Hoy es un día que pasará en mi historia como otro antes y después. Tras cuatro años en una terapia grupal de sobrevivientes de violencia sexual, emprendo el viaje sola y es mi momento de volar. El proceso terapéutico como tal no había concluido, lo que concluyó fue que formara parte de ese espacio, que fue mi lugar seguro por cuatro años. Mi paso por ADIVAC fue realmente el arranque de mi verdadera revolución. Si yo no hubiese encontrado esta asociación, es posible que sufriera mi vida hasta mi último respiro…
Cargué la etiqueta del trastorno bipolar por treinta años. Hoy sólo lo veo como una mezcla rara y muy especial en mi química cerebral y es algo que puedo controlar sin recurrir siquiera a medicamentos, pero por mucho tiempo el trastorno bipolar fue lo que me salvó de mí misma. Era más sencillo aceptar un trastorno mental que la violencia. El trastorno bipolar sólo era el síntoma de tanto trauma que fue depositado enteramente en mi cuerpo. Fue mi pretexto, fue mi letra escarlata, fue mi justificación, fue mi mecanismo de defensa, fue la historia que me conté en la cabeza mucho tiempo para poder sobrevivir tanta violencia que viví.
Mi primer ataque de violencia sexual fue en mi adolescencia y rompí el silencio cuando tenía 37 años. Durante ese lapso viví una violación grupal y tuve demasiados agresores tanto conocidos, como desconocidos. Violencia física, verbal, psicológica y sexual. Yo no viví mis violencias en mi seno familiar, fue absolutamente violencia de género. Casi dos décadas con el peso del silencio sobre mis hombros todo el tiempo y completamente azotada por el miedo, culpa, vergüenza, tristeza, enojo e invalidación. Mi vida era caótica. Nadaba en un mar bravo de emociones intensas y muchas veces casi me ahogué. Decisiones erráticas. Conductas autodestructivas. Adicciones. Daño colateral. Tres intentos de suicidio. Y podría seguir detallando el infierno que se desató en mi propia historia tras vivir ese primer ataque cuando era todavía una adolescente que no sabía nada de la vida…
Pasé treinta años ininterrumpidos en terapia. Tuve cinco psicólogos y transité por procesos terapéuticos basados en las corrientes de la Gestalt, la cognitiva conductual, el psicoanálisis y el psicotrauma, además de tener un psiquiatra de cabecera desde hace diecisiete años. Incontables horas y mucho dinero invertido para lograr salud mental y emocional y hoy sé que fue lo mejor que pude hacer por mí. Aun cuando vivía con un deseo permanente de morir, algo más allá y que no puedo descifrar qué fue, me mantenía con la ilusión de dejar atrás tanto dolor y sufrimiento para aprender a disfrutar la vida.
Si decidí concluir mi participación en la terapia grupal no fue por miedo, ni negación o evasión. Hoy sé que limpiar la herida duele más que la propia herida y llegó el momento de probarme a mí misma que puedo navegar por la vida sola y sólo es porque ya cuento con todas las herramientas y recursos para enfrentar lo que sea que me mande el universo hasta que deje de latir mi corazón…
Gracias al proceso terapéutico en ADIVAC me despojé por completo de la culpa, vergüenza, tristeza y enojo. Lo único que no se desapareció en sí fue el miedo, pero ya no me paraliza. De hecho, se ha convertido en mi protección, una alerta y forma de defensa. En ADIVAC terminé por ponerme los lentes de género, alcé con orgullo el puño y me convertí en una feminista aguerrida y activista. Comprendí los elementos que conforman la violencia, cómo todos la hemos sufrido y ejercido, la forma en la cual se entreteje en nuestra vida y la pinta de negro. Entendí que la violencia está tan normalizada que ya nadie la ve. Hoy sé que la violencia se enseña, se aprende, se reproduce y se sepulta, y que el único responsable y culpable de la violencia es de quien la ejerce desde una postura de poder y está sostenida con una intención de hacer daño socavando a personas de confianza.
Desde que rompí el silencio los episodios del trastorno bipolar desaparecieron. Mi proceso en ADIVAC fue lo que permitió que me reconciliara con mi trastorno bipolar y también atravesé por un duelo al darme cuenta de que es altamente probable que jamás viva otra vez un episodio y la loca de la cabeza no me vuelva a visitar, cuando por muchos años fue la única que sabía realmente lo que provocaba que me llorara el alma y quisiera dejar este mundo. Hoy sé que todos los trastornos emocionales, mentales y adicciones sólo son la manifestación de un trauma y todos tenemos traumas. Nadie ES bipolar, nadie ES ansioso, nadie ES adicto. Sólo es la sintomatología del trauma y hasta que no se sana y se resignifica, esos trastornos y adicciones seguirán presentes. Muy pocos trastornos emocionales y mentales se presentan en niños, pero para mí esos niños que no han sufrido en realidad ningún trauma, no tienen trastornos como podría ser el espectro autista, esos niños son genios y su mente es brillante por un trastocamiento en su cerebro que se da muy pocas veces y es símbolo de evolución.
No niego que estos cuatro años fueron muy duros y por momentos pensé que no iba a sobrevivir el proceso terapéutico, pero tuve la fortuna de contar con el apoyo, contención y complicidad de muchas personas mágicas y hermosas que me ayudaron a sanar y resignificar mi vida entera. La conexión que tuve con mis hermanas y terapeutas no se puede poner en palabras. Conocí gente extraordinaria que me acompañó en los momentos más críticos que he tenido que sortear. Mi red de salvación fue siempre un soporte incondicional. Soy muy afortunada y privilegiada y sé que no hubiera sobrevivido tanta violencia si no contara con las personas que nunca se rindieron conmigo. Todos esos episodios del trastorno bipolar, mi aislamiento, los brotes psicóticos, los intentos de suicidio, mis adicciones y esa montaña rusa extrema que fue mi vida por un par de décadas, pude sobrevivirlos por todos aquellos que creían en mí y no me dejaron sola.
Muchas cosas que creía imposibles para mí, llegué a ellas después de asistir todos los lunes dos horas y por cuatro años a un espacio seguro donde desnudé mi alma, me permití sentir todas las emociones, enfrenté mis heridas y traumas, creí en el poder de la colectividad y confié en un proceso terapéutico que sólo se tradujo en liberación.
La forma en la cual me despedí de ADIVAC fue mucho mejor de lo que nunca imaginé, algo muy emotivo y cargado de simbolismos, y honro, admiro y abrazo muy fuerte a cada persona que ha formado parte de ADIVAC porque es de valientes entrar a un proceso terapéutico que tiene como único fin erradicar la violencia y encontrar nuevamente un sentido tras haber sido casi aniquilado por la violencia.
Hoy sé que si alcancé un estado de paz y tranquilidad, que si mi entorno es sano y mis relaciones libres de violencia, que si puedo decir que NO y defenderme, que si establezco límites anteponiendo el buen trato y que si mis pilares son el autocuidado y autocontrol, fue porque me atreví a enfrentar y sanar la violencia que viví por tantísimo tiempo. Esa violencia está resignificada y viví un proceso único y bello de justicia restaurativa.
Todo esto se traduce en que me siento una mujer libre que está por emprender el mejor viaje de su vida.
Fue un camino muy largo y sinuoso de sanación, autoconocimiento, introspección y reflexión que me permitió generar un estado mental, emocional y corporal en completo equilibrio y con el cual logré alcanzar el goce y disfrute, recuperé mis ganas de vivir y más que nunca quiero agradecer el solo hecho de despertar cada día y descubrir qué me tiene preparada la vida. Cada nuevo día es la oportunidad de escribir una historia distinta y si de por sí era rebelde y muy inquieta, ahora no me detendré por tratar de hacer de este mundo un lugar mejor para todos, pero ya sé escoger mis batallas y si logré salir ilesa y más fuerte de esta lucha de tres décadas, jamás izaré la bandera blanca, pero es mi momento para comprobar que la vida puede ser la historia que cada uno decide escribir y que los finales felices claro que existen, porque hoy sé que lo mejor está por venir.
Sandra de Uriarte
7 de agosto de 2023
