Es curioso, pero a veces, cuando las cosas van bien, en lugar de sentirme en paz, siento una inquietud extraña. Una voz en mi cabeza que me susurra: «No te confíes demasiado, algo malo va a pasar.»
El miedo a ser feliz
#yoconfieso
Manuscritos Bipo-sapiosexuales
… un grito de auxilio en un recipiente virtual y sin miedo a las palabras, a las lágrimas y a las risas, a la vida y a la muerte, charlar de manera honesta (aunque duela) acerca de menesteres psiquiátricos, inteligencia emocional, feminismo, mucho sexo y otros tantos demonios…
#yoconfieso
Es curioso, pero a veces, cuando las cosas van bien, en lugar de sentirme en paz, siento una inquietud extraña. Una voz en mi cabeza que me susurra: «No te confíes demasiado, algo malo va a pasar.»
#yoconfieso
Desde muy pequeña, absorbía las emociones de los demás como si fueran mías, al grado de sentirme abrumada. Mis sentidos están muy desarrollados y soy muy sensible. De niña todo era casi un acto de magia: conectarme tan profundamente con la energía de las personas y animales.
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A veces me pregunto en qué momento aprendí a ser tan dura conmigo. Quizá fue desde la escuela, cuando los errores se castigaban más que los aciertos se celebraban. Además, hoy puedo asegurar que mi padre nos educó a mi hermana y a mí como hombres y en una cultura de excelencia. Siempre las mejores en todo.
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Creo que soy la primera persona que conozco que su propio terapeuta le dice: ya vas sola. Sinceramente, no la vi venir. Pensaba hasta hace muy poco, que uno deja la terapia cuando se le pega la gana, no cuando el psicólogo, con todo y la pérdida de un ingreso, te dice: puedes descansar un largo rato de terapia, lo mereces. Y desde hace unos días, me muevo entre la libertad y el terror. ¿De veras puedo sola?
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Hace ya varios años, publiqué la entrada El placer de la soledad y es un texto muy reconfortante, que busca una conciliación con la soledad como estado liberador para hallar el verdadero amor, tanto a uno mismo, como a los otros. Es esperanzador el tono en esas letras, tratando de develar la importancia de saber estar solo.
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Sentí como si una mano hubiera atravesado mi cuerpo y arrancado el corazón de mi pecho, dejando un hoyo negro y gélido que me devoró lentamente por días hasta creer que estaba seca por dentro. Ríos de lágrimas y gemidos ahogados. El dolor era no sólo corporal, sino me pesaba el alma.
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Verán. Antes de juzgarme, recuerden que soy escritora, casi una ermitaña. Tengo nueve años encerrada en mi habitación llenando hojas en blanco y sangrando los dedos con el teclado. Mis trabajos y proyectos académicos son a la distancia. Si socializo es porque mis amores vienen a mi casa a verme y siempre con un buen tequila. Se me complica eso de conocer hombres. Tengo ya 45 años. Y no es que sienta que me hace falta un hombre y sí sé disfrutar mi soltería, la amo, de hecho, pero siempre es lindo tener a una persona «especial» en tu vida o, por lo menos, alguien con quien coger. Y soy curiosa, muy curiosa…
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Hace unos días, un gran amigo me dijo que daría todo por poder abrir mi cerebro y ver cómo funciona. Mi respuesta: no quieres eso. Mi síndrome del impostor está acabando conmigo. Sé lo que escribo, pero eso no quiere decir que no me sienta un fraude. Hay muchas personas talentosas y creativas que trabajan arduamente desde chavales para convertirse en escritores. Yo nunca hice eso. No soy la gran lectora tampoco. No sé mucho de literatura. Cuando me preguntan por mi libro favorito, la mente se me pone en blanco, parecería que jamás he leído nada en la vida. Quizá diría igual que Peña Nieto: la Biblia. Ja.
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Sé que, en general, la humanidad está cansada. Además, parece que el tiempo pasa de manera veloz, como nunca antes, y un año se va en un abrir y cerrar de ojos. Quizá también sea la crisis de la mediana edad y más porque en un mes es mi cumpleaños 45. Sí me siento justo a la mitad de mi vida y me persigue el pensamiento de: si no es ahora, ya no fue. Pero mi crisis no se trata de un trabajo o dinero o esas cosas, esta crisis gira alrededor de mi revelación del complejo de salvadora que tengo y esta entrada será muy cruda.
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Ser inteligente, conlleva un alto precio. El otro día, conversando con una gran amiga sobre las relaciones personales y, más bien, sobre la forma que hoy en día terminan esas relaciones, le comenté: Te compro tu argumento, me convenciste. Su respuesta: Viniendo de ti, es un halago. Y el alto precio, es el sufrimiento. Ya no soy víctima ni victimario en ningún sentido, me convertí en sobreviviente y en sí no sufro, en lo absoluto, creo que estoy en el mejor momento de mi vida y me siento plena, pero, al mismo tiempo, agotada. Me duele el mundo, me duele la gente, me duele el escenario apocalíptico que enfrento, me duele la hipocresía y doble moral, me duele la violencia tan normalizada, me duele la falta de empatía, me duele… y el dolor más pesado recae en esa falta de un verdadero aliado, pero si algo apesta es la forma en la cual usamos y desechamos a los otros gracias a las redes sociales y la manera tan radical que cambiaron la forma de establecer vínculos gracias a la manipulación dentro de un “concurso de popularidad” donde sólo se puede ganar y ser feliz. En todo hay que ser el mejor, destacar y triunfar. La falsa felicidad de nuestra época. Si no tuviera un blog, no tendría siquiera cuentas en redes sociales. Y sólo uso Facebook porque en esa red social están mis lectores y es apta para que promocione mis entradas. Y cuando eres inteligente, te percatas de todo esto y repito: duele.