Este año no se va como se van los años tranquilos.
No cierra con conclusiones claras ni con listas de aprendizajes.
Se va en silencio, como se van las cosas que todavía se están acomodando por dentro.
Lo que no se cierra, se habita
#yoconfieso
Manuscritos Bipo-sapiosexuales
… un grito de auxilio en un recipiente virtual y sin miedo a las palabras, a las lágrimas y a las risas, a la vida y a la muerte, charlar de manera honesta (aunque duela) acerca de menesteres psiquiátricos, inteligencia emocional, feminismo, mucho sexo y otros tantos demonios…
#yoconfieso
Este año no se va como se van los años tranquilos.
No cierra con conclusiones claras ni con listas de aprendizajes.
Se va en silencio, como se van las cosas que todavía se están acomodando por dentro.
#yoconfieso
No todos los amores se cierran con olvido.
Algunos se transforman en aprendizaje, en memoria, en palabra.
Esta carta no busca revancha ni reconciliación;
es el acto final de una autora que necesitaba escribir para soltar.
La escribí después de caminar entre flores, copal, mezcal y muertos en Oaxaca,
en vísperas de un temazcal con mujeres sabias perdida en Capulálpam,
sabiendo que el fuego, el agua, la tierra y el aire serían testigos de mi entrega.
Esta es la carta que marca el final de un ciclo
y el principio de mi verdadera libertad.
***
#yoconfieso
No sé si algún día leas esto.
Ni si importa.
Hoy lo escribo por mí.
#yoconfieso
Una serie sobre deseo, respeto y memoria.
Sobre el instante en que la inteligencia se volvió forma de amor
y el cuerpo dejó de ser territorio ajeno para convertirse en palabra.
No fue el vato borracho en el antro intentando besarme.
Fue el que me vio como su igual.
El que, en lugar de acercarse con halagos o manos torpes, me dijo: vamos a estudiar juntos.
Y ahí, sin proponérselo, me cautivó.
Porque por primera vez alguien no me miró desde el deseo, sino desde el entendimiento.
No quería tocarme: quería pensar conmigo.
Compartir apuntes, cansancio, el hambre después de ocho horas de clase, la risa que salvaba el día.
Mientras otros buscaban cuerpos, él buscó complicidad.
Y ese gesto simple —una mesa, dos cuadernos, una mirada sin pretensión—
fue la forma más pura de intimidad que conocí a esa edad.
Me enamoré del alivio de no tener que defenderme.
De poder hablar sin miedo a ser convertida en adorno o trofeo.
De saber que el deseo también podía ser respeto.
Fue una gran estrategia de su parte.
No llegó con flores ni con frases ensayadas.
Llegó con una verdad que desarmaba cualquier sospecha:
tengo novia.
Y ahí entendí que no buscaba el juego, sino el respeto.
Que su forma de acercarse no era promesa ni trampa,
era honestidad.
Sabía que la única manera de entrar en mi territorio
no era con deseo,
sino con inteligencia.
Ninguna mujer se involucra con un hombre menor, con novia,
en un país ajeno y bajo un programa académico que nos exprimía ocho horas al día.
Lo sabía.
Por eso su jugada fue impecable:
no me invitó a un bar,
me invitó a estudiar.
Y así, sin tocarme, me tocó todo.
Porque en esa frase —vamos a estudiar juntos que esto está muy cabrón—
estaba la grieta por donde entró la complicidad.
La mesa compartida, los apuntes, el cansancio, las risas,
el idioma secreto que nace cuando dos mentes se reconocen.
Esa fue su estrategia: no conquistarme, sino reconocerme.
Y yo, que había pasado la vida defendiéndome,
entendí que a veces el respeto puede ser la forma más profunda del deseo.
Y claro, ahora lo pienso y me río:
¿por qué habría de pedirle ayuda a alguien más?
Yo era la mejor alumna del campus,
la que dominaba el idioma desde el primer día,
la que ya había presentado el TOEFL en México
y terminó siendo la traductora oficial de todos.
No fue casualidad.
Fue precisión.
Y también fue destino.
Desde que tengo memoria, rechazo el contacto físico.
No por trauma, sino por instinto.
Mi cuerpo siempre supo que era un templo antes de que el mundo me lo arrebatara para convertirlo en vitrina.
Desde los once años aprendí que ser mujer es ser observada:
los ojos de los hombres eran manos,
y las manos, territorio invadido.
Mientras ellos crecían jugando,
yo crecí esquivando.
Nunca disfruté el sexo.
Siempre supe que si no hay inteligencia, ternura o palabra, no hay acceso.
Porque la verdadera intimidad no es la piel: es el pensamiento.
No hay deseo sin conversación, ni placer sin complicidad.
Y sin embargo, insisten en que algo en mí está roto.
Que mi calma es represión,
que mi decisión es herida,
que mi claridad es trauma.
Que necesito reconciliarme con mi útero,
con mi feminidad,
con mi “energía bloqueada”.
No.
No necesito una danza ni un hombre
ni una inyección de estrógenos para sentirme viva.
Lo que necesito es respeto.
Y si alguien tiene que reconciliarse con mi cuerpo,
que sean los que lo rompieron,
el sistema que lo silenció,
los que confundieron deseo con poder y amor con posesión.
No es abstinencia, es coherencia.
No es castigo, es elección.
Porque mi cuerpo no se niega, se preserva.
Mi cuerpo es tan sabio
que sólo en un acto de amor lúcido, consciente y libre
podría volver a entregarse
para derribar el mismo sistema que desde niña lo cosificó.
Con los años entendí que lo que me jodió no fue él.
Ni el deseo, ni la historia, ni lo que no se dijo.
Lo que me jodió fue que quisieran quitarme eso:
la claridad, la inocencia lúcida,
la certeza de haber vivido algo limpio y real.
Porque mientras todos veían romance o culpa,
yo había encontrado pensamiento, refugio, respeto.
Y eso era imperdonable para un sistema
que necesita mujeres confundidas, no conscientes.
Intentaron arrancarme el recuerdo,
convertirlo en trauma, en síntoma, en error de juventud.
Pero no pudieron.
Porque esa historia no fue pecado ni herida:
fue el momento en que por primera vez supe
que mi mente también era cuerpo,
y que ser vista como igual podía ser la forma más profunda del amor.
***
Sandra de Uriarte
13 de octubre de 2025
#yoconfieso
No cargo culpas.
Las dejé en el desierto junto con los fantasmas que me hicieron creer que amar estaba mal.
Lo mío ahora es nostalgia azul:
una memoria que duele, pero no condena;
un amor que existió, pero ya no me pesa;
un origen que me dio voz y me devolvió mi propia luz.
Azul porque es melancolía y también cielo.
Azul porque me recuerda lo profundo y lo infinito.
Azul porque puedo mirar atrás sin bajar la cabeza,
y mirar adelante con el corazón abierto.
No soy la adolescente rota,
ni la mujer que pedía reconocimiento.
Soy la que escribe, la que crea, la que transforma.
Y cuando la nostalgia me visite,
la recibiré como quien abre las ventanas a la mañana:
con aire fresco, con gratitud, con la certeza de que ya no es culpa,
sino memoria que me pertenece.
***
Sandra de Uriarte
9 de octubre de 2025
#yoconfieso
No fue casualidad.
Ni el verano, ni el idioma, ni tus ojos nerviosos cuando se cruzaron con los míos como si reconocieran algo sagrado.
Tampoco fue casualidad que yo, justo yo, supiera sostenerte el caos con una calma que ni yo sabía que tenía.
Nunca fui la más dócil, ni la más callada. Pero contigo fui abrigo, fui paciencia.
Y aun ahora, con todo lo que pasó y lo que se rompió, si vuelves la vista atrás…
…verás que fui la única que nunca quiso más que verte bien.
Porque aunque nadie lo entienda, aunque digan lo que digan,
tú y yo sabemos que esto se escribió en una lengua que no necesita traducción.
Yo crecí viéndolo todo. Viendo a mi padre domar empresas con una mirada y resolver crisis con un silencio. Viéndolo llevarse el mundo entre los dedos con la serenidad de quien nunca dudó de su lugar. Y vi también a mi madre, que en ese mundo hizo lo que quiso. Libre, desafiante, hermosa. A su modo, pero siempre suya.
Así que no. No iba yo a quedarme chiquita para gustarle a ningún niño bonito. No iba a bajar la voz ni a esconder el filo. Si me traían rosas, primero preguntaba de qué jardín se las robaron. Si me decían “ayúdame con la tarea”, ya sabían que podían terminar llorando entre mis piernas.
Los hombres siempre llegaron con algo que esconder. Un anillo, una herida, una ambición. Creían que podían controlarlo todo. Y al final, terminaban como terminan los hombres que han sido cuestionados: rotos y agradecidos.
Y si me fui, fue porque quise. Porque sabía que podía hacerlo mejor sola.
Pero también, también, me enamoré. De un hombre que traía poder real en la sangre. Que no me miró hacia abajo, sino de frente. Que bajó la guardia y lloró conmigo en otro país. Y por él, por ese niño heredero que me dejó sin palabras y sin respiro… por él estoy escribiendo esto.
Porque cuando dos hijos del poder se rompen a la mitad, también pueden volver a armar el mundo.
Si se atreven.
***
Sandra de Uriarte
9 de septiembre de 2025
#yoconfieso
Cuando empecé este blog, no sabía a dónde iba.
Casi no escribo con mi puño y letra y por esa razón nunca he podido llevar un diario. Necesitaba un espacio de desahogo, sin censura ni límite de extensión.
#yoconfieso
🎶 “Canta, musa…”
nah, ya ni hay musas, ahora hay algoritmo.
Canta la historia de la morra que encendió Troya versión campus,
sin barcos, pero con playlists en Spotify y cartas en Gmail.
#yoconfieso
Es tan fácil desacreditar a una persona que vive con un trastorno mental que a veces eso cansa más que el mismo trastorno.
Soy la primera a la que se le olvida que tengo trastorno bipolar y que la primera manifestación fue a los 14 años. Hoy tengo 46. Y siempre que creo que la “loca de la cabeza” me abandonó, algo pasa, que se despierta y empieza la batalla.
#yoconfieso
Es curioso, pero a veces, cuando las cosas van bien, en lugar de sentirme en paz, siento una inquietud extraña. Una voz en mi cabeza que me susurra: «No te confíes demasiado, algo malo va a pasar.»