Atravesando el cambio

#yoconfieso

Tengo 45 años y la M me está persiguiendo desde hace tiempo ya. Una tiene que estar alerta porque empieza sutilmente, como todo en la vida. Si te agarra desprevenida, puedes confundirla con un montón de cosas. Lo mío comenzó porque tuve una racha de sudoraciones nocturnas y bochornos al grado de levantarme empapada en las madrugadas para cambiarme la piyama.

Recuerdo esa consulta donde mi ginecóloga me dijo que estaba ya en el climaterio. Salí encabronada de su consultorio. Pero no pasaron tres días cuando fui a la farmacia a comprar el medicamento que me recomendó para combatir los síntomas físicos derivados por la M. Desde entonces no tengo sudoraciones nocturnas ni bochornos y lo agradezco, pero sí noto cambios en mi cuerpo que me tienen intrigada.

Cosas muy sencillas desde que ya no tengo tanto vello corporal, pero sí muchas canas, o que mi piel esté reseca. He subido de peso y ya no es sencillo deshacerse de los kilos extras. Mis periodos menstruales son irregulares. Sufro de insomnio. Pero la parte emocional, cómo jode. Si de por sí me causa conflicto descifrar mis emociones por aquello de mi trastorno bipolar, ahora con las hormonas «alteradas», ya ni sé qué provoca que un día cualquiera llore por dos horas sin siquiera tener un solo motivo para llorar. Luego, tengo arranques de ira y a los pocos minutos se me pasa. Todo esto es normal para mí, en realidad. Esos cambios de humor tan característicos del trastorno bipolar. Pero no, queridas, no estamos locas ni somos histéricas. Es la naturaleza. Y antes de correr a ver doctores que nos atiborren de medicamentos que sepa la madre qué efectos secundarios pueden tener a la larga, es más importante hacer las paces con nuestro cuerpo y enfrentar como guerreras el cambio.

Hace un par de siglos las mujeres con histeria acudían al médico para recibir un «masaje pélvico», y el tratamiento consistía en que el doctor estimulase manualmente los genitales de la mujer hasta llegar al orgasmo. Qué cosa, ¿no? Y seguro muchas de esas mujeres no habían tenido un orgasmo con sus maridos, pero no puedo generalizar y nací en el siglo XX después de la revolución sexual y la pastilla anticonceptiva.

Hemos sido «castigadas» desde niñas por lo que pasa en nuestro cuerpo de manera natural. Pero si se detienen a pensar un poco, el cuerpo femenino engendra vida, claro que iba a ser muy complicado su funcionamiento. No soy madre ni he estado embarazada jamás, pero las mujeres cercanas que han tenido hijos me develan mucho de esos cambios fisiológicos que experimentamos las mujeres a la largo de toda nuestra vida.

La industria farmacéutica es mañosa y, por lo menos yo, no quiero caer ahora en terapias hormonales. Ya no. El único paliativo que tomo para contener los síntomas físicos de la M es una raíz, un medicamento natural y holístico. Lo demás lo voy a vivir libremente. Sin dañar a nadie y sin convertirme en esas personas que no buscan quién se las debe, sino que paguen. Es mi cuerpo y es natural. No debo sentir culpa si una mañana completa me suelto a llorar y mucho menos asustarme por ser testigo de los cambios en mi cuerpo.

Los síntomas de la M se parecen mucho a trastornos emocionales y mentales. Hay también que tener cuidado con eso. Ese sube y baja anímico puede ser agotador, pero ¿por qué queremos luchar en contra de la naturaleza? Si tenemos la fuerza para dar vida, también la tenemos para enfrentar esa última llamada de la naturaleza para engendrar. Hayamos sido madres o no.

Estamos completas, nuestro cuerpo funciona como engranaje y, por lo mismo, no debemos temerle a la M. Debemos buscar formas naturales para contenerla como una alimentación saludable, ejercicio, procurar un descanso real y escuchar a nuestro cuerpo, que es un santuario y es normal que todas enfrentemos ese pensamiento de: me estoy haciendo vieja. Y no. Somos cada vez más hermosas, más maduras, más centradas y más empáticas.

Nos hemos pasado la vida entera buscando validación, que nuestra voz sea escuchada, que se nos reconozca y dejemos de ser las locas. Hemos crecido con demasiada culpa y azotadas por mandatos sociales, culturales y religiosos. Pero cada una de nosotras es única y debemos seguir alzando el puño con orgullo porque lo último que somos es el «sexo débil».

Sé que es una chinga atravesar el cambio, pero también a nuestra edad el sexo puede ser maravilloso. Si se disminuye la posibilidad de un embarazo no deseado, nos liberamos, ¿no? Hay que ser sinceras. Pero también hemos alcanzado (o espero que sea algo para todas) madurez emocional y sexual que puede derivar en una excitante vida sexual. Si resulta que enfrentas resequedad vaginal sobran hoy lubricantes y cremas vaginales que acaban con el problema y somos ya capaces de abrir portales donde se desborda el placer.

Repito: no estamos locas ni somos histéricas y la M puede generar malos diagnósticos y que nos mediquen cosas que no necesitamos. Repito: un estilo de vida saludable puede revertir muchos síntomas y claro que podemos acudir a especialistas cuando nos sentimos abrumadas o en estados ya muy pinches, pero si nos deshacemos de esa culpa que nos han impuesto como una lápida en los hombros, les aseguro que el paso por la M sería algo desapercibido y sólo un proceso más de la naturaleza y en la cual debemos confiar.

Somos sobrevivientes, sacerdotisas, curanderas, parteras, hermanas, protectoras y dadoras de vida, y atravesar ese cambio sólo es un recordatorio de la importancia y papel crucial que tenemos como mujeres para seguir dotando de vida a pesar de todo lo que nos han hecho pagar por ese milagro que nos distingue de engendrar en nuestro cuerpo a otra persona que llegará al mundo para crear su propia historia y también de historias se conforma el mundo, y sólo nosotras sabemos que ese poder que tenemos, por supuesto, viene con un alto precio, pero podemos con esto y mucho más.

No estás sola y hablar ayuda, pero transitar la menopausia desde el orgullo y no la culpa, vergüenza y pesar, puede liberarte para seguir convirtiéndote en la mejor versión de ti misma.

Sandra de Uriarte

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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