Tríptico: El cuerpo, la mente y el nombre

#yoconfieso

Una serie sobre deseo, respeto y memoria.
Sobre el instante en que la inteligencia se volvió forma de amor
y el cuerpo dejó de ser territorio ajeno para convertirse en palabra.


I. No fue el que quiso besarme

No fue el vato borracho en el antro intentando besarme.
Fue el que me vio como su igual.
El que, en lugar de acercarse con halagos o manos torpes, me dijo: vamos a estudiar juntos.

Y ahí, sin proponérselo, me cautivó.
Porque por primera vez alguien no me miró desde el deseo, sino desde el entendimiento.
No quería tocarme: quería pensar conmigo.
Compartir apuntes, cansancio, el hambre después de ocho horas de clase, la risa que salvaba el día.

Mientras otros buscaban cuerpos, él buscó complicidad.
Y ese gesto simple —una mesa, dos cuadernos, una mirada sin pretensión—
fue la forma más pura de intimidad que conocí a esa edad.

Me enamoré del alivio de no tener que defenderme.
De poder hablar sin miedo a ser convertida en adorno o trofeo.
De saber que el deseo también podía ser respeto.


II. El día que me desarmó

Fue una gran estrategia de su parte.
No llegó con flores ni con frases ensayadas.
Llegó con una verdad que desarmaba cualquier sospecha:
tengo novia.

Y ahí entendí que no buscaba el juego, sino el respeto.
Que su forma de acercarse no era promesa ni trampa,
era honestidad.
Sabía que la única manera de entrar en mi territorio
no era con deseo,
sino con inteligencia.

Ninguna mujer se involucra con un hombre menor, con novia,
en un país ajeno y bajo un programa académico que nos exprimía ocho horas al día.
Lo sabía.
Por eso su jugada fue impecable:
no me invitó a un bar,
me invitó a estudiar.
Y así, sin tocarme, me tocó todo.

Porque en esa frase —vamos a estudiar juntos que esto está muy cabrón
estaba la grieta por donde entró la complicidad.
La mesa compartida, los apuntes, el cansancio, las risas,
el idioma secreto que nace cuando dos mentes se reconocen.

Esa fue su estrategia: no conquistarme, sino reconocerme.
Y yo, que había pasado la vida defendiéndome,
entendí que a veces el respeto puede ser la forma más profunda del deseo.

Y claro, ahora lo pienso y me río:
¿por qué habría de pedirle ayuda a alguien más?
Yo era la mejor alumna del campus,
la que dominaba el idioma desde el primer día,
la que ya había presentado el TOEFL en México
y terminó siendo la traductora oficial de todos.
No fue casualidad.
Fue precisión.
Y también fue destino.


III. Mi cuerpo no necesita reconciliación

Desde que tengo memoria, rechazo el contacto físico.
No por trauma, sino por instinto.
Mi cuerpo siempre supo que era un templo antes de que el mundo me lo arrebatara para convertirlo en vitrina.
Desde los once años aprendí que ser mujer es ser observada:
los ojos de los hombres eran manos,
y las manos, territorio invadido.
Mientras ellos crecían jugando,
yo crecí esquivando.

Nunca disfruté el sexo.
Siempre supe que si no hay inteligencia, ternura o palabra, no hay acceso.
Porque la verdadera intimidad no es la piel: es el pensamiento.
No hay deseo sin conversación, ni placer sin complicidad.

Y sin embargo, insisten en que algo en mí está roto.
Que mi calma es represión,
que mi decisión es herida,
que mi claridad es trauma.
Que necesito reconciliarme con mi útero,
con mi feminidad,
con mi “energía bloqueada”.
No.
No necesito una danza ni un hombre
ni una inyección de estrógenos para sentirme viva.

Lo que necesito es respeto.
Y si alguien tiene que reconciliarse con mi cuerpo,
que sean los que lo rompieron,
el sistema que lo silenció,
los que confundieron deseo con poder y amor con posesión.

No es abstinencia, es coherencia.
No es castigo, es elección.
Porque mi cuerpo no se niega, se preserva.
Mi cuerpo es tan sabio
que sólo en un acto de amor lúcido, consciente y libre
podría volver a entregarse
para derribar el mismo sistema que desde niña lo cosificó.


Coda: Lo que intentaron quitarme

Con los años entendí que lo que me jodió no fue él.
Ni el deseo, ni la historia, ni lo que no se dijo.
Lo que me jodió fue que quisieran quitarme eso:
la claridad, la inocencia lúcida,
la certeza de haber vivido algo limpio y real.

Porque mientras todos veían romance o culpa,
yo había encontrado pensamiento, refugio, respeto.
Y eso era imperdonable para un sistema
que necesita mujeres confundidas, no conscientes.

Intentaron arrancarme el recuerdo,
convertirlo en trauma, en síntoma, en error de juventud.
Pero no pudieron.
Porque esa historia no fue pecado ni herida:
fue el momento en que por primera vez supe
que mi mente también era cuerpo,
y que ser vista como igual podía ser la forma más profunda del amor.

***

Sandra de Uriarte

13 de octubre de 2025

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

2 opiniones en “Tríptico: El cuerpo, la mente y el nombre”

  1. profundo, sublime, precioso y si hay amores así, que no hay escapatoria te trepanaron la mente con una cirugía casi imperceptible, traspasaron cada poro y permearon tu ser con tinta indeleble! Muchos besos
    Te quiero Sandi te conocí pequeñita jugando con muñecas ahora juegas con letras y las arreglas de forma magistral! ¡Continúa escribes increíble !

    Mucho amor

    Xime

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