La niña que bailaba hasta sangrar

#yoconfieso

Fui bailarina antes de entender lo que eso significaba.

Y no como un hobby de domingo o una actividad extraescolar.

Aprendí a escuchar con el cuerpo, a contar con el pecho, a llorar sin hacer ruido. A sostenerme en una pierna aunque por dentro estuviera temblando.

Fui bailarina desde los 4 años, y pude haber sido primera bailarina si hubiera querido… o si me hubieran dejado.

Mi cuerpo tenía el destino escrito en los pies y mi alma estaba envuelta en el piano.

Alta, fuerte, perfeccionista, elegante, inquebrantable, con la musicalidad marcada en la sangre y las caderas abiertas como mapa.

Era entrega total, era talento bruto, era disciplina callada.

Tenía once años cuando la directora de mi academia le pidió a mi padre que me dejara subir a puntas. Él se negó. A los trece ya no pudo evitarlo.

Nadie supo que en esa niña ya vivía una mujer hecha de fuego y contención.

Hubo veranos intensivos con maestros de Cuba, Rusia, Inglaterra.

Hubo duetos con hombres que me levantaban por el aire como si no pesara,
y cuando caía de nuevo al suelo, no lo hacía como niña: lo hacía como bailarina.

Hubo amor. Mucho amor. A la danza, al espejo, al escenario.

Y también hubo dolor. Físico, emocional, mental.

Un día lo dejé.

No porque no pudiera.

Sino porque mi salud mental ya no podía más.

Tenía el corazón hecho un nudo, aunque el cuerpo hiciera piruetas perfectas.

Mi hermana me recuerda cosas que yo ya había olvidado, porque así funciona el trauma: te hace borrar lo que no puedes procesar.

Me dice que la directora quería mandarme a audicionar a la Royal Academy en Londres y mi padre no lo permitió.

Que cada noche volvía quebrada.

Que sumergía los pies destrozados en una tina de agua caliente con sal para cauterizar y me tragaba el dolor. Esos pies que eran testigos mudos de la guerra entre la gracia y el sacrificio.

Que recorría la academia con los ojos cerrados como si fuera mi casa. Como si las paredes supieran que ahí adentro se entrenaban cisnes… y mártires.

Que había gritos en francés y conteos en ocho tiempos. Coreografías que exigían más que cualquier maestro de matemáticas.

Que era la que se salía de la fila, la que bailaba como si todo el cuerpo fuera una máquina de engranajes.

Era feliz.

Feliz de verdad.

Con la espalda recta, los muslos firmes,

y los brazos en posición perfecta.

Y al mismo tiempo, era la rebelde.

La que se reía con los ojos.

La que se hacía el chongo dos minutos antes de clase

y lo perdía en la primera pirueta.

La que llegaba tarde,

pero giraba como diosa.

Amaba el ballet. Lo amaba como se ama lo que te salva sin saberlo.

No bailo hace años,

pero mi cuerpo no lo olvida.

Los tobillos aún giran solos cuando suena un adagio,

la espalda se endereza apenas escucho un compás en 3/4,

las manos buscan el aire como si pudieran dibujar el silencio.

No bailo hace años,

pero si me paro descalza sobre el piso frío,

mis pies encuentran la quinta posición sin que se los pida.

Hay memoria en el arco del empeine,

en la curvatura de los dedos,

en la cadera que aún sabe abrirse como flor de guerra.

Hay memoria…

y también hay duelo.

Porque sé que nunca voy a regresar del todo a ese salón de espejos,

sé que no hay cuerpo eterno para aguantar esa belleza,

sé que hay cosas que sólo se viven por 15 años

y una voluntad que sangra por dentro y sonríe por fuera.

Pero en algún rincón de mi alma

todavía hay una bailarina

que gira,

que cae,

que vuela,

que desobedece.

Y esa niña no murió.

Sólo se quitó las zapatillas y las guardó en una caja,

junto a los diplomas, las fotos, los videos

y todo lo que duele bonito.

Y aunque ya no tenga el cuerpo de entonces, todavía bailo.

A mi modo. En mis palabras. En mis novelas.

En cada decisión que tomo.

En cada escenario que piso con la cabeza en alto.

Porque aprendí desde niña a moverme con belleza entre la presión y el caos.

Y eso, créeme, es algo que no se olvida.

Por eso, cuando hablo de mi cuerpo a los 19, cuando me enamoré en un verano que duró cinco semanas y me marcó para siempre, sé que era mi mejor versión.

Mi cuerpo venía de 15 años de ballet.

No pesábamos ni 100 kilos entre los dos.

Tenía todos los músculos marcados y el alma llena de giros.

Hoy no bailo.

Pero todavía siento que mi cuerpo recuerda.

Como si al escribir también hiciera arabesques con las palabras.

Porque eso fui.

Una niña que bailaba hasta sangrar.

Y que un día, sin pedir permiso, decidió volver a contarlo todo.

***

Sandra de Uriarte

4 de agosto de 2025

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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