El encuentro
Aquella noche fría de enero de hace un par de años, me apareció en Facebook como persona que quizá conozca. Es muy raro que solicite amistad en esa red social, y más a un hombre desconocido, pero cuando vi su foto de perfil algo me jaló intensamente, sigo sin descifrar qué fue, pero no conoces a nadie por accidente. Yo sí creo que toda la gente que se cruza en tu vida tiene un motivo. A los pocos minutos aceptó mi solicitud de amistad y fue él quien me saludó por Messenger con un simple emoji de Like y uno de guiño. Así empezó una nueva historia de amor.
Antes de responderle, entré a su perfil y descubrí que es figura pública. Escritor. Ha publicado sólo un libro, hace ya casi diez años, que es más bien su manifiesto, una mezcolanza de todo lo que ha leído en la vida. No me pareció tan original, de hecho, lo sentí como libro de autoayuda basado en el discurso de saltar al vacío y fluir. Da conferencias, talleres de creatividad, es usual que lo entrevisten y que colabore en agencias de publicidad. Se dice un libre pensador con tintes de revolucionario.
Resulta, además, que teníamos en común tres amigos, que son hermanos y son personajes importantes y muy especiales en mi vida. Los conozco desde la adolescencia y eso me dio un poco de confianza, no era un perfecto desconocido, y si era amigo de los tres podría ser un hombre interesante, de esos por los cuales pierdo cabeza.
Lo saludé y empezamos a platicar virtualmente. La conversación fue divertida y nos dimos cuenta que teníamos muchas cosas en común. En esa primera conversación le dije que compraría su libro pronto y le avisaría cuando lo hubiera leído. Pasaron algunos días, fui a la librería y adquirí su obra. Cuando lo terminé de leer, lo busqué y ahí comenzaron los halagos (siempre hay que negociar con el patriarcado). Sin saberlo, justo en ese momento me convertí en una presa más.
Un par de semanas después, lo conocí en persona. Fuimos a una fiesta en casa de los hermanos que son nuestros amigos en común y como vil groupie llevé el libro para que me lo dedicara. Jamás olvidaré la primera vez que lo vi. Llegué a la casa y él iba bajando las escaleras. Cuando lo vi a lo lejos y nuestras miradas se cruzaron, mi corazón se aceleró de manera inmediata. Parecía inalcanzable y que un halo de luz lo envolvía. Resultó más guapo que en sus fotos.
Es importante abrir un paréntesis ahora para contarles un breve historia dentro de la historia. Cuando lo tuve por primera vez enfrente, sentí un tremendo deseo sexual. Supe lo que en realidad significa la infatuación, y ahí estuvo el problema. Antes de conocerlo, yo no tenía vida sexual. Soy sobreviviente de violencia sexual y había pasado más de un año en terapia lidiando con ese trauma que me callé casi veinte años. Llegué a pensar que jamás sentiría deseo sexual otra vez hasta que apareció en mi vida. Eso propició que la relación avanzara, en lugar de mandarlo al carajo desde el primer día. No tenía idea.
Volviendo a la fiesta. En nuestro primer encuentro, me dejó saber que recién había terminado una muy larga relación y puntualizó varias veces que no le interesaba más una pareja. Nunca. Lo dijo a modo de advertencia. A mí me valió madre eso. Yo no busco novio. Pero andaba dolido, a él lo habían dejado. Entonces, supe que debía ser prudente y discreta. Después de esa fiesta, el juego de seducción fue cínico de mi parte. Me hacía presente en redes sociales compartiéndole contenido que creía podría gustarle. Comencé a seguirlo y disfrutaba leer las columnas que publica en una revista digital.
Soy paciente y tenaz cuando quiero algo, pero en un principio me condicionó vernos sólo con amigos y en situaciones sociales. Salía corriendo al llamado, nadie me obligó. Yo tenía claras mis intenciones, pero respeté su duelo y poco a poco nos acercábamos más. Hasta que llegó el día que por fin me invitó a su casa. Pasaron tres meses para que sucediera. Me molestó un poco porque la que se ajustó a su agenda fui yo y, además, llevé el vino y la mariguana para la velada.
Esa primera velada fue muy seductora, al menos para mí. Una excelente conversación, tomando buen vino y escuchando música. Mota y tabaco. Yo estaba en la gloria porque soy sapiosexual, por obvias razones, y tenía enfrente un hombre que además de excitarme con su inteligencia, me provocaba deseo sexual. El combo perfecto. No podía creerlo. Pero no quería ser tan descarada, de pronto sigo siendo víctima de nuestra doble moral, así que sólo le coqueteé lanzándole muchos halagos y él hizo el primer acercamiento físico. Me sorprendió saliendo del baño, me tomó por la cintura y me besó. Yo volé. Empezó una sesión ardiente de besos y caricias, y yo no podía creer que estaba experimentando, por fin, deseo sexual de manera natural. Sentí un fuego interno que jamás había imaginado. Me temblaban las piernas y nunca había disfrutado tanto el juego previo al sexo. Me perdí en sus besos y sus manos tersas recorrieron todo mi cuerpo.
Esa noche no cogimos, estábamos un poco borrachos y muy pachecos, pero me quedé dormida entre sus brazos. Suda belleza, por lo que me perdía en su olor. Despertamos hacia el mediodía y después de otra sesión ardiente de besos y caricias, nos levantamos, me invitó a almorzar y después me marché a mi casa con una sonrisa y radiante.
Yo quería gritarle sin pudor las ganas de ser suya, pero tenía presente su recién ruptura y no quería espantarlo. Los mensajes cesaron un par de semanas y el pretexto para verlo nuevamente fue una mota. La quería compartir con él de lo buena que estaba, así que le escribí y a los pocos días nos vimos, otra vez cuando él quiso. Yo soportaba todo porque quería coger con él.
Pero esa segunda velada fue muy incómoda. Tensa. Me trató como una groupie más. Eso no me gustó, yo soy única, tengo mis propios talentos y es difícil impresionarme, pero le seguí la corriente y no le di mucha importancia. Por un momento, me hartó su actitud. Pensé en irme, porque al parecer no comprendía lo que en realidad buscaba con él: un nuevo amante.
Además de mis pensamientos lujuriosos, me enamoré y perdí la cabeza sin saber que a la larga eso me iba a provocar mucho dolor. Acepto que creció dentro de mí una obsesión por él. Quería a costa de lo que fuera meterme a su cama y, con suerte, no salir de ahí por varios días.
Continuará...
Sandra de Uriarte
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