«Ser rebelde lleva la vida entera,
borrarte los privilegios de la piel,
inscribirte en la soledad del desacuerdo,
dejar atrás a los usurpadores….
No hay premio a una rebelde
más allá de poder regar sus flores en el tiempo que apropia,
salir a dar de comer a las aves una mañana donde el capital devora,
sonreír con los dientes maltrechos ante la desventura del desayuno,
ser indigente en la casa que nadie sueña.
Las rebeldes saben de qué están hechos los premios,
rechazan los mendrugos que lanza la mano del opresor.
Una rebelde tiene como único premio la vida, porque de ella nadie se apropia,
en ella nadie la usurpa,
porque es la única tierra propia de cada rincón donde duerme.
Su rebeldía alcanza siempre a cobijar el desánimo del progreso
y si de paso una rebelde tiene la alegría en soledad, ha vencido al mundo.»
Doris Lessing
La historia humana esta hecha de coraje y rebeldía. Hay algo en la condición del espíritu humano que nos hace pensar que lo establecido es una construcción social. La posibilidad de asumir una función social como personas en el tiempo histórico, muestra la capacidad humana que poseemos de reflexionar y que nos lleva revisar todo lo que hace y por qué se hace.
Es en la interiorización personal sobre la realidad vivida y percibida que podemos empezar a cuestionar nuestro “mundo”, para luego, en el diálogo con otras personas reconocer y ver que algo falta, que algo o mucho no está bien, que muchas de las cosas que se nos dicen la hemos aceptado sin preguntar, que casi todo lo que se realizan en nuestras vidas está anclado en un “deber ser” que se siente como una rendición, como algo que pesa y abruma, que sin darnos cuenta ya estamos en los códigos de la sumisión y docilidad.
La vida social y sus expresiones en la cultura se ha impuesto con los años como algo fijo, inamovible. Las reglas, los códigos morales se han moldeado con la historia y la cultura, desde el poder desde los vencedores en contextos sociales construidos a través de la manipulación, la educación, las normas, la coerción y el miedo y en donde las ideas de otros se han impuesto desde la infancia sobre nuestros propios pensamientos, y rápidamente se han hecho rígidos, los vivimos como dogmas, como reglas de conducta permitidas y en donde las creencias heredadas, -mitos, religión y tradiciones- van moldeando una forma de nuestro “ser social” y se instalan en nuestro imaginario. Un mundo individual que muchas veces, las más de las veces, no nos pertenece, nos aísla, no ciega y nos hace creer que no necesitamos a nadie y nos convierte en individuos egoístas, pero también en seres obedientes y resignados. La sociedad de mercado y el modelo de éxito capitalista trabaja para operar el control social.
La historia de la civilización es producto del cambio, de la revoluciones sociales y científicas. La rebeldía ha sido la pauta para romper con lo establecido, como imposición, con lo que se presenta y se representa como “status quo”. Ser rebelde es ser una persona que logra, -pese a todo- pensar, sentir y actuar por sí misma. Es una persona que se ha permitido ser sensible a la realidad en la que vive y que se pregunta y se responde con nuevas respuestas, y que va encontrando el valor de ser ella misma al mostrar su desacuerdo con lo que se le ha impuesto sin su consentimiento.
Todos los beneficios de la cultura, los avances en la ciencia y la tecnología, incluidos los conocimientos que vamos adquiriendo sobre la condición humana, sobre la psicología, social y personal, han sido producto de pensar a contra corriente, son el resultado de preguntar y romper los cánones impuestos y encontrar en la rebeldía, la fuerza, el talento, el talante y el coraje para cambiar y cambiarnos.
La rebeldía nace en algún momento de la profunda insatisfacción social, sobre el saldo civilizatorio que se mueve pendularmente. Realidad que se mueve entre los logros del saber humano, sus conquistas y sus descubrimientos, así como con la aplicación de estos conocimientos para crear soluciones tecnológicas, -la vacuna para el contrarrestar el COVID-19 es un buen ejemplo-, y en el otro extremo, está la condición del dolor humano, la guerra, el sufrimiento humano, el hambre, las adicciones, la tragedia, el daño ambiental, la violencia y la muerte, todo esto lo hemos naturalizado y se ha normalizado el abuso, la ignominia, el terror, la infamia, el deshonor y la barbarie.
Jaime Sabines escribió “Aquí no pasa nada, mejor dicho, pasan tantas cosas juntas al mismo tiempo, que es mejor decir que no pasa nada”. La rebeldía pasa, nace, se construye, se nutre de la realidad que nos interpela, que nos llama, nos desafía y nos invita ser personas plenas en lo individual y en lo colectivo.
El cambio es lo único constante. Las argucias desde el poder político y económico y sus falsas promesas de futuro opacan y desalientan cual cambio, lo hacen desde el uso de la fuerza para evitar que la rebeldía se contagie. Es tiempo de rebeldía pese a la ilusión de progreso que el capital difunde. Se necesita recuperar la rebeldía en cada uno de nosotros, de nosotras, y desde la participación social dar cabida a otros mundos posibles, en donde la justicia social y el proyecto humano sigan dando oportunidad para vivir con respeto, reconocimiento y dignidad humana a la vez de cuidar de la naturaleza del planeta, del país, de la ciudad, del pueblo, de la comunidad en el que nos toco existir y ser con otros.
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