Otra herida de guerra

#yoconfieso

Si les soy sincera, nunca me cruzó por la cabeza la idea de que yo podría tener cáncer. En mi familia no existe como tal esa enfermedad. Solamente mi abuelo materno murió de cáncer de estómago. Los demás han fallecido en accidentes, de viejitos —la muerte de los justos— o por demencias seniles. El miedo latente que existe en mí es precisamente desarrollar una demencia senil y se acrecentó ese miedo después de vivir el Alzheimer de mi padre. Jamás he sido hipocondriaca. Nunca he buscado en Google enfermedades o síntomas de nada. De hecho, me jactaba de tener una excelente salud física. Era muy usual que le dijera a mis doctores: no tengo nada físico, todo lo mío es mental. Y en parte es cierto. No sufro de gastritis o migraña. Nada me duele nunca. Es muy raro que me enferme y si pasa, no es grave. Tengo casi 44 años y ni siquiera me han quitado las anginas o las muelas del juicio, y porque las últimas ni siquiera me salieron (solamente el 10% de la población en el mundo no las tiene y es señal de evolución). No me he roto un hueso ni he tenido siquiera un esguince. No sufro ni de estreñimiento. Me he contagiado solamente una vez de Covid y, aunque sí fueron muy duros los primeros tres días, hasta la fecha no tengo una sola secuela.

Todo esto es en gran medida porque fui una niña y adolescente muy sana. Las únicas enfermedades que me dieron de escuincla fueron varicela y paperas. Me vacunaron y recibí siempre una buena atención médica. Mi alimentación era muy saludable y, sobre todo, en algún momento me consideraron atleta de alto rendimiento. Pasaba muchas horas bailando. Muchas. Sí soy una mujer fuerte y cuando un doctor me dijo que existía una sospecha de cáncer, por primera vez sentí miedo en una consulta médica.

Algo pasa cuando te dicen esa palabra. En un inicio, me mostré incrédula, sobre todo, por la nula existencia de un síntoma o antecedentes familiares. Ni siquiera pensé en la necesidad de una cirugía, pero mientras avanzaba con los análisis y estudios clínicos y visitaba especialista tras especialista, se hacía más fuerte la presencia de esa palabra en mi vida. Y esta vez sí investigué demasiado y mi riesgo era moderado. Estaba entre el 30 y 40% de riesgo de malignidad. Aun así, pasé cinco días borracha. Tras esa consulta donde me dijeron por primera vez la palabra que nadie quiere escuchar, tomé tequila hasta que se rompió la tercera botella. Literal. Eso fue la señal del universo: para de beber. Y me dolió porque la botella se rompió casi nueva. Además de limpiar el desmadre. Ja. Luego fue la negación absoluta. Claro que a mí no me podía dar cáncer. Una frase que le dije a mi psiquiatra fue: me la pelan estos nódulos de la tiroides. Hasta que me confirmaron que necesitaba una cirugía. Comenzaron a hablarme de riesgos, porcentajes, tratamientos, efectos secundarios, etc., etc., etc. Fue tal mi miedo, que de un día a otro la presión arterial me aumentó en demasía, y eso retrasó un par de semanas la cirugía. Claro que mi humor estaba de la verga y el día que me aterré, fue el día que leí lo que no quería leer. La relación de la violencia con enfermedades como el cáncer.

Ese día hablé con mi madre y simplemente le dije: si saliendo de la cirugía, la doctora te dice que efectivamente es cáncer, aunque el riesgo es moderado, por favor, no te asustes, yo ya curé lo que me enfermaba.

Hay poca literatura científica sobre la relación entre la violencia y las enfermedades, y no puedo saberlo todo, pero creo que comienza una nueva ola clínica en la cual mis teorías —y las de muchos otros— comienzan a solidificarse: las emociones provocan enfermedades.

La historia de mis nódulos es larga. No fue algo que me tomara por sorpresa. Estaban detectados desde hace casi un par de décadas. Nunca tuve un solo síntoma ni me dolió nada. Siempre los descubría mi ginecóloga en la revisión anual.

Es posible que tenga cáncer de tiroides. Uno curable, cero agresivo o invasivo. Estuvo detectado a tiempo y el tratamiento se basa en yodo radioactivo, ni siquiera en quimioterapia.

Y además tengo tres quistes en mi seno izquierdo, uno en la vulva y otro en el cérvix, todos benignos, solamente debo monitorearlos. En total, son ocho protuberancias en mi cuerpo: cinco quistes y tres nódulos tiroideos.

A pesar de estar detectados desde hace años, hasta ahora quise atenderlo simplemente por una razón. La empatía de una doctora. Tuve que cambiar de ginecóloga, pues la mía falleció inesperadamente el año pasado. Llegué a mi consulta anual y no le dije nada a la nueva doctora de todos mis quistes y nódulos. Cuando pasamos a que me revisara, se sorprendió de la cantidad que detectó, le falló por un nódulo en la tiroides. Tu cuerpo produce quistes, fueron sus palabras. De hecho, no me creía que el de la vulva no me duela. No sé por qué, pero mientras me estaba revisando, me nació decirle que era sobreviviente de violencia sexual y de género. Me preguntó pocas cosas y con suma prudencia. Y como ya lo puedo hablar sin llorar, le dejé saber un poco de mi historia. Cuando terminé de contarle, me dijo: ahora entiendo tus quistes: en la garganta por haberte callado; en ese seno por el dolor y por estar más cerca del corazón; y en la vulva y el cérvix por ser la “entrada”. Con los ojos llenos de lágrimas, le tomé la mano, le di las gracias y le reconocí que era la primera doctora que me creía que eso era lo que estaba detrás de todos esos quistes y nódulos. Solamente eso…

Una persona muy especial para mí, me dijo que yo tenía un gran escudo precisamente por lo sana que fui de niña y adolescente, pero erró al decirme que era una mujer fuerte como una yegua y que tenía demasiadas cualidades que se reflejaban en un estado de salud óptimo.

Yo no fui una mujer sana. Tras vivir mi primer ataque de violencia sexual, dejé de serlo. Mi consumo de tabaco, alcohol y mariguana fue muy alto. Muy. Descuidé mucho mi alimentación. Me desvelaba demasiadas noches. Dejé de hacer ejercicio y tuve varios trabajos muy demandantes y estresantes. No veo dónde está lo saludable. Ese primer ataque de violencia sexual detonó el trastorno bipolar y he estado medicada más de quince años. Soy adicta a las benzodiacepinas.

Y este cuadro se agrava debido a la violencia que viví por un par de décadas. A mis 27 años fue mi segundo ataque de violencia sexual. Una violación grupal para la cual me drogaron. Y tras ese ataque comenzaron a aparecer en mi vida los quistes y nódulos. No sólo me violaron dos veces, tuve infinidad de agresores, conocidos y desconocidos. Recreé mi primera violación incontables veces. Tuve tres parejas muy violentas y viví muchas experiencias traumáticas.

Les pregunto: ¿dónde fueron depositados toda esa violencia y tanto trauma? En mi cuerpo, y el cuerpo nunca miente. Por algún lado se tenía que manifestar y más si consideran el tiempo que me callé. Yo reconocí que era sobreviviente de violencia casi veinte años después del primer ataque. Dos décadas fui víctima. Es demasiado tiempo…

Por eso, cuando leí la relación que existe entre la violencia y las enfermedades, sabía que podría estar enfrentando un cáncer, aun cuando el riesgo era moderado, y eso terminó por dejarme tranquila, mi presión arterial se normalizó y pudieron programar la cirugía, que será en siguientes días y ya veremos si en verdad tengo voz de pitonisa y terminaré este texto cuando regrese del hospital…

9 de abril de 2023

Sin duda alguna, la vida no podía patearme tanto. No fue cáncer, todo fue benigno, lograron salvarme un poco menos de la mitad de la tiroides, pero es posible que si hubiese dejado pasar más tiempo en cáncer hubiera acabado…

Pero lo que se generó tras la cirugía ha sido un verdadero infierno. Los días internada en el hospital fueron duros y sólo por el síndrome de abstinencia. Al ser adicta a la nicotina, al alcohol, a la mariguana y a las benzodiacepinas, mis doctores tuvieron que administrarme fármacos muy potentes para anestesiarme y controlar el dolor y la ansiedad que genera cualquier cirugía. En cuanto pude, casi que me di de alta sola. Lo único que me falta es generar otra adicción y salí corriendo del hospital.

Viví algunos días de dolor e incomodidad ya en mi casa, nada grave y me distraje viendo series y leyendo, pero las consecuencias de la cirugía fueron el hipotiroidismo y la anemia. Subí demasiado de peso, me dieron muchas taquicardias y sudoraciones nocturnas, tuve un cansancio tremendo, era un esfuerzo sobrehumano salir de la cama, mi humor estaba insoportable y lloraba a la menor provocación. Siempre he tenido la fortuna de contar con excelentes médicos, pero han pasado exactamente tres meses desde la cirugía y no me han dado de alta, el cansancio no se va y ahora debo tomar dos medicamentos más por el resto de mis días.

Esos tres meses han sido muy duros. Me hice consciente por primera vez de mi mortalidad y vulnerabilidad. Se acrecentó la crisis de la mediana edad y fue terrible aceptar que en cualquier momento me puedo ir, y esta cicatriz que tengo en el cuello, es una prueba más de que sólo soy una guerrera.

Pero lo que me dio el tiro de gracia fue el fallecimiento de una hermana de la vida.

Retomando la teoría de que la violencia genera enfermedades, es buen momento para decirles que tengo casi cuatro años en una terapia grupal de sobrevivientes de violencia sexual y la conexión que tengo con mis hermanas de este espacio seguro, no se puede poner en palabras. Y el mismo día que yo me interné para mi cirugía de tiroides, una de mis hermanas de la terapia grupal (y que además era mi tocaya) se internó en otro hospital para un trasplante de médula ósea. Tendría unos seis años batallando con leucemia. Ni siquiera me despedí de ella, porque estaba segura de que lo iba a vencer, pero falleció hace unas semanas.

Fue un golpe inesperado, que me llenó de rabia, dolor e incredulidad. Justo ella no debía partir todavía hacia la vida eterna. Era joven. Era una mujer de fuego. Fortaleza y coraje. Fui testigo de su transformación. Iba por la vida sanando a los demás. Punteaba la terapia grupal. Rompió todos los silencios y era una mujer como ninguna he conocido. Quizá le quedaba chico este plano… porque era una cabrona bien hecha y derecha y su misión una muy importante.

Y mi rabia fue en gran medida por saber que esa maldita leucemia que le arrebató la vida, era sólo la manifestación de toda la violencia que tuvo que sobrevivir de niña y adolescente. Perder a otra hermana en la lucha es devastador, pero por ella debo seguir en la batalla. Más que nunca. Fue un ejemplo para mí, fue contención y complicidad. Y va por ella, y por todas las demás, que siga alzando con orgullo el puño y buscar que este mundo sea más justo y equitativo.

Podrán pensar que es un poco descabellada mi teoría acerca de que las emociones generan enfermedades y más una como el cáncer, porque claro que se me vienen al corazón todas esas hermosas criaturas que tienen esa enfermedad, pero además de que el cáncer es altamente curable en niños, yo me refiero ya a las manifestaciones de adulto. Es verdad que el cuerpo nunca miente. A pesar de ser una máquina que se va cansando, estoy convencida de que lo que sucede en nuestro cuerpo sólo es un reflejo de nuestra vida, nuestros hábitos y el equilibrio que logremos entre la triada cuerpo-emociones-mente.

Desde febrero que empezó la danza de la salud, me he hecho más consciente de la importancia de lograr un balance sano en todo sentido, de escuchar a mi cuerpo, de acudir con gente profesional si necesito ayuda, de buscar sólo un buen trato conmigo y alcanzar un estado permanente de paz, porque por lo que hay que apostar en esta vida, es justo por la paz.

Estoy segura de que si todas las personas entraran en un proceso de sanación que atienda su cuerpo, sus emociones y su mente, la calidad de vida aumentaría drásticamente y se reducirían las enfermedades físicas considerablemente.

Para mí todo esto es como un reset a ceros y abrazo en verdad con delicadeza a todos aquellos que se encuentran lidiando con cáncer o cualquier otra enfermedad crónica o incurable, o que han perdido a sus amores debido a esas enfermedades, y sólo puedo decirles desde el fondo de mi corazón que agradezco haber hallado la verdadera causa de mis propias enfermedades, porque estoy muy cerca de ser una mujer sana y plena que está por emprender el mejor viaje de su vida.

12 de julio de 2023

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Sandra de Uriarte

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Autor: Escritora Sx Bipolar

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