Hasta luego, mi loca de la cabeza

#yoconfieso

Jamás imaginé que dejaría de escribir sobre trastorno bipolar, de hecho, cuando lancé este blog hace casi ocho años, era demasiado contenido enfocado a esa condición, pero hoy soy la primera que ya sabe que el detonante de esa «enfermedad mental» es la violencia o cuando mi «estructura» se viene abajo por factores ajenos y el contexto, pero esta vez llora más que yo la loca de la cabeza porque sabe que la que domina ahora soy yo y soy quien está en el timón, aun cuando las aguas sean turbulentas.

El otro día, le dije a mi psicólogo: no creas que un día me levanté y se activó el trastorno bipolar. La primera manifestación fue a los 14 años y fue el resultado del bullying que sufría en la secundaria. Si de por sí la secundaria es la peor etapa para cualquier persona, sufrir de segregación a esa edad puede ser devastador. Me tildaron la fama de «la puta del colegio». Yo ni siquiera había iniciado mi vida sexual y tuve que soportar que muchos compañeros se acercaran pues yo «abría las piernas» casi que a la primera. La única mujer que odio, fue quien inició los rumores y lo hizo sólo por envidia e inseguridad. Y ojalá ahí hubiera parado, pero nadie hizo nada por invalidarla a ella y les prometo que el peor lugar dentro del patriarcado es precisamente el de puta. Ya no hay nada más abajo. Y gracias a una de mis autoras favoritas, Rosa Montero, aprendí que el rechazo social provoca la misma reacción neurológica que el dolor físico. Fue tan apabullante ese bullying que culminó en un «intento de suicidio». Sólo me tomé un frasco completo de aspirinas norteamericanas porque era lo único que había en el cajón de las medicinas. Fue mi primer lavado de estómago. Aquella vez el diagnóstico fue depresión. Estuve varios meses en terapia y con tratamiento psiquiátrico, pero en cuanto esa mujer se cambió de escuela, el bullying desapareció como por arte de magia y la preparatoria fue una época sana, divertida y tranquila y volví a ser alumna de excelencia.

Hasta ahí íbamos bien, pero terminando la preparatoria viajé todo el verano al extranjero a un curso intensivo para perfeccionar mi inglés y en ese viaje viví mi primer ataque de violencia sexual. Me mató en vida. Como me silenciaron, todo lo bloqueé, pero tres años después, apareció con todo el trastorno bipolar. Y empezó mi gran justificación por dos décadas. Si no me creyeron la violencia sexual que viví, y el primero que me invalidó fue mi propio agresor, por algún lado se iba a manifestar el trauma. Le hubiera pasado a cualquiera. Dieron el diagnóstico hasta los 27 años y después de cometer mi segundo intento de suicidio y esta vez va sin comillas porque casi me cuesta la vida, la vi cerca y acabé en el hospital varias noches. Ese segundo intento de suicidio fue a los escasos meses de vivir el segundo ataque de violencia sexual: una violación grupal para la cual me drogaron. Fue cuando, por fin, dieron el diagnóstico: trastorno bipolar tipo 1.  Váyanse a la verga. 

La cosa es que entre la fama de puta, el ataque por un hombre en el que confiaba y me encantaba siendo una adolescente rebelde, pero todavía muy ingenua y sana, y una de las violencias de género más crueles (una violación grupal), viví mucha violencia hasta mi 36 años. Tuve muchos agresores y una pareja que casi me mata. Y yo en terapia «arreglando» el trastorno bipolar. 

Muchos años me sobre-medicaron, me tenían en una especie de letargo y me sentía una máquina, una autómata. Pero cada cierto tiempo, la loca de la cabeza despertaba y mi vida se iba al caño. Perdía todo. 

La última y más intensa manía del trastorno bipolar culminó en la escritura de una novela muy compleja en tan sólo siete meses. Hace diez años pensaba y juraba que a mí me iba a matar la literatura.

Desde los 19 años que viví ese primer ataque, alteré mi estado de conciencia para evadir lo que me pasó. Nadie me cree que soy una adicta funcional. Por muchos años, fue mi manera —insana— de sobrevivir…

Pues soy la sobreviviente de violencia de género por antonomasia. Yo no viví violencias en mi seno familiar en sí, y justamente haber sido criada y educada bajo el amor, empatía, protección, respeto, justicia y equidad, fue lo que me salvó la vida muchas veces.  Siempre he tenido una red de salvación y aunque no tengo memoria eidética, simplemente porque he bloqueado mucho trauma, el otro día le dije a una de mis hermanas de vida: si quisiera denunciar a todos, no acabo nunca. 

Pero desde que rompí el silencio, la loca de la cabeza no me visita. Creo que está agotada y en un sueño profundo después de tantos años de una lucha despiadada en la cual sólo me pedía que sanara toda la violencia y me alejara de eso. 

Es cuando menos medicamentos he tomado en casi veinte años. Son dosis menos que las mínimas que se venden. Me la paso cortando pastillas. Y nunca había logrado este estadio emocional y mental. Ando arreglando el cuerpo para cerrar el círculo del equilibrio y ser una mujer sana y en paz que ni siquiera va a necesitar medicinas para su «enfermedad mental». 

Les digo, simplemente rompí el silencio y la loca de la cabeza se durmió. Pues qué a toda madre. Otra que me abandonó. Desde hace diez años he vivido sólo un par de depresiones graves, pero fue natural. Cualquier persona en mis zapatos hubiera sido presa del perro negro. Pero la manía, esa que me fascina, ni sus luces. Sí lo agradezco, pero gracias a la manía escribí mi primera novela en el género más complejo: tragicomedia. Y ahora no sé si algún podré escribir ese género otra vez, porque en eutimia sólo he escrito drama —también un género complejo— y un intento de proyecto de serie de comedia, pero esa genialidad que alcancé, no sé si algún día lo logre otra vez y sólo por eso me duele hasta los huesos que la loca de la cabeza esté dormida y posiblemente no quiere despertar para transformarme en mi mejor versión creativa, pero no se me olvida que si se cuela en mi vida la loca de la cabeza, todo acaba muy mal.

Ya no sé qué debiera pasarme para que se detone una manía y etapa eufórica de creación, pero lo que sí sé es que pronto dejaré de ser una voz de los pacientes con «enfermedades mentales» y me convertiré en la voz de todos los sobrevivientes de violencia sexual y el siguiente derecho humano por el cual quiero pelear es la eutanasia. 

Ya no me queda duda alguna de que una vez que sanas y encuentras armonía en la vida, lo único que quieres es alentar a los otros a que alcancen ese estadio emocional y mental, pues sólo así podremos recuperar la capacidad que tenemos para amarnos y hacer de este mundo uno mejor para todas las personas.

Pero a mí, la loca de la cabeza fue la que me incitó a luchar, pero sin saber cuán fuerte era su intención de sólo quitarme la venda de los ojos,  sobreviví muchos años gracias a esa voz que nunca dejó de joder para que fuera escuchada y le entrara a todos y cada uno de mis traumas para liberarme.

Sé que romper el silencio es lo primero que debemos hacer si es que en verdad queremos derrumbar el sistema… aunque sin ti, loca de la cabeza, no sería lo que soy, y va por ti y los sobrevivientes, mi lucha cuya estrategia es sólo liberar a todas las personas, pero el día que quieras despertar, ten por seguro que te recibiré con una gran sonrisa y los brazos abiertos, porque contigo soy capaz de conquistar el mundo y sólo a tu lado aparece esa escritora que tanto admiro, y aunque todo indica que tu presencia sigue prohibida, saber que nos hemos de encontrar tarde que temprano, es lo que mantiene nuestro lazo indestructible.

Sigue durmiendo, voy a dormir también yo.

***

Sandra de Uriarte

24 de noviembre de 2024

3:04 a.m.

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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