Creo que soy la primera persona que conozco que su propio terapeuta le dice: ya vas sola. Sinceramente, no la vi venir. Pensaba hasta hace muy poco, que uno deja la terapia cuando se le pega la gana, no cuando el psicólogo, con todo y la pérdida de un ingreso, te dice: puedes descansar un largo rato de terapia, lo mereces. Y desde hace unos días, me muevo entre la libertad y el terror. ¿De veras puedo sola?
Redondeando pasé 30 años en terapia. Mi primera experiencia fue a los 14 años, aquella vez estuve solamente meses con un psicólogo. Pero a partir de los 23 años siempre he contado con un espacio terapéutico, ya sea un psicólogo o un psiquiatra, y casi siempre los dos al mismo tiempo, pero por primera vez no fui yo quien abandonó las sesiones. Me «corrió» mi terapeuta después de cinco años de su mano resignificando mi vida entera. Odié no estar preparada en sí para la «despedida», yo iba a cerrar sólo el año y se cerró el proceso.
Ya no sé, sinceramente, la razón fundacional por la cual desde niña busqué apoyo profesional. Ya no. Pueden ser tantas… jamás desarrollé una dependencia con mis terapeutas y doctores, y nunca se cruzó la línea de lo profesional y la ética médica. Fueron personas que me ayudaron y, en ocasiones, me salvaron la vida. Siempre he pecado de honesta y no me costaba trabajo expresar las cosas como las pienso y siento. A ellos, no podía mentirles. De hecho, buscaba estos espacios de confianza para desahogar todo lo que no podía decir. Fui silenciada desde niña y, por lo menos, ellos nunca lo hicieron y siempre estuvieron de mi lado. Y, aun así, por ellos aprendí que la validación es propia.
A lo largo de tantos años, viví sesiones rudas, crueles, muy extremas… pero también encontré paz y liberación. Ciertamente es hermosa esa transformación que se dio a la par de mi vida. Todo se fue dando de manera natural, como el cauce de un río. Ni cuenta me di, no crean, pero en retrospectiva veo el proceso guiado por profesionales que resultó en convertirme en lo que siempre debí ser.
Tengo claro qué ganancias obtuve de cada uno de mis espacios y hoy hago todo en automático: establecer límites, decir No, autocuidado, autocontrol, entornos libres de violencia, relaciones personales y sociales sanas, inteligencia emocional y salud mental. Ya no caigo en provocaciones. Pocas cosas o situaciones me sacan de mi eje y foco. Y creo que una de las frases que provocó que mi psicólogo me dijera adiós fue: mis emociones son sanas por primera vez.
La vida es canija y me van a seguir pasando un montón de experiencias y sólo soy persona con emociones, pero dudo mucho que este estado de armonía y equilibrio que logré, desaparezca. Ya no. Quiero dedicarme el resto de mis días a disfrutar. Ése es el nuevo objetivo.
No imaginan todo lo que aprendí gracias a mis terapias. Fue un trabajo profundo de introspección y reflexión. Fueron espacios donde reconcilié muchas cosas. Atravesé duelos, también. Descifré sueños. Comprendí la importancia del balance entre cuerpo-emociones-mente. Descubrí que las adicciones sólo son síntomas. Escarbé. Claro que hubo llanto ahogado… pero hoy sé que las terapias profesionales son procesos revolucionarios, sólo accionan cambio. Y desgraciadamente sanar toma tiempo y también sé ahora que curar la herida duele más que la misma herida. No obstante, en estos espacios también encontré amor propio, valentía, bondad, empatía, justicia y me despojé de la culpa, vergüenza, enojo y miedo. Fue una lucha despiadada en contra de la industria farmacéutica y el uso irresponsable de muchos fármacos. Estos espacios siempre me dieron contención por mis conflictos internos de ser escritora y próximamente figura pública… en fin, creo que tampoco podría escribir todos los recursos que ahora tengo para enfrentarme sola a la vida…
Algo muy valioso es que gracias a mis terapeutas y doctores, dejé de temerle a mi cerebro, que tiene vida y decisión propias. Aprendí de neurofisiología y transité por cuatro corrientes psicológicas: Gestalt, cognitiva-conductual, psicoanálisis y psicotrauma. Fue también paulatino, de menor a mayor intensidad.
Disfruté muchas discusiones acaloradas, siempre les decía que moría de curiosidad cuando se ponían a anotar en sus cuadernos mientras hablaba. Ahí está el oro molido. Mi línea de pensamiento se esclareció en estos espacios. Mi escala de valores se definió. Hubo muchas sesiones reconfortantes, no todo es malo. Victorias y logros. Y el trabajo personal es continuo. Ése nunca se acaba. Ahí sí no, pero ahora es mi entera responsabilidad cuidar la relación conmigo misma para poderme compartir con los otros desde lo saludable. Como me dijo una hermana: quizá valdría la pena tomar unas decisiones cuestionables para ver si es cierto que el resultado es diferente. Ja.
Estuve siempre en excelentes manos. Fui constante y comprometida. Me atreví. Canalicé a mucha gente. Conocí a otros pacientes. Participé en asociaciones civiles. Mis espacios de confianza. Fue un gran aprendizaje que me permite hoy abrir las alas y volar. A mí lo que me parece poético es haber concluido la terapia justo a escasos meses de presentarme como escritora. Parece que me prepararon para la guerra, pero sobre todo, para salir de ella ilesa y airosa.
No encuentro un regalo para mis terapeutas y doctores, no sé qué puedo darles que represente el inmenso agradecimiento que tendré por siempre por el acompañamiento tan importante que me dieron en los momentos más duros de mi vida. No hay regalo para eso y como siempre… regalo palabras.
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Sandra de Uriarte
10 de diciembre de 2024
