Hoy quiero hablarles de este concepto no tan consciente en nuestro contexto social actual.
¿Qué son las noches oscuras del alma?
Manuscritos Bipo-sapiosexuales
… un grito de auxilio en un recipiente virtual y sin miedo a las palabras, a las lágrimas y a las risas, a la vida y a la muerte, charlar de manera honesta (aunque duela) acerca de menesteres psiquiátricos, inteligencia emocional, feminismo, mucho sexo y otros tantos demonios…
Diana Castillo
Hoy quiero hablarles de este concepto no tan consciente en nuestro contexto social actual.
¿Qué son las noches oscuras del alma?
#yoconfieso
Fui bailarina antes de entender lo que eso significaba.
Y no como un hobby de domingo o una actividad extraescolar.
Aprendí a escuchar con el cuerpo, a contar con el pecho, a llorar sin hacer ruido. A sostenerme en una pierna aunque por dentro estuviera temblando.
Fui bailarina desde los 4 años, y pude haber sido primera bailarina si hubiera querido… o si me hubieran dejado.
Mi cuerpo tenía el destino escrito en los pies y mi alma estaba envuelta en el piano.
Alta, fuerte, perfeccionista, elegante, inquebrantable, con la musicalidad marcada en la sangre y las caderas abiertas como mapa.
Era entrega total, era talento bruto, era disciplina callada.
Tenía once años cuando la directora de mi academia le pidió a mi padre que me dejara subir a puntas. Él se negó. A los trece ya no pudo evitarlo.
Nadie supo que en esa niña ya vivía una mujer hecha de fuego y contención.
Hubo veranos intensivos con maestros de Cuba, Rusia, Inglaterra.
Hubo duetos con hombres que me levantaban por el aire como si no pesara,
y cuando caía de nuevo al suelo, no lo hacía como niña: lo hacía como bailarina.
Hubo amor. Mucho amor. A la danza, al espejo, al escenario.
Y también hubo dolor. Físico, emocional, mental.
Un día lo dejé.
No porque no pudiera.
Sino porque mi salud mental ya no podía más.
Tenía el corazón hecho un nudo, aunque el cuerpo hiciera piruetas perfectas.
Mi hermana me recuerda cosas que yo ya había olvidado, porque así funciona el trauma: te hace borrar lo que no puedes procesar.
Me dice que la directora quería mandarme a audicionar a la Royal Academy en Londres y mi padre no lo permitió.
Que cada noche volvía quebrada.
Que sumergía los pies destrozados en una tina de agua caliente con sal para cauterizar y me tragaba el dolor. Esos pies que eran testigos mudos de la guerra entre la gracia y el sacrificio.
Que recorría la academia con los ojos cerrados como si fuera mi casa. Como si las paredes supieran que ahí adentro se entrenaban cisnes… y mártires.
Que había gritos en francés y conteos en ocho tiempos. Coreografías que exigían más que cualquier maestro de matemáticas.
Que era la que se salía de la fila, la que bailaba como si todo el cuerpo fuera una máquina de engranajes.
Era feliz.
Feliz de verdad.
Con la espalda recta, los muslos firmes,
y los brazos en posición perfecta.
Y al mismo tiempo, era la rebelde.
La que se reía con los ojos.
La que se hacía el chongo dos minutos antes de clase
y lo perdía en la primera pirueta.
La que llegaba tarde,
pero giraba como diosa.
Amaba el ballet. Lo amaba como se ama lo que te salva sin saberlo.
No bailo hace años,
pero mi cuerpo no lo olvida.
Los tobillos aún giran solos cuando suena un adagio,
la espalda se endereza apenas escucho un compás en 3/4,
las manos buscan el aire como si pudieran dibujar el silencio.
No bailo hace años,
pero si me paro descalza sobre el piso frío,
mis pies encuentran la quinta posición sin que se los pida.
Hay memoria en el arco del empeine,
en la curvatura de los dedos,
en la cadera que aún sabe abrirse como flor de guerra.
Hay memoria…
y también hay duelo.
Porque sé que nunca voy a regresar del todo a ese salón de espejos,
sé que no hay cuerpo eterno para aguantar esa belleza,
sé que hay cosas que sólo se viven por 15 años
y una voluntad que sangra por dentro y sonríe por fuera.
Pero en algún rincón de mi alma
todavía hay una bailarina
que gira,
que cae,
que vuela,
que desobedece.
Y esa niña no murió.
Sólo se quitó las zapatillas y las guardó en una caja,
junto a los diplomas, las fotos, los videos
y todo lo que duele bonito.
Y aunque ya no tenga el cuerpo de entonces, todavía bailo.
A mi modo. En mis palabras. En mis novelas.
En cada decisión que tomo.
En cada escenario que piso con la cabeza en alto.
Porque aprendí desde niña a moverme con belleza entre la presión y el caos.
Y eso, créeme, es algo que no se olvida.
Por eso, cuando hablo de mi cuerpo a los 19, cuando me enamoré en un verano que duró cinco semanas y me marcó para siempre, sé que era mi mejor versión.
Mi cuerpo venía de 15 años de ballet.
No pesábamos ni 100 kilos entre los dos.
Tenía todos los músculos marcados y el alma llena de giros.
Hoy no bailo.
Pero todavía siento que mi cuerpo recuerda.
Como si al escribir también hiciera arabesques con las palabras.
Porque eso fui.
Una niña que bailaba hasta sangrar.
Y que un día, sin pedir permiso, decidió volver a contarlo todo.
***
Sandra de Uriarte
4 de agosto de 2025
#yoconfieso
No, no fuiste el amor de mi vida.
No te quedaste.
No volviste.
Pero fuiste el portal.
Fuiste el umbral entre lo que era niña y lo que iba a ser mujer.
Entre el cuerpo tembloroso y la piel que aprendía a decir “sí” sin pedir permiso.
Continuar leyendo «No fuiste el amor de mi vida, pero fuiste el portal»
#yoconfieso
Hay momentos en la vida en los que una duda incluso de lo que sintió.
Vuelves de un viaje con el cuerpo distinto, con el alma hecha nudo, y te preguntas si todo lo que viviste fue real… o si lo soñaste sola.
Esta carta nació en una madrugada larga, con tequila y temblores, como un acto de amor hacia esa versión de mí que volvió callada, confundida y rota. La que necesitaba escuchar algo que nadie supo decirle.
Hoy lo digo yo.
Desde el presente, desde la voz que por fin se atrevió a escribirlo todo.
#yoconfieso
Desde muy pequeña, absorbía las emociones de los demás como si fueran mías, al grado de sentirme abrumada. Mis sentidos están muy desarrollados y soy muy sensible. De niña todo era casi un acto de magia: conectarme tan profundamente con la energía de las personas y animales.
#yoconfieso
A veces me pregunto en qué momento aprendí a ser tan dura conmigo. Quizá fue desde la escuela, cuando los errores se castigaban más que los aciertos se celebraban. Además, hoy puedo asegurar que mi padre nos educó a mi hermana y a mí como hombres y en una cultura de excelencia. Siempre las mejores en todo.
#yoconfieso
Varias veces he escrito que entré a una revolución sin darme cuenta. No desperté un día y, además de levantarme de la cama, levanté el puño con orgullo y decreté: soy feminista. El mismo horror del sistema me llevó a romper el silencio, alzar la voz, luchar y formar parte de la marea morada. Y ha sido una lucha rabiosa, de muchos años ya, y una de las consignas del movimiento lo dice bien: nos quitaron tanto, que nos robaron el miedo.
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#yoconfieso
La idea de esta entrada surgió de una serie que estoy viendo. Es un drama, con tintes de tragicomedia. Inspirador. Tierno. Muy rosa. Todo es bonito y todo se arregla siempre. El amor triunfa por sobre todas las cosas. Y es que ya prefiero ver esos contenidos porque por cualquier lado hay demasiada violencia y ya no soporto verla. Ya no. Está en aumento lo distópico y ciencia ficción, y tampoco necesito ver el fin del mundo. Lo estoy viviendo. Pero justo en esta serie abordan el alcoholismo y drogadicción desde un enfoque de «enfermedad» y algo me brincó. Me voy a meter en camisa de once varas, como siempre, pero puedo decirles que para mí el alcoholismo y drogadicción no son una enfermedad. De hecho, son síntomas de otra cosa, pero no considero que las adicciones sean enfermedades y les voy a contar por qué…
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No seguí muy de cerca el caso, por simple dolor. No tenía que leer mucho para entender a Gisèle. ¿Saben? Cuando realmente sanas la violencia sexual, es duro escuchar más y más historias. No es necesario. Como sobreviviente, les reconozco que las historias pueden ser muy distintas, pero las consecuencias y emociones son las mismas para todos.
#yoconfieso
Creo que soy la primera persona que conozco que su propio terapeuta le dice: ya vas sola. Sinceramente, no la vi venir. Pensaba hasta hace muy poco, que uno deja la terapia cuando se le pega la gana, no cuando el psicólogo, con todo y la pérdida de un ingreso, te dice: puedes descansar un largo rato de terapia, lo mereces. Y desde hace unos días, me muevo entre la libertad y el terror. ¿De veras puedo sola?