Hace unos días, un gran amigo me dijo que daría todo por poder abrir mi cerebro y ver cómo funciona. Mi respuesta: no quieres eso. Mi síndrome del impostor está acabando conmigo. Sé lo que escribo, pero eso no quiere decir que no me sienta un fraude. Hay muchas personas talentosas y creativas que trabajan arduamente desde chavales para convertirse en escritores. Yo nunca hice eso. No soy la gran lectora tampoco. No sé mucho de literatura. Cuando me preguntan por mi libro favorito, la mente se me pone en blanco, parecería que jamás he leído nada en la vida. Quizá diría igual que Peña Nieto: la Biblia. Ja.
Y nada más por no dejar, busqué en Google: síndrome del impostor, y le puse palomita a un trastorno más. Este no es mental, es de personalidad y se presenta más en las mujeres. No soy capaz de disfrutar mis logros y sí sé cuáles son, pero no creo que sean míos.
Por ejemplo. Hace unas semanas, dos lectores me contactaron por correo electrónico tras leer la misma entrada en mi blog. Yo ya no recuerdo que escribí. Y tuve una videollamada con ambos tras el intercambio de algunos correos. Y cuando platiqué con ellos, me vino a la cabeza: qué hipócrita eres. Yo dando consejos sobre salud emocional y mental. Sobre relaciones personales. Sobre adicciones. ¿Con qué cara? Ja.
Y, por eso, soy fanática de mi trastorno bipolar. Y también me siento mal por eso. Lo que siempre me ha ayudado es mi situación de privilegio. Yo logro convivir con la loca de la cabeza gracias a que siempre he tenido recursos para contenerla, pero vivir con trastorno bipolar sin un tratamiento integral, puede ser una verdadera desgracia y puedes tener una vida miserable y sin saberlo, además.
Yo ya me rendí. Ya me adelanto a la loca de la cabeza. Sé cuándo voy a entrar en manía o en depresión. Ya lo sé. No me asusta. Sé regular las dosis de mis medicamentos según lo que esté viviendo. No hay nada nuevo bajo el Sol. Nada.
Por eso, me siento hipócrita cuando doy consejos. No he podido siquiera tener una vida “normal” y la gente viene y me pide consejos. Pues, no mamen. Con qué cara digo: haz ejercicio, duerme, no tomes, no te drogues… jajaja… hasta mi psiquiatra me dijo un día: si el hotel no es todo incluido, llévate tu anforita para tu tequila… los pacientes con trastorno bipolar, si quieren tener una vida sana y estable, no deberían tomar alcohol… y hasta mi psiquiatra fomenta mi alcoholismo. En fin.
También hace unos días le dije a mi editor: no quiero que el trastorno bipolar salga en las entrevistas durante la promoción de mi primera novela. Además de que ya no soporto la etiqueta, no quiero ser vocera de nada porque a mí no me pesa ya este trastorno mental que me acompaña desde los catorce años. Yo NO lo sufro. Al contrario. Siempre estoy detrás de la manía y siempre escapo de la depresión en una carrera de mucha adrenalina. Cuando estoy en cualquiera de los dos polos, ya lo sé aprovechar. Apenas ahora pasé tres días en cama como vil presa de la depresión. No hice nada, ni siquiera me lavé los dientes. Ja. Pero tampoco me hago pendeja. Si tuviera que salir a trabajar, mi vida hubiera sido una desgracia esos mismos tres días. Mi decisión de no casarme y no tener hijos, ayuda a que me pueda tirar tres días en cama como una sufrida en agonía, pero saber que no me tengo que preocupar por lo que voy a comer, permite más que pase hasta setenta y dos horas en cama. Nadie me jode. Nadie me dice nada. Nadie me necesita para su propia supervivencia.
Y cuando estoy en manía, todos aquellos que me aguantan en depresión, se hacen a un lado y me dejan creer que voy a conquistar el mundo. Hasta me aplauden…
Y yo me pierdo entre tantas realidades y dimensiones. Pero sé que no sería lo que soy si no tuviera trastorno bipolar. Y eso no lo controlo. Por eso, me siento una impostora. Porque lo genial que soy radica en un trastorno mental, en algo que es ajeno a mi voluntad.
Podría tirar la psiquiatría porque hoy estoy convencida de que los trastornos emocionales y mentales que todas las personas tienen, se originan por el trauma o la violencia. Nada tiene que ver la genética, la química cerebral, la estructura de un órgano y demás. No falla que cuando platico con la gente sobre trastornos emocionales y mentales, cuando llegamos al nodo de esos estadios, éste sea el trauma o la violencia. No falla, de verdad.
Les juro que yo intenté todo por ser una persona “funcional”. Sané todo lo que tenía que sanar. Todo. Infinidad de horas de terapia. Psicológica y psiquiátrica. Tengo una vida saludable, en general. Nada me preocupa y si algo me provoca estrés, lo dejo de manera inmediata.
Con el contexto que me rodea, no debería ya manifestarse el trastorno bipolar. Pero sigue apareciendo todos los días. Todos. Pero repito: ya no me asusta. Sí vivo en paz gracias a ese intento de años por vencer a la loca de la cabeza, pero la que ganó fue ella, porque a pesar de todo, sin ella no sería la escritora que soy.
Y luego se preguntan por qué tengo el síndrome del impostor…
Sandra de Uriarte
13 de julio de 2024
