Ser inteligente, conlleva un alto precio. El otro día, conversando con una gran amiga sobre las relaciones personales y, más bien, sobre la forma que hoy en día terminan esas relaciones, le comenté: Te compro tu argumento, me convenciste. Su respuesta: Viniendo de ti, es un halago. Y el alto precio, es el sufrimiento. Ya no soy víctima ni victimario en ningún sentido, me convertí en sobreviviente y en sí no sufro, en lo absoluto, creo que estoy en el mejor momento de mi vida y me siento plena, pero, al mismo tiempo, agotada. Me duele el mundo, me duele la gente, me duele el escenario apocalíptico que enfrento, me duele la hipocresía y doble moral, me duele la violencia tan normalizada, me duele la falta de empatía, me duele… y el dolor más pesado recae en esa falta de un verdadero aliado, pero si algo apesta es la forma en la cual usamos y desechamos a los otros gracias a las redes sociales y la manera tan radical que cambiaron la forma de establecer vínculos gracias a la manipulación dentro de un “concurso de popularidad” donde sólo se puede ganar y ser feliz. En todo hay que ser el mejor, destacar y triunfar. La falsa felicidad de nuestra época. Si no tuviera un blog, no tendría siquiera cuentas en redes sociales. Y sólo uso Facebook porque en esa red social están mis lectores y es apta para que promocione mis entradas. Y cuando eres inteligente, te percatas de todo esto y repito: duele.
Desde niña destaqué en la escuela, pero tampoco era genio. Tenía una memoria impactante, bastaba con que leyera mis apuntes para sacar una calificación alta. Hoy, esa memoria está un tanto dañada, entre muchos traumas, mi edad y todas las sustancias que he consumido desde joven, tanto legales, como ilegales. La parte numérica me cuesta mucho trabajo, pero ese pensamiento analítico que distingue a las personas inteligentes en mí es extraordinario, pero también es cansado. Yo nunca dejo de pensar. Mi capacidad de observación es otro elemento de la inteligencia y mi tren de pensamiento puede ser obsesivo y veloz. Pero lo que ha originado que sea casi una ermitaña, es mi empatía. Y cuando eres una persona empática en un entorno donde la gente no lo es, tus habilidades sociales se van al carajo. Rechazo el contacto físico desde niña y mi hermana, a la fecha, cree que soy muy dramática, pero es real que percibo las emociones, energía e intenciones de los demás en cuestión de segundos y puede ser abrumador.
Ya no me queda ninguna duda de que lo que me salvó fue mi infancia. Mi base fundacional fue el amor, la protección y el cuidado. No hay familia funcional, pero la mía se acerca a ella. De niña no supe de ningún tipo de carencia. Tuve un padre que se encargó de que enfrentara todos y cada uno de mis miedos. Mi madre era un tanto estricta y no muy cariñosa, pero siempre estuvo ahí. En todo momento. Esos primeros doce años de mi vida, me dieron la fuerza para que pudiera sobrevivir todo lo que ni siquiera tenía idea que iba a vivir. En mi casa de infancia, reinaba el respeto. No vi violencia en sí. Mis padres mantenían una buena relación. Jamás los vi pelear. Se permitía la expresión de emociones. Había un diálogo abierto y honesto. Mis padres no marcaron diferencia alguna entre mi hermana y yo y eso generó una relación íntima entre nosotras. Hacíamos muchas cosas juntos como familia y las fechas especiales y logros eran celebrados por todo lo alto. Mi primer acercamiento con la muerte fue hasta mis diecisiete años, cuando falleció mi padrino en un accidente. Esos valores y principios tan arraigados y que defiendo ferozmente, son el resultado de la educación que me dieron mis padres: académica, emocional, social y cultural. Nada de esto lo hicieron en sí conscientemente y creo que la mayor parte del tiempo no sabían ni lo que hacían, en realidad, pero la base era el amor y el resultado no podía ser negativo. Claro que era una familia del deber ser y heteronormativa. Justo en mi adolescencia comencé a cuestionar eso, pero que el amor fuera lo que movía a mis padres, permite que hoy esté escribiendo estas líneas.
Mi infierno empezó cuando tenía diecinueve años y fue uno largo. Casi dos décadas y algo que voy a escribir por primera vez es que, a pesar de buscar constantemente la muerte, lo hacía porque sabía que mis padres y mi hermana no lo iban a permitir, sin importar qué tan lejos llegara con mi temeridad y la cantidad de situaciones de riesgo que buscaba. El haberme sentido tan amada, protegida y cuidada de niña, me colocó una armadura impenetrable. Yo dominaba que jamás me iban a dejar sola y aunque llegaba a ellos cuando la fogata ya se había convertido en un incendio forestal, lo apagaban una y otra vez y me rescataban. Quizá también por eso me aferraba a la vida y creía que era posible alcanzar la felicidad, porque sabía que lo había sido los primeros años de mi vida.
Y si no fuera inteligente, no podría haber llegado a esta revelación. Pero esa falta de un aliado me está jodiendo un poco más cada día. Ojalá tuviera un patrón que romper. Ojalá fuera algo así. Pero como dice mi madre: no tengo carta aborrecida. Son un montón de factores los que provocaron que mi lista de parejas sexuales sea incuantificable. No tengo siquiera un aproximado y al haber vivido muchas experiencias con hombres desde el trauma e intoxicada con alcohol, es posible que no recuerde a muchos.
Pero no todo es blanco y negro. Sí me he enamorado y no visto desde una reacción química cerebral porque para eso se necesita tener mucho sexo y eso tampoco se me dio nunca.
En mis veintes, tuve cuatro novios. Era lo que había que hacer. Casi que no existía otra opción. Y no soy un robot. Me encariñé mucho con ellos, fueron buenos conmigo y hubo varias noches ricas y pasionales, pero siempre me fui. Con argumentos o sin ellos. Entre mi rabia feminista e ir en contra del sistema, eso del matrimonio no me atraía como tal, pero muy en el fondo, era la incapacidad de disfrutar el sexo. Y si en una relación de pareja se esfuma el sexo, se esfuma todo.
Pero hay tres hombres en mi vida que quise hasta la médula y creo que lo sigo haciendo. Porque sólo con ellos, me sentí amada, protegida y cuidada. Como me sentía de niña. Fue verme a través de su mirada lo que permitió que me enamorara de ellos. Repito: no soy un robot y tampoco puedo decir que no sintiera nunca nada con nadie en un nivel físico, pero solamente con tres hombres he disfrutado, en realidad, el sexo. De esa lista incuantificable de parejas sexuales.
Y encontré, entonces, el patrón: son hombres menores que yo y por varios años, hasta nueve. El día que tuve esa epifanía, enloquecí un poco y hasta le dije a mi psiquiatra: Creo que no quiero una pareja, quiero un hijo. Así de freudiano el asunto. Pero como aborrezco a ese hombre y no comulgo para nada con el psicoanálisis (tras año y medio en sesiones de lo mismo) aplaqué la cabeza porque, además, no cuido ni una planta. Nunca he querido ser madre y no sé cómo, pero tampoco he estado embarazada.
Le seguí escudriñando y me di cuenta de que había otro elemento en común: el poder. Ése lo tenía yo. De hecho, dos de ellos tuvieron mucho valor para seducirme porque era su jefa. La figura de autoridad era yo. Con ellos no era la novia de adorno o un objeto sexual. La admiración que me tenían, permitió que conociera la mejor versión de mí misma y, precisamente por eso, me enamoré. Ellos me develaron lo que ni siquiera veía en mí. Me dieron garra y valentía. También me defendían cuando era necesario. Me escuchaban. Me daba cuenta de eso. Mi opinión era fundamental. Nunca fui silenciada o invalidada. Eran mis testigos. Era querida con respeto y devoción. Me daban contención. Me pedían consejos. Y el haberme puesto en un pedestal, me puso a mí los pies en el piso para encontrar a la mujer que, en realidad, soy. Y el tiempo a su lado, no los cuidé, me cuidaron ellos a mí, aun cuando presenciaron también lo peor de mí. Fueron soporte y refugio y la base de nuestra relación siempre fue el amor. Y lo más simbólico: solamente ellos tres me tuvieron en sobriedad.
Hace sentido que sólo con ellos haya disfrutado el sexo y fuera quien buscara encuentros sexuales. A dos de ellos, tuve que dejarlos ir y fue sumamente doloroso, pero lo único que podía desearles era que fueran felices y dentro de eso, estaba la paternidad. Cosa que jamás les daría. El tercero es un claroscuro en mi vida. Aun cuando la historia se sigue escribiendo, de un tiempo para acá, comienzo a sentir y pensar que esta vez sólo me enamoré yo. Sus acciones dejaron de coincidir con sus palabras hace unos meses. Desgraciadamente, creo que estamos en una relación codependiente que ninguno quiere soltar. Algo que me exaspera es su conducta convenenciera, pero todavía mi corazón me dicta que él podría ser mi aliado, ése tan anhelado, pero no sólo depende de mí. Me causa confusión su manera de ser conmigo y mi maldita empatía me dice que corra, antes de que sea demasiado tarde. Al parecer, no quiero escuchar lo que está diciendo. Porque no sólo hablan las palabras. Y esa conexión que existe entre nosotros, quizá sólo la siento yo, simplemente por haberme proyectado en él. Siempre he creído no puedo generar expectativas de los otros, pero es inevitable y más por mi pensamiento analítico. Lo único que quería era transportarlo a un lugar lleno de paz, amor, empatía, responsabilidad afectiva y libre de violencia.
Por eso, el sufrimiento viene con la inteligencia y lo que me calma en un momento casi de angustia y desesperación es creer que los tres me llevan cerca y me concedieron un lugar en su alma y, mientras eso suceda, jamás pasaré al olvido.
Sandra de Uriarte
3 de marzo de 2024

Gracias por compartirlo. Gran entrada.
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Gracias por leerme. Un abrazo.
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