Tuve que esperar treinta años para sentir que se hizo justicia. El tiempo me dio la razón en todo y comienzan a llegar las disculpas con muchos años de retraso. Nunca me callé y un amante me dijo que estoy avanzada esos treinta años. “Nos llevas mucha ventaja.”
Por tantísimo tiempo, fui la loca, la puta, la oveja negra, la rebelde sin causa, la feminazi, la inmadura, la inadaptada, la irresponsable… y podría seguir. Desde niña, supe que el mundo estaba muy jodido. Mi primera violencia fue a los once años. El maestro de música de mi escuela, me dijo al oído: qué bonitas piernas tienes, se ve que haces mucho ejercicio. Once años. Y mientras me dijo eso, su mano recorrió mi pierna hasta la entrepierna. Repito: once años. Esa vez organicé una huelga para que despidieran al pedófilo que trabajaba en una primaria. Logré movilizar a mi generación. De mis primeros logros feministas. Resultado de la huelga: me suspendieron a mí y el maestro ni siquiera recibió una reprimenda. Así de jodido el mundo. Así el sistema podrido en el cual quieren seguir viviendo.
A los diecinueve años viví un ataque de violencia sexual y fue cuando todos me dejaron sola. Sola. Se lo dije a mucha gente. Nadie hizo nada. Nadie volvió a preguntar. Y fue entonces cuando esa experiencia se tornó brutalmente abrumadora y todo lo veía aplastante… el peso del silencio te mata en vida.
Toda la violencia que viví por un par de décadas, detonó demasiados trastornos emocionales, mentales y adicciones. Estoy viva de milagro. Al haberme silenciado, sembraron la duda. ¿Pasó? ¿Me lo imaginé? ¿Fue una violación? ¿Fue mi culpa? Entonces, me sumergí en espacios terapéuticos tratando de hallar la raíz de esos trastornos y adicciones. Siempre digo que es más fácil aceptar una “enfermedad mental” que tanta violencia y tanto trauma. Todo depositado en mi cuerpo.
Pero la vida te alcanza y, por una serie de factores ajenos a mí, me enfrenté hace muy poco a mi pasado. Ya no pude escapar y es cierto eso que dicen de que hasta que tocas fondo, no sales. Tuve la fortuna de encontrar un proceso terapéutico grupal basado en psicotrauma que me devolvió todo lo que me fue arrebatado siendo una adolescente ultrajada y abandonada.
Pero si ustedes creen que ese proceso fue sencillo, no tienen idea. Fueron cinco años, de entrada. Y en varias ocasiones de verdad pensé que iba a morir de tanto dolor, enojo, miedo, vergüenza y culpa… hubo sesiones durísimas, rayando en crueles. Muchísimo llanto ahogado y profundo. Heridas en carne viva…
Fue un renacimiento y recuperé todo lo que siempre fui, pero ahora sin miedo, vergüenza y culpa. Los que deberían sentir miedo, vergüenza y culpa son ellos. Todos lo que cometieron la violencia y utilizaron mi cuerpo como objeto. Ellos.
Y si tuve que esperar treinta años para sentir que se hizo justicia, es porque se rompieron los silencios sociales. Ahora todos me creen, me validan, me piden disculpas, me escuchan, me piden consejos, me dicen que me admiran… una parte de mí, sigue muy enojada, pero la empatía que me sobra, disuelve ese enojo porque ahora sé desde donde lo vivieron los demás. Si apenas se rompieron los silencios sociales, hace veintiséis años eran temas prohibidos. Cuando una persona vive violencia sexual, también se le avienta lo que eso provoca en la gente que la rodea. No dudo, sinceramente, que cada vez que se lo dije a alguien, lo llevé a las mismas violencias que había vivido y ejercido también. NADIE se salva. Es sistémica. Ojalá algún día me entiendan…
Por eso, me callaron siempre. Sólo por decir la verdad y las cosas como son. Cuando quiero ser muy incómoda, lo logro. Pero es para que se MUEVAN. Yo no soy perfecta ni me siento superior a nadie, simplemente sané lo que el sistema generó en mí sólo por ser mujer.
Está muy bien que ahora todos vayan a terapia y le brinden importancia a la salud emocional y mental, pero les aviso que me tomó mucho tiempo lograr eso y se requiere de garra y valentía entrarle a procesos terapéuticos. Se necesita constancia, disciplina y compromiso por cambiar. Hay que hablar. Mucho. De lo que duele. Sólo así. Las emociones deben validarse, transitarse y resignificarse.
Y así como el único derecho universal es la muerte, las emociones son lo mismo para todas las personas. Se siente igual. Pero son expertos en reprimirlas y llenar vacíos con materialismo.
Un sistema que se basa en poder, jerarquías, sexo, dinero y violencia, jamás podrá ser derrocado mientras la gente inmersa en el mismo, no sane. Me da la impresión de que en serio no ven qué tan cerca estamos de la entropía y no todos se van a salvar… y su maldita familia, la base de la sociedad, es lo primero que está jodido y ahí, justo ahí, nace la violencia, que todos maman, aprenden, reproducen y sepultan.
Y les prometo, desde el fondo de mi corazón, que cuando hablo con personas con “enfermedades mentales” o en severas crisis emocionales, los llevo hasta donde odio llegar: la violencia sexual. No falla. “A mí me pasó algo similar…”
Y ya ni entro al tema corporal y todo lo que he vivido desde el plano físico derivado por la violencia… en fin.
Lograr ese equilibrio cuerpo-emociones-mente es el fundamento para ser personas sanas capaces de amar y hermanarse, de crear comunidad y procurar lazos sólidos en un entorno libre de violencia, donde la vida sea más justa, equitativa y saludable. Eso es lo primero que debemos hacer si es verdad que quieren que las cosas cambien… de lo contrario, estamos caminando, y con los ojos vendados, hacia el abismo y el punto de no retorno.
Agradezco tanto a las mujeres que junto conmigo no se callaron nunca, que me dieron voz y validación, que me dieron el valor de luchar y salvarme y que siempre me han protegido, y agradezco más a esos hombres cercanos a mí que se han convertido en aliados… pero treinta años sí fue mucho tiempo…
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Sandra de Uriarte
20 de noviembre de 2024
