Y vuelve la mula al trigo…

#yoconfieso

Es cansado, sinceramente, bastante confuso y frustrante. Cada vez que creo que el trastorno bipolar ya no se va a manifestar, la loca de la cabeza me viene a decir, casi con carcajadas, que estoy muy equivocada. Un día cualquiera, mi mejor amiga me comentó que debía ya rendirme ante mi trastorno bipolar y, aunque entiendo perfecto a lo que se refería, justamente si me rindo es probable que me gane la batalla y, por lo menos, ahorita no estoy dispuesta a perder esa lucha, todavía no, y eso que llevo treinta años en esta guerra mano a mano con la loca de la cabeza

Hace apenas unos días le dije a mi psiquiatra: ya no te voy a joder con eso de que quiero vivir sin medicamentos, ganaste. Próximamente voy a cumplir veinte años medicada. Ha sido un ir y venir con el tratamiento farmacológico. Lo que sí es que hoy las dosis que tomo son las más bajas en mi historial clínico y algunas ya son las dosis mínimas que existen en el mercado. La reducción fue dura, viví varias veces el síndrome de abstinencia, pero hoy estoy convencida de que estuve muchos años medicada en exceso.

Mi intención de dejar las pastillas, se debe a que sané emocionalmente. Quizá mucha gente cercana a mí tiene la idea de que mis terapias tanto psicológicas, como psiquiátricas, giran alrededor del trastorno bipolar. Y no es así. No puedo hacer nada en sí por eso, es como si quisiera que de un día a otro mis chinos fueran cabellos lacios. Así de sencillo. En esos espacios terapéuticos más allá de hablar de la loca de la cabeza, fueron lugares seguros y de confianza para que pudiera sanar lo que todas las personas viven. Pocas veces salía al tema el trastorno bipolar y si aparecía era cuando llegaba con mis terapeutas en una crisis dura y fuera de mi control ya. En mis terapias aprendí de amor y valía propios, entendí que nada es personal y las expectativas ajenas no importan. Enfrenté traumas y heridas de infancia. Curé mi alma. Alcancé paz. Logré inteligencia emocional. Transité procesos de duelo. Me liberé del yugo del deber ser. Comprendí la importancia de saber estar en soledad, disfrutarla y no temerla. Anduve escudriñando en cada experiencia de mi vida. Descifré sueños. Me percaté de que esa triada cuerpo-emociones-mente está íntimamente conectada. Mejoré mis habilidades de expresión y comunicación. Deseché relaciones violentas sin remordimiento alguno. Entendí que el desapego emocional no es falta de responsabilidad afectiva. Analicé mi escala de valores y principios. Encontré valentía, desaparecieron la culpa, vergüenza, tristeza y enojo. Mi miedo se convirtió en protección y señal de alerta y la lista de beneficios continúa.

No conozco a nadie que haya pasado treinta años en terapia y no, no fue con un solo terapeuta con quien desarrollé dependencia. Fueron cinco psicólogos y dos psiquiatras. También ha sido un ir y venir con las terapias, pero si suman los años que he sido paciente, son treinta. Y sigo asistiendo una vez al mes a mi cita con mi psiquiatra: el Dr. Jaime Macouzet. Acá entre nos, es el único médico que respeto y admiro, en realidad. Siempre me ha escuchado. Siempre ha estado de mi lado y me ha defendido en mis crisis. Leal. Respeta mis decisiones, pero astutamente me indica cómo ejecutar esas decisiones. Reímos mucho en nuestras sesiones. Y tenemos en común un amor: la literatura. Entendió muy bien desde un inicio que soy escritora. Ya le dije que tenemos que escribir un libro juntos sobre el trastorno bipolar porque esa definición de cambios de humor le queda muy chica y no representa lo que en realidad es.

A según, yo tenía trastorno bipolar tipo 1. Ahí les va la explicación y clasificación:

El tipo 1 es aquel que vive más manías que depresiones. Yo perdí la cuenta ya de mis manías. Esos estadios emocionales son tan intensos que jamás podré plasmarlo en palabras. He tenido muy pocas depresiones y solamente una fue desoladora. De hecho, en mi coctel no hay antidepresivos, pues me disparan la manía. El tipo 2 es aquel que vira más a la depresión y vive hipomanías, la hija pequeña de la manía y el estadio ideal para cualquier persona. Soy fanática de la hipomanía. Brota mi mejor versión. Y la ciclotimia es aquel paciente que vira de la manía a la depresión en pocos días y es el estadio más agotador y culero que puede vivir quien sea.

Ya no entro en ninguna clasificación porque ya experimenté todo: manía, hipomanía, depresión y ciclotimia. Y mi insistencia de vivir sin medicamentos es porque a mí no me duele nada en mis episodios, y cuando no te sientes mal y no hay síntomas físicos, ¿como para qué tomo medicinas? Eso es un poco ilógico.

Creía que al haber sanado emocionalmente, podría vivir sin medicamentos. Hoy sé que no. El año pasado viví cuatro meses en ciclotimia derivado de una cirugía. Vivir un procedimiento quirúrgico mayor donde estaba presente la palabra cáncer, provocó un episodio de ciclotimia que casi me mata. La cirugía no fue el problema, lo fue todo lo que provocó en mi cerebro. Esto se pudo haber evitado si mis doctores me hubieran escuchado. Casi que hasta cuando me van a quitar una uña enterrada, antepongo: cuidado, tengo trastorno bipolar. Y un par de veces les he dicho que mi entourage son médicos y he tenido la fortuna de contar con excelentes especialistas, pero ni ellos lograron entender que mi cerebro procesa todo de manera distinta a la «norma».

Por eso supe que suspender de manera definitiva los medicamentos ya no entra en mis planes. Es como si a una persona con diabetes le quitan la insulina. El cerebro es un órgano, cada vez sabemos más sobre él y su funcionamiento, la química cerebral es única porque depende de un montón de factores que van desde los hábitos alimenticios hasta la genética y, pues, no puedo ganarle la guerra a la naturaleza.

No es sencillo vivir con una condición como el trastorno bipolar y para que entiendan la gravedad, mi esperanza de vida puede disminuir hasta 30 años. El suicidio es el riesgo latente del trastorno bipolar, pero para mí esa ya no es una opción (lo intenté tres veces), y no me puedo rendir, pero ya me reconcilié con él y ha sido un proceso de liberación que me convirtió en una mujer plena y con tremendas ganas de vivir.

Pero algo que marca también la diferencia conmigo es que siempre he contado con recursos económicos, atención médica privada y apoyo y amor incondicional de tantos para que pueda contener el trastorno bipolar y no me robe la vida. Mi red de salvación jamás se rindió conmigo y no se imaginan el tamaño de problemas que ocasioné por un par de décadas. Claro que el trabajo de 30 años en terapia fue sólo mío, pero si estoy viva es por las personas que nunca me dejaron sola, fueron soporte, no me juzgaron y me dieron una y otra vez la oportunidad de reinventarme.

Hoy estoy estable y en equilibrio. Huelo la manía. La detengo, pero todos los días vivo y enfrento simplemente el hecho de estar fuera de la «norma», pero, en realidad, ¿quién no lo está?

Y por eso soy un libro abierto porque leí por ahí un día que contar tu historia puede ser la guía de supervivencia para alguien más y no tendría vergüenza si le doy la espalda a aquellos que se me acercan y que no tienen esos mismos recursos económicos, atención médica y apoyo y amor incondicional como los que yo tuve y mantengo y a veces lo único que necesitamos todos es ser escuchados sin juicio y empatía, porque vivimos en un mundo caótico y violento que puede provocar que cualquiera pierda la cordura.

—Esta entrada es también un homenaje a:

Mis terapeutas y doctores: Federico, Jorge, Cristina, Marco, Elena, Jaime, David, Alfredo, Germán, Martha, Xochitl y Paty.

Y mi red de salvación:

Mis padres, Cynthia, Adrián, Gaby, Andrés, Nancy, Daniella, Erika, Irma, Olga, Julián, Luis, Victoria, Enrique y Aldo. —

18 de febrero de 2024

Sandra de Uriarte

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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