No sé si algún día leas esto.
Ni si importa.
Hoy lo escribo por mí.
Tu última jugada en redes me sacudió —lo admito—,
pero ya no como antes.
No desde el vértigo,
sino desde la memoria.
Fue como ver una chispa vieja encenderse un segundo en la oscuridad,
sólo para recordarme que alguna vez ardí.
No te culpo, no te espero, no te justifico.
Tampoco me engaño: sé perfectamente quién eres
y lo que haces cuando apareces.
Pero esta vez no voy a girar alrededor de tu sombra.
He pasado años transformando lo que dolía en arte.
Y aunque tu nombre siga escondido entre mis líneas,
ya no soy la mujer que temblaba al escribirlo.
Ahora escribo en calma.
Desde la distancia de quien entendió
que la herida también era origen,
y que no todo lo que nos parte viene a destruirnos.
Así que gracias.
Por haber existido.
Por seguir respirando allá lejos, recordándome
que la historia no se borra,
pero sí se resignifica.
Yo me voy a Oaxaca.
A reconectar con lo que no duele,
con lo que se mueve lento y sincero.
Y si alguna vez vuelves a aparecer,
no te preocupes:
ya no voy a correr ni a esconderme.
Sólo te miraré de frente y pensaré:
“Sobreviví a esto. Y escribí algo hermoso.”
Cierro esta carta y la dejo ir al viento.
Si algún día llega a tus manos,
sabrás que ya no dolía —
que sólo era el eco amable
de lo que una vez nos encendió.
***
Sandra de Uriarte
27 de octubre de 2025
