Es curioso, pero a veces, cuando las cosas van bien, en lugar de sentirme en paz, siento una inquietud extraña. Una voz en mi cabeza que me susurra: «No te confíes demasiado, algo malo va a pasar.»
Es como si la felicidad fuera un lugar al que no termino de acostumbrarme. Como si la alegría viniera con una advertencia invisible: «Disfrútalo mientras dure, porque seguro se acaba.»
Y eso me hace preguntarme: ¿por qué, cuando por fin somos felices, nos da miedo serlo?
Es el miedo a la caída: cuando la felicidad parece demasiado buena para ser verdad.
Hay algo en la felicidad que nos asusta. Tal vez porque nos han enseñado que lo bueno no dura para siempre, que la vida tiene altibajos y que después de la risa viene el llanto.
Así que, en lugar de disfrutar, nos ponemos en modo alerta. Nos anticipamos a la caída, como si prepararnos para lo malo nos fuera a doler menos. Como si, por estar esperando el golpe, el golpe fuera más suave.
Pero la realidad es que no funciona así. Preocuparse por perder la felicidad no nos protege del dolor, sólo nos impide disfrutar el presente y es cuando la felicidad se siente incómoda.
Para muchos, la felicidad no es un estado familiar. Si hemos pasado por momentos difíciles, si crecimos en entornos donde la calma siempre era interrumpida por el caos, la felicidad puede sentirse extraña, incluso amenazante.
«Esto no puede ser real.»
«Algo malo tiene que pasar.»
«No me lo merezco.»
Es como si la mente rechazara la felicidad porque no sabe cómo sostenerla. Como si el cuerpo estuviera programado para la alerta constante y el descanso le resultara sospechoso.
Aprender a aceptar la felicidad sin miedo es reconocer el miedo sin dejar que nos controle. Es normal sentirse inseguro cuando algo va bien, pero eso no significa que vaya a salir mal.
Debemos dejar de pensar en la felicidad como algo que «se nos acaba». No es un recurso limitado, no tienes que «ahorrarla».
Es soltar la necesidad de anticiparse al dolor. Si algo malo sucede en el futuro, lo enfrentaremos en ese momento, no antes.
Es darnos permiso de disfrutar. La felicidad no necesita una justificación, ni una condición, ni una garantía.
La felicidad no es un engaño, es un derecho.
No sé cuánto durará la felicidad en cada etapa de mi vida. Nadie lo sabe. Pero sí sé algo: no quiero seguir desperdiciándola con miedo.
Así que, cuando vuelva a sentir esa alegría ansiosa, me recordaré esto: no tengo que pagar un precio por ser feliz. No es un castigo que viene después. No es un error. Es vida. Y merezco vivirla sin miedo.
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Sandra de Uriarte
17 de agosto de 2025
