Nunca fue mi sueño aun cuando desde muy pequeña nació mi amor por la literatura gracias a que mi madre me leía cuentos o novelas infantiles todas las noches. Para mí leer era parte de un ritual, mi imaginación se nutrió de historias, conflictos y personajes y quizá por eso de niña no tenía pesadillas frecuentemente, porque lo último que hacía antes de dormir era escuchar aventuras y fantasías. Pero no quería ser escritora. Me dediqué con fervor al ballet por casi quince años, jamás pensé que un día podría decir: me presentan en la FIL de Guadalajara. La primera vez que voy a ir a esa feria es como autora y sigo sin creerlo…
Comencé a escribir cuando era adolescente. La tortura por la cual pasan todos. Pero no me lo tomaba muy en serio. Abandonaba diarios muy seguido. Si mal no recuerdo, escribí varios poemas (hoy no tengo ni la más remota idea de cómo hacer poesía), algunos cuentos, mucha filosofía garabateada en un cuaderno y, sobre todo, era dolor manifestado en letras. Sin darme cuenta, la escritura se convirtió en mi escape y a la vez refugio. Desde chavala escribir para mí es una vil catarsis. Hasta el día de hoy, cuando escribo no pienso en los lectores. Yo no les hablo a ellos, me hablo a mí. Durante mi carrera universitaria exploté esa habilidad que tengo para escribir, pero cuando empecé a trabajar como comunicóloga, dejé por completo la narrativa. Me fui a vivir y me devoré el mundo. Me alejé por completo de la literatura… Pero ese rollo epistolar que tengo nunca desapareció. Ya no tengo idea cuánta gente recibió cartas mías, pero son demasiados. Siempre me comuniqué mejor a través de la palabra escrita.
Hoy tengo nueve años dedicada a la escritura. No hago otra cosa más que escribir. Me paguen o no. De hecho, no he visto siquiera el retorno de inversión de lo que ha implicado sacar mi obra al mundo. He sido publicada en varias revistas impresas y digitales y soy blogger desde hace siete años. No ha habido editor que me lea que no me quiera publicar y es común que me digan: no pierdas tu estilo, no pierdas tu voz. Ni puta idea a qué se refieren cuando me dicen eso, yo sólo escupo el contenido de mi cabeza y corazón. Es usual que se me olvide lo que escribo. No me gusta leerme. Regresar a mis manuscritos no es sencillo porque siento nuevamente lo que sentía al momento de escribir. Hay entradas en este blog que no me atrevo a leer.
Porque los escritores tenemos una vida di-vivida. Quizá en el imaginario colectivo un escritor es aquel que recibe una carga fuerte de inspiración y crea. No es así ni de cerca. Es demasiado trabajo y es un trabajo cruel. Implica mucha soledad y tiempo. Y esa vida di-vivida se origina entre lo que el escritor vive y lo que escribe. Y no es terrible enfrentarse con la hoja en blanco o, al menos, para mí no lo es. Lo duro es sobrevivir cuando estés inmerso en un proceso de escritura. Sí se origina un desdoblamiento. Te puedes abrumar y perder contacto con la realidad. Te puedes obsesionar con una historia o con un personaje y cuando eres un purista del lenguaje, como lo soy yo, puedes perder la cordura con algo tan sencillo como la correcta acentuación. No creo que exista un escritor que no haya vivido crisis emocionales y mentales. En este oficio, que en mi caso lo veo más como un don, tragas mucha frustración, inseguridad y rechazo. A mí me han atacado ruinmente en redes sociales por lo que escribo, pero normalmente me llueven halagos por mi narrativa y nunca dejaré de sentir pena cuando quien sea me dice: ya te leí. Me dan ganas hasta de pedirles perdón, porque para acabarla de joder, soy autora prolífica. Si no tuviera que atender las actividades rutinarias de la vida de cualquier adulto funcional, hubiera escrito mucha más obra de la que ya tengo. A veces siento vértigo cuando pienso que no me va a dar tiempo en esta vida de escribir todo lo que quiero escribir.
Y conmigo es exponencial el poder de la palabra escrita porque es lo que me mantiene cuerda. No sé si sería tan buena escritora si no tuviera trastorno bipolar. Muchos me dicen: los mejores escritores eran bipolares. Mi respuesta sin fallar: y todos se pegaron un tiro. Los géneros que domino son la comedia, el drama y tengo una facilidad inaudita para escribir diálogos. Y si se detienen a pensar un poco, no es raro que viviendo desde los catorce años con trastorno bipolar pueda escribir los géneros más complejos. Pero es que yo he reído hasta las lágrimas y vivido en euforia y he bajado al mismísimo infierno varias veces en mi vida en absoluta depresión, y desde niña recreo o invento conversaciones en mi cabeza, con gente conocida, extraños o con todas esas voces que existen en mi mente. Es usual que hable sola y si eres además autobiográfico, como lo soy yo, aumenta la vulnerabilidad. Lo que leen es mi alma hablando y si me atacan por lo que escribo, están atacando mi vida y lo que he tenido que sortear desde que era niña.
Soy además una persona sumamente sensible, mis sentidos están muy desarrollados, soy empática al grado de sentir las emociones de los demás y es agotador y asusta, mi tren de pensamiento es muy acelerado, sufro de cierta agorafobia, mi capacidad de observación es impactante, hasta lo que no quiere la gente que vea, lo hago. Soy ególatra, rayando en diva. Y es común que me asalte la idea de que lo que escribo es una mierda, que no le aporta nada a la humanidad y me invade una tremenda inseguridad cada vez que comparto algo que haya escrito. Por un largo tiempo pensé que a nadie le gustaba lo que escribo porque es casi una constante: mi gente cercana rara vez me dice algo sobre lo que les comparto. Después entendí que no estaba tan errada con esa teoría de la triada escritor-texto-lector. Son tres entes que viven por separado y no pueden ser sin el otro. Se me olvida siempre lo que pueden provocar mis palabras en alguien más y no tengo responsabilidad alguna sobre de eso.
Y al ser mujer, feminista y en un país de no lectores, la ecuación se complica mucho. Así como puede haber gente que me dice que en mis textos encontró consuelo y se siente identificada, hay quienes me condenan y me quieren retratar como víctima. Es muy complejo y más en un mundo polarizado. Pero también pienso que si como escritor no provocas reacciones adversas, deja de serlo.
Todos siempre me dicen cuando se enteran de que soy escritora: te tengo una historia increíble. No lo dudo. El mundo está conformado por historias. Pero ya no hay nada nuevo desde los griegos y el reto es hallar la forma distinta de contar esas historias.
La ansiedad me acompaña cada vez que tengo una idea porque nunca sé cómo carajos la voy a escribir. He pasado noches enteras frente a la computadora y normalmente escribo acompañada de mota y alcohol, por eso, al día siguiente debo revisar lo que escribí y muchas veces me sorprende lo que plasmo con palabras.
Cada vez que quiero publicar una entrada en este blog, necesito tomar valor porque estoy invitando a un montón de extraños a escarbar hasta el más recóndito lugar de mi corazón y conozcan además a ese cerebro mío que tiene vida y decisión propias y mi cuerpo sólo es albergue de ese corazón con la garra y entereza para amar y esa mente que va y viene de la más grande locura.
Hace unos días, mi editor me preguntó que si estaba bien anímicamente para soportar la promoción de mi primera novela. Mi respuesta: tengo nueve años encerrada en mi casa y tú me quieres bajo el reflector por un año, solito responde esa pregunta.
Claro que estoy disfrutando el resultado de un camino largo y sinuoso para convertirme en novelista publicada, pero ese miedo latente al éxito o fracaso, me está consumiendo porque sólo espero con mis palabras tocar corazones y gestar una revolución, pero para eso necesito un ejército y para mi buena suerte ése ya lo tengo y son ustedes, mis primeros lectores.
Porque lo que me regresa una y otra vez a la realidad, son precisamente ustedes y sólo así puedo sobrevivir la vida di-vivida que tiene cualquier escritor.
Sandra de Uriarte
10 de julio de 2024
