Ser inteligente, conlleva un alto precio. El otro día, conversando con una gran amiga sobre las relaciones personales y, más bien, sobre la forma que hoy en día terminan esas relaciones, le comenté: Te compro tu argumento, me convenciste. Su respuesta: Viniendo de ti, es un halago. Y el alto precio, es el sufrimiento. Ya no soy víctima ni victimario en ningún sentido, me convertí en sobreviviente y en sí no sufro, en lo absoluto, creo que estoy en el mejor momento de mi vida y me siento plena, pero, al mismo tiempo, agotada. Me duele el mundo, me duele la gente, me duele el escenario apocalíptico que enfrento, me duele la hipocresía y doble moral, me duele la violencia tan normalizada, me duele la falta de empatía, me duele… y el dolor más pesado recae en esa falta de un verdadero aliado, pero si algo apesta es la forma en la cual usamos y desechamos a los otros gracias a las redes sociales y la manera tan radical que cambiaron la forma de establecer vínculos gracias a la manipulación dentro de un “concurso de popularidad” donde sólo se puede ganar y ser feliz. En todo hay que ser el mejor, destacar y triunfar. La falsa felicidad de nuestra época. Si no tuviera un blog, no tendría siquiera cuentas en redes sociales. Y sólo uso Facebook porque en esa red social están mis lectores y es apta para que promocione mis entradas. Y cuando eres inteligente, te percatas de todo esto y repito: duele.
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