Hace ya varios años, publiqué la entrada El placer de la soledad y es un texto muy reconfortante, que busca una conciliación con la soledad como estado liberador para hallar el verdadero amor, tanto a uno mismo, como a los otros. Es esperanzador el tono en esas letras, tratando de develar la importancia de saber estar solo.
Pero, por algo, qué sé yo, existe la palabra solitud, cuyo significado es que una persona disfruta más estar en soledad que en compañía de los demás y es un estado elegido conscientemente, además. Yo estoy a punto de ser ermitaña, es verdad que cada vez me aíslo más del mundo. Pero es que, por lo menos para mí, el mundo es abrumador y muy violento y sólo en mi guarida me siento protegida. No sé si algún día se me quite el miedo de salir a la calle y tratar de insertarme otra vez a la cotidianidad. No lo sé.
Mis terapeutas me preguntan mucho de este encierro que tengo desde hace casi una década. La vida moderna me ha ayudado a que me encierre, todo me lo traen a la puerta de mi casa y mis trabajos y proyectos académicos son a la distancia. Les prometo que no extraño la convivencia social. Una reunión de más de cuatro personas es un sofoco para mí. Si de por sí era muy sensible, ahora lo soy diez veces más y ya no aguanto siquiera los ruidos altos. Mis reuniones sociales deben ser casi uno a uno, en mi casa de preferencia, y las únicas fiestas a las cuales asisto con agrado y expectación son con mi familia. Nada más. Desde hace muchos años, sólo ellos han podido ver a esa Sandra extrovertida y divertida, que puede platicar, beber, cantar y bailar por horas. Sólo con ellos no me preocupa la cantidad que decida ingerir de alcohol. Mi familia, es mi lugar seguro. Sólo con ellos sé que estoy a salvo. Con nadie más.
Y lo más irónico es que justo mi familia no me lee, salvo mi madre y un primo, y muchas veces no les doy a leer cosas que escribo. Y no crean que me enoja, ni siquiera me molesta. Me duele, porque sé que ellos no me leen también por dolor. Para ellos no soy la escritora. Soy la hija, hermana, sobrina, prima, ahijada y tía. Ellos sí conocen (y mejor que nadie) a la mujer que está detrás de la hoja en blanco y todos me vieron crecer porque fui la más pequeña. Soy la última nieta que lleva el apellido de la familia. Después de mí vienen ya las nuevas generaciones.
Es duro no poder hablar muchas veces con mi familia. Ellos no me han silenciado, y he sido yo quien no quiere decirles muchas cosas porque sé el profundo dolor que les puede provocar saber tanto que he tenido que sortear desde adolescente. Mi padre se fue a la tumba sin saber absolutamente nada de toda la violencia que viví. Jamás encontré el valor para decírselo. No pude. La reacción de mi familia cuando algo iba mal en mi vida era de enojo. Pero no conmigo, sino con la impotencia de que no sabían ni cómo ayudarme. Y si mantuve siempre a raya a todos, es precisamente porque era a ellos a quienes necesitaba para sobrevivir. Sí, jamás les he dicho con todas sus letras lo que he vivido, pero nunca me han dejado sola. Todos brincan cuando me pasa algo. Me han apoyado muchísimo con mi carrera de escritora. Creen en mí. Me consienten mucho por ser la menor y obviamente sólo a ellos les permito decirme: Sandrita. Y, ¿saben por qué les duele tanto? Porque en mi familia no existe en sí la violencia. No somos perfectos. No. Y dominan que voy en contra de la familia y pareja heteronormativa, pero yo sí tengo la fortuna de contar con una familia que se acerca a una comunidad sana, amorosa y con lazos sólidos y genuinos. La diferencia de edades complicó la convivencia, pero desde niña sé que cuento con mi familia, y lo más importante: nunca creyeron que estaba loca. Eso era difícil también. Cuando trataba de hablar con ellos de ciertos temas, veía perfecto su cara desencajada de desconcierto, porque para ellos ésa no era su realidad y no podían creer que fuera la mía. Esas cosas no pasan en mi familia. No hay gritos. No hay golpes. No hay insultos. No hay intrigas. No hay manipulaciones ni mentiras. Los pleitos entre nosotros, se respetan y jamás se forman bandos. No hay chismes malintencionados. Y cuando nos reunimos, la convivencia es muy divertida y puede ser por horas y horas. Y en los momentos malos y problemas, todos salimos al rescate. Somos muy discretos. No utilizamos en contra nada de lo que sabemos de los demás. Nos apoyamos económicamente cuando es necesario. Y todos hemos tenido vidas muy complejas, con muchas altas y bajas, situaciones dolorosas y conflictos de toda índole, pero si algo me ha salvado siempre, es la certeza de que tengo un espacio seguro y un montón de gente que me protege de manera incondicional.
No puedo romperles el corazón con todo lo que escribo. Yo sé que lo saben, pero justamente ellos son los que me mantienen en pie sin la necesidad de que formen parte de mi ejército de lectores. Ellos no. No lo merecen. Y también era complicado hablar porque ellos conocen mi esencia y gran capacidad de lograr lo que quiero. No había tiempo para llorar nada, pero había mucho amor que me permitía seguir luchando, tanto, que por ellos logré ser autora publicada. Sin mi familia, yo no estaría viva.
Y esa solitud es debido a que mis peores momentos los pasé sola. Cuando eso sucede, no necesitas a nadie, y la solitud se convierte en tu fortaleza frente a ese mundo tan violento.
Reconozco que si tuve el valor de sanarme y entrar a una revolución, fue porque sé que mi familia viene detrás de mí para que yo pueda estar en el primer frente tratando de lograr justicia para mí, para todas las sobrevivientes y, sobre todo, para aquellas que ya no están.
Basta ya.
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Sandra de Uriarte
26 de noviembre de 2024
