Cómo avanzar cuando el mundo parece retroceder

#yoconfieso

Varias veces he escrito que entré a una revolución sin darme cuenta. No desperté un día y, además de levantarme de la cama, levanté el puño con orgullo y decreté: soy feminista. El mismo horror del sistema me llevó a romper el silencio, alzar la voz, luchar y formar parte de la marea morada. Y ha sido una lucha rabiosa, de muchos años ya, y una de las consignas del movimiento lo dice bien: nos quitaron tanto, que nos robaron el miedo.

Pero llega un punto en el que eres presa de la fatiga feminista. El cansancio se siente en los huesos. No el físico, sino el otro: el agotamiento emocional de explicar lo mismo una y otra vez. De ser portadoras de noticias que duelen o causan indignación. De romper silencios sociales y argumentar con quienes nunca han tenido que defender su derecho a existir en paz y viven en el privilegio. De visibilizar y denunciar. De ser revictimizadas. De soportar la burla y el acoso. De marcar precedentes. Cansa y, a veces, el peso del movimiento se siente abrumador, pero jamás como se siente el peso del silencio.

Ser feminista no es sólo una postura: es una forma de ver el mundo. Y cuando ves el mundo con esta mirada, ya no hay vuelta atrás. Pero qué difícil es sostenerla cuando todo parece indicar que seguimos peleando por lo básico, en el resurgimiento de la ultra derecha y parece que nos están retrocediendo todo lo que avanzamos.

Yo me puse los lentes de género apenas hace una década, pero antes de ser feminista, podía ignorar muchas cosas. Hoy no. Las injusticias estaban ahí, pero no siempre las veía o prefería no ver. Ahora, en cambio, las reconozco en todas partes: en una película, en una conversación, en la calle. Y aunque el conocimiento es poder, también es agotador. El poder del saber.

Es agotador tener que explicar por qué el acoso no es un halago.

Es agotador tener que discutir por qué sólo nosotras decidimos sobre nuestro cuerpo.

Es agotador tener que desenmascarar a los agresores.

Es agotador tener que hacernos cargo del trabajo del hogar sin una paga.

Es agotador tener que soportar cosas como la brecha salarial.

Es agotador tener que andar en la calle con la mirada sobre tu hombro y no saber si vas a llegar sana y salva a tu casa.

Es agotador tener que debatir sobre derechos que deberían ser incuestionables.

Es agotador sentir que el cambio es tan lento, mientras la violencia es inmediata.

Y en ese agotamiento, a veces pienso: ¿de qué sirve todo esto?, ¿realmente estoy permeando un cambio?

No estamos solas, aunque a veces lo parezca. Hay días en los que la fatiga feminista se siente como una isla. Como si estuvieras gritando en un cuarto donde nadie escucha. Eres invisible. Pero, entonces, aparecen esas personas que sanan: las mujeres. Esas miradas de complicidad entre mujeres que se entienden sin necesidad de explicar tanto.

Porque aunque nos sintamos solas, no lo estamos.

Porque aunque el mundo parezca retroceder, nosotras seguimos avanzando.

Porque cada historia que contamos, cada lucha que sostenemos, deja huella imborrable, incluso si no la vemos de inmediato.

Una de las trampas del activismo es creer que tenemos que estar siempre en pie de lucha, que descansar es rendirse. Pero no lo es. Descansar es resistir de otra forma. Es recargar fuerzas para poder seguir. Está bien desconectarse por ratos, no dar explicaciones todo el tiempo y cuidar la salud emocional y mental en medio de la rabia y la impotencia.

Seguir, a nuestro ritmo y paso firme.

No sé cuándo llegará el día en que no tengamos que explicar por qué merecemos lo mismo que los demás. Pero sí sé que ese día no llegará si nos rendimos. Y aunque hoy estemos cansadas, aunque a veces la lucha pese más que la esperanza, seguimos aquí. Juntas. Siempre juntas.

Basta ya.

***

Sandra de Uriarte

17 de febrero de 2025

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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