Saben que todo lo que vivo lo escribo. Me duele tanto tener abandonado este espacio virtual de puro desahogo, pero estoy escribiendo como nunca gracias a una maestría en guionismo que está acabando conmigo. Y esta entrada puede generar que alcance las 100K lecturas en mi blog de manera orgánica, veamos si se logra el objetivo…
El caso es que ya dominan que soy una romántica, rebelde e inquieta con muchas causas y más con este rollo de mi trastorno bipolar. A mí, acá entre nos, me interesa muy poco convertirme en vocera de mi trastorno y ya no acepto entrevistas si van a ser alrededor de ese tema. Siempre que escucho a personas valientes contando su propia experiencia librando batallas con trastornos emocionales, mentales, discapacidades, enfermedades crónicas y cosas así, siento una gran compasión por ellas y me provocan admiración. Son historias de superación, resiliencia, sacrificios, frustración y dolor. Y yo no podría ser vocera de mi trastorno, porque lo primero que quiero siempre es estar en manía. Yo no sufro mi trastorno bipolar, y mucho menos ahora. Durante un par de décadas fue mi pretexto y ya que enfrenté, sané y resignifiqué casi que mi vida entera, ahora es mi catalizador para crear. Yo me desespero cuando no estoy en manía, siempre la añoro, la busco y hasta trato de inducirla. Voy en contra ya de la industria farmacéutica y en pocos meses estaré libre de medicamentos. Más de tres años me tomó superar esa adicción a las drogas legales. Claro que viví situaciones verdaderamente caóticas que derivaron en mucho daño colateral. Pero ya me vale madre eso. Ya casi ni me acuerdo, porque tengo más de seis años aprovechando el poder de mi cerebro de una forma sana y encontré una salida maravillosa para la loca de la cabeza. La literatura.
No seré psiquiatra, pero 30 años junto con la loca de la cabeza luchando contra el mundo, le dan peso y valor a mi voz y ya no estoy de acuerdo con el tratamiento farmacológico y la psiquiatría. Ya no. Me hicieron nada más una adicta y poco les importó encontrar la verdadera causa de mi trastorno. Siempre me sentí un conejillo de indias y, además, estigmatizado. Váyanse al carajo. Sé que los trastornos emocionales y mentales son multifactoriales, pero el enfoque de enfrentarlos como enfermedades y atiborrar de medicinas a las personas en sufrimiento, me parece que va más allá de la crueldad y maldad. Segregación, discriminación y experimentos médicos. Yo ya no me presto para eso. Y no es casualidad que desde que empecé a sanar las experiencias traumáticas que viví (y que todas las personas tienen) la loca de la cabeza ya no es una hija de la chingada, sino una verdadera aliada. Ya sé distinguir síntomas, ya transito los episodios aprovechando lo positivo de cada polo, y como ya no estoy enojada con la vida, lo culero del trastorno bipolar ya no aparece si de pronto algo me saca de balance y despierta la loca de la cabeza para hacer de las suyas. En más de quince años con tratamiento, jamás lograron los psiquiatras o las medicinas que alcanzara el estado de paz y temple emocional del que gozo hoy por hoy. Eso lo logré yo al despojarme de la víctima y dejar atrás una vida de violencia. Así de sencillo.
Mi tratamiento integral está basado en terapia psicológica y ocupacional, creación literaria, clases de ballet, alimentación muy saludable y acorde a mi propio metabolismo, autocuidado, autocontrol y productos de la cannabis. Los fármacos sólo tapan síntomas, agudizan episodios emocionales críticos y provocan adicción. Pero ese tratamiento integral que pudiera revertir y contener cualquier trastorno emocional o mental, requiere de un proceso previo de sanación y trabajo personal que demanda valor, mucho tiempo y, sobre todo, voluntad, y ahí empieza el problema del ser humano…
Sé que se siguen preguntando por el título de esta entrada. Ya casi llego, se los prometo, pero tenía una urgencia por contarles mi nueva postura frente a mi «letra escarlata», porque ustedes han sido testigos de mi transformación y lo complejo que ha sido para mí tener aplacada a la loca de la cabeza. Si lo que más me urge es volver a escribir una novela en un episodio de manía. Rayo en genio…
Bueno, el punto es que la pandemia se tradujo en varios kilos de más y fue duro para mí, pues jamás había pesado más de 58 kilos. Llegué con Germán en agosto de 2021 y me refirió mi hermana. Es un chingón como internista y metabolista, pero mi objetivo no era tanto bajar de peso, sino dejar de una buena vez y por todas, los medicamentos del trastorno bipolar. Desde que me abrió la puerta del consultorio pensé: ya valió madre. La conexión fue inmediata y se sintió muy natural. Germán entendió perfecto todo mi tema y se ofreció a guiarme también en mi proceso de sanación. Mi entourage son médicos. Cuando salí de esa consulta, me reí mucho al reconocer que era obvio que algún día uno de mis tantos doctores me iba a atraer. Bajé ocho kilos en cosa de tres meses. Ahí me estanqué, no he vuelto a subir un gramo y sinceramente eso seguía sin ser mi prioridad, lo impresionante era cómo me sentía. Cambié todos mis hábitos alimenticios y sí, fue algo que modificó mi vida en general.
En la segunda consulta comenzó el coqueteo y gracias a mi empatía, vibré que indiferente no le era. Me dijo aquella vez cosas como: lo que dices es música para mis oídos… ojalá todas mis consultas fueran como las tuyas y todos mis pacientes me hicieran reír como tú… me encanta platicar contigo… me enseñas mucho… no cabe duda que eres escritora… eres muy inteligente y experta de tu trastorno… cuéntame más cosas… No me chinguen. Yo volada, pero no le moví. Lo necesitaba como doctor todavía.
Durante la tercera consulta todo el tiempo me dijo mi amor. Platicando como si fuéramos comadritas. De hecho, él tenía casi los pies arriba del escritorio y yo frente a él girando en una silla y sonriéndole. Muy profesional todo el escenario. Si no me hubiera sentido atraída por él, no duden que voy y lo denuncio por acoso, pero yo volada. En esa consulta le revelé muchas cosas más para seguir avanzando en el proceso de sanación y esa vez la frase al marcharme fue: cualquier otro en tu lugar ya se hubiera rendido, te admiro…
A la cuarta consulta llegué y ni siquiera me pesó o tomó la presión o el vil pulso. Casi me jala del brazo para meterme a su privado y platicar. Esa vez iba nerviosa porque en siguientes días iba a reducir a la dosis mínima el alprazolam y se me venía encima un síndrome de abstinencia. Me recetó suplementos y cosas así para apoyarme. Cuando salí del consultorio me dijo: perdón por lo que te voy a decir, pero lo que estás haciendo requiere de huevos, mamacita. Casi me muero. Y sólo le respondí: cualquier cosa te voy a buscar.
Efectivamente viví por unos diez días el síndrome de abstinencia, y entre algunos detonantes, por ahí de octubre del año pasado, se me despertó la loca de la cabeza. Seis años pasó dormida. Cuando me di cuenta de que estaba en manía, brinqué de la alegría. No le dije a nadie y evidentemente me puse a escribir como poseída. Saqué casi que hasta la tesis de la maestría, el trabajo de varias semanas que tengo como directora creativa y me di el lujo de empezar mi tercer libro, pero un domingo mi madre me frenó. En ese momento le hablé a mi psiquiatra, le escribí a Germán y ahí empezó el chat amoroso. Fue un descaro. Mi psiquiatra tuvo que sedarme y me durmieron como tres días. Darle la vuelta a la manía fue complejo, hubo un periodo muy pinche de disociación y mi dolor por no poder vivirla ahora me ahogaba…
Germán me apoyó para transitar todo esto, y a las tres semanas regresé a las dosis mínimas que ya había logrado y, desde entonces, todo está sereno y en calma, pero en próximos meses es la suspensión definitiva del tratamiento farmacológico y no prometo nada… El chat amoroso fue mi escape al torbellino emocional. Germán respondía al instante, hablaba en plural, me pedía que le escribiera para decirle cómo iba, se refería a mí como querida o Sandy (que me zurra) y cuando le dije que me iban a sedar, su mensaje fue: descansa, duerme y sueña, bella durmiente, besos. No me jodan, y la loca es una. Sólo le di las gracias y feliz acepté el sedante de mi psiquiatra porque, según yo, ya tenía algo que hacer al despertar…
Cuando estaba en mis cabales, le pregunté que qué estábamos haciendo. Respuesta: no entiendo, a qué te refieres. Ahí me dieron ganas de bloquearlo, pero luego me dicen que soy muy impulsiva. Le comento que me parecía que nuestra relación ya no era de consultorio y sin pensar siquiera por un momento la respuesta me soltó: para nada, veme por favor como tu internista, te traté de la manera más profesional posible o como me hubiera gustado que me trataran si fuera el paciente, pero quizá fue porque no soy psiquiatra. No me chinguen. Ya ni recuerdo cuántos más mensajes intercambiamos, fueron pocos, pero acabó en: haz lo que te haga sentir cómoda, estamos en contacto. Y como diría mi mejor amigo: unfollow, block and report. Pero la loca siempre es una…
La gravedad del asunto sobre todo fue que él se involucró personalmente con una paciente en crisis que se proyectó por completo y buscaba el cuidado de su padre, fallecido un año atrás. Eso fue lo grave, en realidad, y comprendo que los médicos son personas, pero esas líneas no deben cruzarse jamás. Y a Germán le salió barato, porque hace unos años eso hubiera acabado en que le llevara serenata a su consultorio y le confesara mi amor intenso y mi deseo de morir si no estaba a mi lado. Hoy ya me controlo, porque me contengo, no me dejo llevar y me meto freno sola. Aquí no estoy hablando de acoso ni que sea un hijo de puta. Es un buen hombre, cálido, simpático, tiene carisma. Conozco a varias de sus pacientes y todas hablan maravillas de él. Aquí se construyó un vínculo que por simple ética no debió permitir él. Yo no hice ningún juramento. Él sí. Yo no estaba cuerda y la desilusión ya no pega tanto, pero entre mi tirria por la industria farmacéutica y mi experiencia con Germán, cada vez me quiero alejar más del enfoque clínico y buscar solamente un buen trato conmigo para procurar una vida sana y colmada de paz, rodeada de gente que me dé amor, contención, acompañamiento, risas y magia.
Cuán difícil fue no responderle a Germán: a la bella durmiente la despertaron con un beso, pero esto sólo fue un paso más para alejarme de lo clínico y liberarme de las adicciones que por muchos años escondieron lo que realmente debía sanar para poder dejar atrás a la víctima y convertirme en sobreviviente.
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Sandra de Uriarte
