La confesión
Era la segunda velada que pasábamos solos. Durante la conversación se mostró arrogante y egocéntrico. Me parece que quería alejarme de él. Cuando por fin se cansó de hablar sobre sí mismo, de manera sutil y un tanto tierna, le dije que lo único que quería era sentir. Deseaba besarlo y tener esas manos de artista por todo mi cuerpo. Empezó entonces una nueva sesión ardiente de besos y caricias. Yo estaba montada en él y sentía un reclamo urgente en mi cuerpo por el suyo. Lo deseaba tanto que quería morderlo. Mi vientre se contraía y estaba cada vez más mojada.
Hasta que empecé a llorar.
En plena fiesta carnal de pronto me vinieron a la cabeza imágenes de mi violación. Sentí miedo, me paré en seco, estoy casi segura de que lo aventé después de separarme bruscamente de él y estaba temblando.
Se sorprendió, pero supo reaccionar bien. Lo hizo de manera ecuánime y se mostró empático. Guardó distancia y recuerdo que estaba sentada en el piso, bastante lejos de él y como pude le conté sobre mi ataque de violencia sexual. Me escuchó pacientemente, no me cuestionó, ni siquiera me interrumpió. Lloré mucho. Cuando estuve un poco más tranquila, se acercó a mí, me ayudó a levantarme y nos sentamos en el sillón. Me tomó de la mano y me dijo que entendía mi grito ahogado y lágrimas. Me prometió que todo iba a ser gradual, que confiara en él y tuviera paciencia. Nos fuimos a dormir tras calmarme y tampoco cogimos esa noche, aunque en realidad ya no quería ni coger.
A la mañana siguiente desperté al lado de un hombre rayando en pedante. Recuerdo que me preguntó qué se sentía estar con él, pero lo hizo en tercera persona y usando su nombre completo. Mamón. Como tengo agudeza mental, le respondí con su misma pregunta. ¿Qué se siente estar conmigo? Con un mal sabor de boca, me salí de su cama, ni siquiera me ofreció un café y yo pedí mi Uber para largarme de ahí.
No supe nada de él en un mes. Desapareció y yo no tenía muchos ánimos de buscarlo al principio, pero sentía una urgencia por explorar a su lado mi sexualidad. Como el mundo es de los valientes, decidí enviarle una carta en la cual le expliqué que lo que me estaba atando a él era la lujuria, que no buscaba una relación, mucho menos como la concebía él, y traté de hacerle ver que era un hito en mi vida lo que estaba sucediendo con él. De manera inmediata me respondió con otra misiva cargada de bellas palabras elegidas cuidadosamente, pero en realidad lo único que me dijo es que prefería cancelar la parte sexual entre nosotros. Otro reto y se empeoraba mi obsesión.
Como me quitó el sexo, nuestro siguiente encuentro fue otra vez en una fiesta en casa de los hermanos que son nuestros amigos en común. Yo, paciente y tenaz, lo dejé libre, éramos ya sólo amigos. Lo vi durante toda la fiesta platicando con los demás, especialmente con las mujeres. Pasadas las 2 de la madrugada, y gracias a la intoxicante combinación de mezcal, cerveza y mota, me acerqué a él y sin rodeos le dije que, si podía llevarme a su cama, ahí era donde quería estar esa noche. Puso cara de sorpresa, rio y sólo me dijo: «Pide el Uber tú, mi aplicación no sirve.» (Las app funcionan, lo que no tenía era dinero.) Veníamos platicando amenamente en el Uber, pero la conversación giraba en torno a él.
Llegamos a su casa y a los pocos minutos me confesé. Con calma, muchas risas, analogías y metáforas, por fin entendió lo que buscaba en realidad. Yo no lo quería de novio ni me interesa una relación de pareja, con nadie. Soy poliamorosa, colecciono historias de amor y tengo amantes. Tras mi honesta declaración, me jaló hacia él y comenzó a besarme. Le pedí que fuera lento en todo. Tampoco cogimos esa noche, entre mi trauma y que él no logró una erección por el alcohol que circulaba en sus venas, después de un par de horas de besos y caricias, nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente, nos despertamos. Nuevamente comenzaron los besos y las caricias y después de un rato le dije que quería bañarme. Compartimos un momento muy íntimo en la regadera y yo le provoqué un orgasmo. Almorzamos juntos, me enseñó todos sus proyectos y futuros libros, platicamos un rato más y me marché de su casa otra vez con una sonrisa radiante.
A partir de ese día, me enamoré y fue mi decisión. Aunque soy una puta del amor y romántica condenada, creo ciegamente que el amor es un acto de voluntad. Mi lucha es por el amor, y no sé si estoy ganado o perdiendo la batalla, pero defiendo la capacidad que tenemos de amarnos los unos a otros desde la libertad.
Le escribía cartas. Cuentos. Todo el día nos mandábamos mensajes amorosos y divertidos. Jugábamos en redes sociales con nuestro propio lenguaje. Un hermoso romance.
Para festejar mi cumpleaños, me regalé un viaje a Nueva York. Fui sola, pero todo el tiempo, me acompañó. Le mandaba fotos, me daba recomendaciones de lugares que visitar, el día de mi cumpleaños me felicitó a la medianoche, fue el primero en hacerlo, y pactamos que a mi regreso del aeropuerto me fuera directo a su casa. Yo le traje varios regalos de allá y fueron muy bien pensados. Parecía niño en Navidad, se emocionó mucho cuando los abrió. Yo cada vez estaba más enamorada e ingenuamente creí que él también.
Seguía sin querer ser su pareja. Pero lo vi por un momento como un nuevo amante para toda la vida. Me tenía contenta eso. La noche de mi regreso de Nueva York, tampoco cogimos, y siendo honesta, ya se me olvidó la razón de esa vez, pero el punto es que no tuvimos sexo.
A los pocos días, tuve un leve problema en la vida, de ésos que ponen triste, pero no son muy críticos, y lo busqué. Fui puntual y le pedí vernos. Su respuesta fue la siguiente: «Lo siento, chamaca, ando en modo tornado salvando al mundo.» Mamón. Ante esa respuesta, lo dejé de buscar. De pronto aparecía con un mensaje o reacción en redes sociales y no me dejaba verlo. Estaba desbordado de trabajo, según él.
Comencé a desesperarme por su ausencia e indiferencia y lo notaba raro. Como buena estratega que soy, un día le escribí que todavía no usábamos unos de los regalos que le había traído de Nueva York y era un aceite afrodisíaco. Su respuesta fue la siguiente: «Chamaca, quisiera pedirte que nuestra relación más que de amanecernos juntos, ahora sea de compartirnos, de platicar, al menos por un rato, si estás de acuerdo.»
Ya ni el sexo estaba en la mesa. Me quitó otra vez lo que en realidad buscaba. Sí lo amaba y esas cosas cursis y dulces, pero cada vez me hacía menos sentido estar a su lado. Ni siquiera me cogía, por una u otra razón no había podido realmente estar con él como deseaba. Pero me gustaban mucho nuestras charlas, de hecho, era adicta a esas conversaciones de horas. Aprendía mucho a su lado. La pasaba muy bien con él, así que acepté el nuevo modelo de convivencia, porque además ante esa respuesta, una no puede hacer nada en realidad.
En esos días, me pidió apoyo para colocar sus libros. Los fui a vender con todos mis amigos y además le resolví un tema de dinero con un préstamo. Yo siempre doy sin esperar nada a cambio y si puedo ayudar lo hago. Pero acepto que, si no existe cierta reciprocidad, el amor se puede agotar y convertirse en algo distinto.
En mi caso fue obsesión y aunque una y otra vez me dejaba claro de manera sutil que el sexo no era una opción entre nosotros, cada vez me mostraba más segura de no descansar hasta ser por completo suya.
Continuará…
Sandra de Uriarte
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