el síndrome de abstinencia, fue que al mismo tiempo que lo vivía lo veía como narrativa.

De hecho, en la clínica regresé a escribir con mi puño y letra. Lo que se escribió fue un diario, era obvio, y el cual no volví a leer después de transcribirlo. No quiero regresar ahí. Jamás. Y no porque fuera una experiencia casi de terror. No lo fue, pero hoy sé que ni siquiera estando allá dentro, me di cuenta de lo que iba a representar para mí vivir sin sustancias.

Un tratamiento para rehabilitación de adicciones para ser exitoso depende de muchos factores. Demasiados. La reincidencia es muy alta. No se imaginan. Y no, no se trata de fuerza de voluntad. Ojalá. Sí existe una reacción física, sí hay una relación entre el efecto de las sustancias, el cerebro y las emociones, sí se joden tus circuitos neurológicos y todo tu sistema. Todo. Hay gente más propensa a caer en adicciones simplemente por su cuerpo y cómo funciona. Ni soy doctora ni científica ni me baso en estudios ni he investigado tanto, pero cada vez hay más evidencia de cómo funcionan en sí las sustancias, lo que alteran y el porqué es tan complicado mantener una sobriedad.

Pero esa parte tampoco fue lo que me complicó la vida.

Lo que jamás me advirtieron fue la severa crisis de identidad que iba a enfrentar tras dejar el consumo. Esa sí no la vi venir. De hecho, creía al entrar a la clínica, que yo estaba muy consciente de quién era. Ja. No en vano tenía más de 30 años en procesos terapéuticos. Mi discurso estaba bien montado: vengo a sanar mi cuerpo. Y sí, lo sané. En la clínica no sólo dejé el consumo, sino me apoyaron a modificar mi tratamiento farmacológico para convivir con mi bipolaridad. Recuperé mi higiene de sueño y justo lo único que no he perdido de la clínica es el ciclo circadiano. Todo lo demás, valió madre. Ya hubo consumo. Ya hubo recaídas. No puedo dejar la nicotina. Un pedo. No saben. Y no, no asisto a grupos de AA porque la colectividad ya no es lo mío y porque no creo en el «poder superior» para mantener la sobriedad. Pero sí cuento con el apoyo de una psicóloga experta en adicciones.

Pero esa crisis de identidad fue muy ruda. Cuestioné absolutamente todo, porque allá adentro, en la clínica, fue la primera vez en 46 años que fui realmente vulnerable y dejé que los otros me sostuvieran. Una noche llegué casi cargada en brazos a la enfermería y me sedaron. Allá dentro estaba contenida. Había atención las 24 horas. Rutina. Terapias ocupacionales. Una buena alimentación. Todo muy bien.

Acá fuera, cuando estuve sola, cuando ya no había contención profesional ni alguien que me «obligara» a ejecutar una rutina diaria, se me vino la realidad encima. Me di cuenta de cómo murió mi «complejo de salvadora» en la clínica, también de la asimetría de muchos vínculos. Mi forma de relacionarme, mi manera de ver el mundo, pero sobre todo, la mirada que tenía los «otros» de mí. Siempre con etiquetas: la intensa, la bipolar, la sobreviviente, la loca, la borracha cagada, la «fixer»… y podría seguir.

Y, ¿Sandra? Porque no: ni siquiera quiero la etiqueta de «escritora». De hecho, por haber atravesado ese proceso, también supe que yo escribía para sobrevivir. Pasaron tres meses para que enfrentara nuevamente la hoja en blanco. Y sinceramente sí hubo un momento en el que creí que jamás iba a escribir otra vez. Y no me estaba causando conflicto alguno, que fue lo que más me sorprendió.

Entendí que mi consumo era una vil regulación emocional. Lo social me tiene sin cuidado. Ya estuve en muchos eventos y convivencias y no hubo consumo. Terminé de detectar el detonante y hacía sentido por mi propia historia de vida con ataques de violencia sexual.

Se están cumpliendo apenas cinco meses desde que salí de la clínica y hasta hoy entendí que ese proceso no fue sólo dejar de consumir. Fue una transformación ontológica y lo cabrón fue el impacto que tuvo eso precisamente en mis vínculos. Muchos no sobrevivieron. Y tampoco hubo drama. Simplemente ya no me quise acomodar en el lugar que a los demás les venía bien que ocupara. Lo que más cambió después de la clínica fue mi manera de relacionarme y entender desde dónde estoy dispuesta a generar cercanía e intimidad. Todo se modificó: las conversaciones que permito, las dinámicas, mi manera de expresarme, los límites que establezco, el espacio y tiempo que comparto…

Pero lo verdaderamente hermoso que ocurrió fue aceptar que sí veo el mundo de manera muy diferente a lo que llaman «normalidad». Y me dejé de pelear con eso. Por fin. No fue sencillo, pero percatarme de cómo podía verse mi comportamiento desde afuera, acabó por generarme carcajadas. La típica: ah, ya entendí.

Reconstruí bloque por bloque mi vida. Integré mis heridas. Todas. Fue como ver una película en cámara lenta con una mirada fresca y poder cachar tantas cosas, me liberó. Y por eso, no me quedan las etiquetas. Ninguna. Y si me atrevo hoy a escribir sobre esto, es precisamente por lo claro que lo tengo ya.

En algún momento, platiqué con mi editor sobre la narrativa pública que quería construir alrededor de mi carrera como autora. Y recuerdo que le comenté: todavía no decido qué quiero decir o no de mi vida personal, aun cuando precisamente mi experiencia podría ayudar a otros.

Pero la verdad no quiero ser vocera de nada, simplemente porque el discurso que se maneja alrededor de ciertas problemáticas de salud y sociales, ni va conmigo. Yo no me veo como «motivadora» contando en un foro o entrevista mi vida privada. Ni de cerca.

Porque sinceramente hoy no podría más que decir: «ojalá tengan los recursos y el entorno que yo tuve para poder sortear lo que yo sorteé, de lo contrario, les deseo mucha suerte».

Y esas son conversaciones que no quieren poner en la mesa. O no todavía. El costo de la salud emocional y mental no cualquiera lo puede pagar. No hay una equidad que permita que todos tengan acceso a servicios profesionales que fomenten una salud integral y se logre calidad de vida. Es un privilegio. Y por eso desde hace muchos años les digo una y otra vez: soy disidente precisamente porque soy privilegiada y estoy muy consciente de que si yo no hubiera contado con todo el privilegio que me rodea desde la cuna, no habría sobrevivido.

Por eso, ni me importa ya construir una narrativa pública, porque ni puedo sostener las etiquetas que se han creado para tratar de entender problemáticas generadas por el sistema en el cual vivimos todos y yo no hice las reglas, pero si me atreví a romperlas, fue simplemente porque sabía que alrededor de mí había un entorno y los recursos necesarios para que yo no me quebrara y eso, justo eso, no lo tiene cualquiera y me sentiría muy falsa hablando desde una etiqueta en un foro o entrevista para a según ayudar a alguien más. Tampoco funciona así y si logré salvarme del sistema que casi me aniquila, fue porque alcancé la libertad que el privilegio me permitió alcanzar, de lo contrario, seguiría atada a cada una de las etiquetas que me pusieron a lo largo de mi vida y esta entrada jamás hubiera existido.

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Sandra de Uriarte

28 de julio de 2026

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Autor: Sandra de Uriarte

Creative writer, bookworm, streaming junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

2 opiniones en “No bastaron 28 días”

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