La trampa de la autoexigencia

#yoconfieso

A veces me pregunto en qué momento aprendí a ser tan dura conmigo. Quizá fue desde la escuela, cuando los errores se castigaban más que los aciertos se celebraban. Además, hoy puedo asegurar que mi padre nos educó a mi hermana y a mí como hombres y en una cultura de excelencia. Siempre las mejores en todo.

Quizá fue en mi casa, donde vi a los adultos exigirse hasta el cansancio. O tal vez simplemente absorbí lo que el mundo nos enseña desde siempre: que sólo merecemos amor, descanso y reconocimiento si hemos sido lo suficientemente “buenos”. Hay que trabajar arduamente para ser consideradas como personas de bien y exitosas.

La culpa y la vergüenza han sido compañeras incómodas toda mi vida. La culpa de no hacer suficiente, de no ser suficiente. La vergüenza de no cumplir mis propias expectativas, de no estar a la altura de mi versión más exigente. Y no sólo mis expectativas. No olvido, otra vez, las de mi padre, pero todas las del sistema que me fueron impuestas simplemente por nacer como mujer.

Es ciertamente agotador el ciclo interminable de la autoexigencia.

Primero viene la idea: “Tengo que hacerlo bien. No puedo fallar.” Luego, la obsesión: repaso mentalmente cada detalle, cada paso que di, cada palabra que dije. Después, la evaluación: si algo salió mal, me castigo; si salió bien, minimizo el logro porque “pude haberlo hecho mejor.” Y cuando creo que lo he superado, aparece el miedo: “La próxima vez tengo que hacerlo perfecto.”

Es un ciclo cruel porque nunca se gana. La autoexigencia nos convence de que si dejamos de empujarnos hasta el límite, nos volveremos mediocres. Que si bajamos la guardia, fallaremos. Pero la verdad es que lo único que logramos es quemarnos.

Me costó muchos años entender que la culpa y la vergüenza no son lo mismo. La culpa, además de ser social, me dice: “Lo hiciste mal.” La vergüenza dice: “Soy mala por haberlo hecho así.”

Aunque ya casi me despojo de la culpa, al grado de que ni mi madre me la causa, la culpa podría ayudarnos a reflexionar. La vergüenza, en cambio, nos paraliza y nos hace creer que no merecemos perdón, compasión… no merecemos nada.

Aprender a ver mis errores sin castigarme ha sido un camino sinuoso. Y sí, todavía me descubro siendo mi peor jueza, pero también he aprendido a preguntarme: ¿Le hablaría así a alguien que quiero? ¿De verdad es tan grave como mi mente lo está haciendo ver? ¿Qué pasaría si me permitiera ser humana en lugar de perfecta?

Para romper con la trampa, hoy entiendo que no hay solución mágica para erradicar la autoexigencia, pero debemos aprender a ser más compasivos con nosotros mismos. Nadie lleva la cuenta de nuestros fracasos, solamente nosotros conocemos nuestras batallas y no es cuestión de vida o muerte en alguien más las decisiones que tomemos.

Debemos celebrar lo que sí hicimos, aunque no haya sido “perfecto”. Nada es perfecto, pero sí perfectible. Debemos hablarnos con amabilidad y amor, incluso —y sobre todo— cuando fallamos. Aprender a descansar sin sentir culpa. Recordar que merecemos amor, aun cuando no seamos nuestra “mejor versión”.

No sé si algún día dejaré de exigirme tanto, pero sí sé que puedo aprender a hacerlo con amor, compasión y empatía. Ser buena conmigo. Y quizá, sólo quizá, dejaré de medir mi valor en función de cuánto produzco, logro o demuestro frente a los demás.

Porque al final, ser suficiente no es algo que se gana: es algo que ya somos.

***

Sandra de Uriarte

24 de febrero de 2025

Avatar de Desconocido

Autor: Sandra de Uriarte

Creative writer, bookworm, streaming junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

Deja un comentario