Sentí como si una mano hubiera atravesado mi cuerpo y arrancado el corazón de mi pecho, dejando un hoyo negro y gélido que me devoró lentamente por días hasta creer que estaba seca por dentro. Ríos de lágrimas y gemidos ahogados. El dolor era no sólo corporal, sino me pesaba el alma.
En un momento inesperado, y envuelta en un torbellino emocional, mi otra mitad me abandonó y el vacío fue desolador. Por primera vez, me sentí incompleta y la ironía recayó en el hecho de que jamás supe que estuve completa… eso de vivir un primer corazón roto a mis cuarenta y cuatro años fue una bendición, en realidad, porque este dolor más joven me hubiera matado… el factor sorpresa empeoró todo, aunque he de ser sincera y temía una reacción así en él. No puedo describir la conexión entre nosotros porque fuimos los primeros en negarla. Escondida con una muy buena relación laboral, formamos una dupla más allá de lo creativo. Contención, apoyo, risas, lealtad, consejos y planes. Muchos lugares comunes entre nosotros. Fue un amor paulatino, en todo sentido. Siempre fue natural y cómodo. Nos queríamos sin saberlo y sin decirlo. Cada amanecer un descubrimiento y más complicidad, más cercanía y más intimidad. Sin darme cuenta, se convirtió en la primera y la última persona con la cual hablaba todos los días y comenzó a gestarse esa urgencia por platicarle siempre primero a él lo que pasaba en cada esfera de mi vida. Parecía que podíamos leernos la mente y terminábamos las frases del otro. Nos acompañamos a la distancia en procesos de sanación muy duros, juntos estábamos matando demonios y librando batallas a la par de protegernos hasta de nosotros mismos. Hallaba la forma de hacerme reír aun cuando el escenario fuera devastador o aterrador. Cada pretexto, hasta fútil, para hablar por teléfono era aprovechado. Y no imagina la tortura que eran sus mensajes de audio para mí, debido al nerviosismo por escuchar su voz y no saber qué había grabado. Un respeto casi sagrado cobijó nuestra relación, siempre hubo una admiración y cariño mutuos y algo que me condenó fue que, en medio de un ambiente adverso, creamos un pequeño santuario donde sólo existíamos él y yo y estaba muy lejos de ese desastre tan desgastante y complicado. Funcionaba a base de amor. Ése fue el secreto.
Tras un año y medio hombro con hombro, rompimos la barrera de lo profesional y pasamos dos noches juntos. Fue una decisión muy impulsiva rayando en irracional, en los dos, nos dejamos llevar y el universo confabuló a nuestro favor, porque se dieron de manera inmediata las condiciones necesarias para que me escapara y estuviera sola con él. Fue romántico. Ese par de noches fueron fantásticas y muy reveladoras para nuestro cuerpo, mente y corazón.
Por eso, aquella tarde en la cual le pedí encarecidamente que disiparamos la neblina entre nosotros para definir la relación tras haberla llevado a un plano físico y sexual sin haber alcanzado acuerdos previos, y me dijo que sólo podíamos ser amigos pues yo ya sabía que tenía otra relación con una mujer, sentí como mi mundo se derrumbó. Nuestro santuario. Esta vez ni siquiera me enojé. No tenía la fuerza o claridad mental. Fue una estocada perfecta. Lo reventó drásticamente, rompió la calma, alteró el equilibrio y era lo único que podía decir para que fuera imposible defenderme. Escuchar esas palabras provocó el dolor más azul que he experimentado y si sobreviví fue gracias al cuidado y acompañamiento de tres gatos que olieron mi herida y, por dos semanas y en soledad, la lamieron hasta que sanó y pude levantar la mirada sin dejar caer lágrimas.
Y como en cualquier proceso de duelo, irrumpió el enojo por sentirme traicionada y aun cuando racionalizo también mis emociones tras validarlas y resignificarlas, y era mi derecho sentirme así, seguía careciendo de lógica su petición porque estos amores no se pueden desperdiciar y se deben agradecer, no creía en sus razones para ser sólo amigos. Todo se enredó más por seguir laborando juntos y hubo varios momentos críticos en los cuales quise dejar el equipo de trabajo simplemente para no tratar con él. Era una burla que ahora nos habláramos casi de usted. Apareció la culpa también y un poco de autoflagelación. Hubo un intento de venganza y que iba a ser despiadado. Noches sin dormir escudriñando casi dos años de una historia mágica. Lo dicho y hecho y lo no dicho y no hecho. La vida sin él, era apabullante.
Era ridículo renunciar a nuestro santuario y quizá todo empezó por la fantasía de ser mayor que él, pero a su lado estoy a salvo y soy respetada, y eso propicia que me sienta en confianza para ser, además, como soy y sin miramiento, muy libre. Tan yo. Él me inspira y eso permite que saque lo mejor de los dos. Cuando alguien te toma como guía, conlleva una enorme responsabilidad y brota la versión más chula de uno mismo. Es crecimiento y aprendizaje en dos direcciones. Se explota la creatividad. Son relaciones auténticas porque rompen con el sistema. Son refrescantes y divertidas. Hay demasiada ternura y agradecimiento de por medio. Y el sexo es una locura. Seguimos siendo animales con racionalidad, pero cuando en el sexo quitas el poder de someter, se abre el portal a una conexión física y sexual donde se desborda el placer y un acto casi que primitivo se convierte en creación. Estos amores no se pierden, son estos amores los que pueden derribar el sistema, y son tan reales, que generan miedo…
Y él no lo ha visto y eso duele más. Se alzó entre nosotros una gran muralla. Mi trato hacia él era o arrogante o indiferente, y evité por completo lo personal. Y ojalá supiera que sólo necesitaba una disculpa. Con eso hubiera acariciado mi corazón y yo podría haber alcanzado cierta paz que se transformaría en el hecho de dejarlo ir. Pero no lo hizo, y mientras buscaba desesperadamente la forma para dejar de quererlo, pensarlo, desearlo, extrañarlo… cayó en cama por temas de salud y sólo por algo así iba a doblar las manos una vez más con él. Sin dudar me acerqué, le ofrecí apoyo en el tema laboral y, poco a poco, reconectamos y la conversación se volcó a lo personal. Y apareció por primera vez la palabra cirrosis. Cuando me lo dijo, todo me quedó claro. Y dudé. ¿Era algo que también ya sabía? No. Podré olvidarme hasta de comer, pero las palabras de la gente que quiero, se me quedan tatuadas en la memoria y estoy segura de que si hubiera dicho justa ESA palabra, habría sido un nuevo tatuaje mental.
Su historia siempre fue a cuenta gotas, sin detallar, sin aclarar y hasta restándole importancia. Podía contarme lo que hacía en el día y compartirme desde sus finanzas, hasta trivialidades; hablaba sin parar de sus otros proyectos profesionales y clientes. Todo lo que acontecía a su alrededor me lo dejaba saber. Y lo verdaderamente importante, silenciado, y es algo que hizo muy consciente, pero no a propósito. Dejarme ver sólo lo que él cree es lo bonito. Hay manipulación y egoísmo en esto… pero sé que es incapaz de lastimarme con dolo y todo me indica que él sigue metido en un infiernito que no ha querido ni aceptar…
Y si tan sólo ya lo sabía todo, no hubiera consentido una relación con él en la cual claramente iba a ser la derrotada. Yo estoy fuera de ese mismo infierno desde hace tiempo ya y sé que puedo sacarlo a él, tengo la fuerza, garra, paciencia y capacidad para convertir lo que me rodea en un entorno muy saludable, amoroso y perdurable, pero tampoco lo puedo obligar. No lo quiere ver o posiblemente lo vio y prefirió ignorar…
Yo lo quiero, y lo sabe, pero no puedo querer a alguien que no se comunica. Espejearme con él ha facilitado mucho que sea yo quien entienda lo que hay entre nosotros, a mí no me puede engañar. Estuve donde él se para hoy y quizá de lo único que soy responsable es de haber generado una falsa expectativa de que era él quien ya estaba donde yo me paro hoy.
Estar tan cerca de él jugando otra vez el juego de aquí no pasó nada, es sólo el tránsito para poderle decir que en esta vida uno no puede tener todo y hay que saber elegir. Resultó más insoportable quererlo para no tenerlo porque él fue mi lugar seguro, feliz y favorito por un par de años y al perderlo, no tuve donde refugiarme… pero fue él quien decidió mal una y otra vez y se quedó con nada.
Al ser mi estandarte el amor, a mí no me parece descabellado ni me afecta que continúe su otra relación. Lo ínfimo que sé de esa historia logró que comprendiera que a ella también la quiere, la necesita y juntos son creativos y talentosos. Jamás sentí celos. Ella me importaba menos que un comino, y más cuando me reconoció que su relación no era sana y que hacía más de dos años no había nada físico entre ellos. Mi interés era él porque era dueño de mis fantasías amorosas y sexuales. Él pudo haber tenido la fortuna de contar con dos mujeres que genuinamente se preocupaban por él y le brindaban cosas muy distintas. Esto es algo tan sencillo, pero condenado. Pocos entienden el poliamor y cada vez surgen más movimientos sociales que tratan de construir comunidades sanas, sustentables y libres de violencia con vínculos sólidos, empatía y responsabilidad afectiva, pero al no comprender el fondo del poliamor, la tendencia de tantas nuevas formas de relacionarse es sólo un pase de salida para que sigamos usando a las personas para satisfacer necesidades únicamente sexuales. Lo que hizo él conmigo.
No sé mentir, la discreción es una de mis tantas virtudes, y si alguien me concede una parte de su alma, soy incapaz de ir a vocear ese privilegio, pero es mi deber contar esta historia porque lo único que nos va a salvar de nosotros mismos es el amor y, así me vaya de uno en uno, siembro por donde paso amor y despierto conciencias, pero no puedo cambiar el mundo sola…
… si tan sólo lo hubiera sabido todo antes…
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Sandra de Uriarte
4 de diciembre de 2023
