Si les soy sincera, nunca me cruzó por la cabeza la idea de que yo podría tener cáncer. En mi familia no existe como tal esa enfermedad. Solamente mi abuelo materno murió de cáncer de estómago. Los demás han fallecido en accidentes, de viejitos —la muerte de los justos— o por demencias seniles. El miedo latente que existe en mí es precisamente desarrollar una demencia senil y se acrecentó ese miedo después de vivir el Alzheimer de mi padre. Jamás he sido hipocondriaca. Nunca he buscado en Google enfermedades o síntomas de nada. De hecho, me jactaba de tener una excelente salud física. Era muy usual que le dijera a mis doctores: no tengo nada físico, todo lo mío es mental. Y en parte es cierto. No sufro de gastritis o migraña. Nada me duele nunca. Es muy raro que me enferme y si pasa, no es grave. Tengo casi 44 años y ni siquiera me han quitado las anginas o las muelas del juicio, y porque las últimas ni siquiera me salieron (solamente el 10% de la población en el mundo no las tiene y es señal de evolución). No me he roto un hueso ni he tenido siquiera un esguince. No sufro ni de estreñimiento. Me he contagiado solamente una vez de Covid y, aunque sí fueron muy duros los primeros tres días, hasta la fecha no tengo una sola secuela.
Otra herida de guerra
#yoconfieso
