No seguí muy de cerca el caso, por simple dolor. No tenía que leer mucho para entender a Gisèle. ¿Saben? Cuando realmente sanas la violencia sexual, es duro escuchar más y más historias. No es necesario. Como sobreviviente, les reconozco que las historias pueden ser muy distintas, pero las consecuencias y emociones son las mismas para todos.
Gisèle marcó un precedente como ninguno antes en la lucha feminista. Me alegra que comienzan a llamarla la mujer del siglo, pero debemos ser respetuosos y dejarla descansar. Además, no dudo que el proceso judicial siga. Seguramente varios van a apelar el fallo del juicio. Y no olvidemos a los hijos. Justamente necesitamos más mujeres como Gisèle, pero duele escribir eso. No debería haber una Gisèle, de entrada. No tendríamos por qué romper silencios. Normalizaron la violencia, pero este precedente histórico es la vida de una mujer aplastada por el sistema y merece disfrutar el resto de sus días en paz.
Cuando rompes el silencio, también te cae de paso la responsabilidad de lo que eso provoca en la gente que te rodea. Además. Cuando los únicos culpables son los agresores. Tenían la decisión de no hacerlo. Tenían libre albedrío. Aun cuando el sistema lo normalizó, ellos también podrían haber dicho No. Así no.
A veces cuando me acerco a autoras contemporáneas, me asalta la idea de que mi obra está a punto de ser obsoleta, pero no, así se forman las corrientes literarias. Son muchas voces silenciadas. Mujeres y hombres. Ojalá entendieran que se trata del sistema basado en jerarquías. Estos días me acerqué a Rita Segato, a Bell Hooks y a Isabel Wilkerson y, junto con ellas, comprendí que es la verticalidad en las relaciones humanas lo que ha provocado la normalización de la violencia. Las tres abordan de distintos ángulos el origen del sistema y llegan a lo mismo: jerarquía y poder.
Cuando realmente entiendes y asumes el movimiento feminista, te percatas de que no sólo las mujeres han sido desfavorecidas, pero es un grupo muy vulnerable y violentado. Pero no olvidemos las castas en India, por ejemplo. Ahí hay personas que no pueden ser tocadas siquiera. ¿De verdad? ¿Imaginan lo que puede representar una vida entera sin tener contacto físico con los otros simplemente por el lugar en el que te tocó nacer? Para mí ya no es siquiera un tema de género. Lo comprendo muy bien y no podré dejar de ser feminista, pero hay que ir ya más allá. Esto se trata de salvarnos como especie. De romper con el modelo social basado en jerarquías. Y no se quieren dar cuenta, pero cada vez está más presente la supremacía de raza, el discurso de odio, la polarización y diferencias radicales entre personas de una misma comunidad. Creo que lo dejamos ir muy lejos…
Y yo siempre he estado muy cerca de gente que atraviesa por crisis emocionales y mentales. Y siempre los llevo a donde odio llegar: el trauma por la violencia. Y no importa la historia, raza, género, edad o lugar de residencia, las emociones son las mismas en las personas que viven violencias. No hay una mínima o una máxima. La violencia no genera ni aprendizaje. Genera destrucción. La violencia tiene elementos, estructura y es cíclica. Es sistémica. Todos hemos sido víctimas y victimarios. Se trata de romper los ciclos y sanar. En fin.
No puedo poner en palabras el agradecimiento y admiración que siento por Gisèle y la valentía que tuvo de buscar justicia y ser la voz de millones, pero repito: no debería existir una historia como la suya.
Basta ya.
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Sandra de Uriarte
5 de enero de 2025
