Amado padre,
Apenas hace muy poco, decidiste emprender el viaje hacia la vida eterna, dejando atrás lo terrenal y mundano, incluyéndome. Lo siento como una vil traición. Ya que nos quisimos, me dejaste. Porque no fuiste un padre fácil para mí, y muchas veces te odié. Nada era suficiente para ti y tu maldita maña de condicionarme tu amor, derivó en muchas horas de terapia. Si supieras cuánto tiempo le robaste a mis espacios terapéuticos te sorprenderías. «Mi padre no me entiende.» «Mi padre no me acepta.» «Mi padre no me habla otra vez.» «No puedo cumplir con las expectativas que tiene mi padre de mí, yo no quiero eso para mí.» «¿Por qué no me escucha mi padre?» «¿Por qué no me lee mi padre?»
Siempre he dicho que el colmo de un escritor es tener un padre que no lee. Era labor más fácil ponerle puertas al campo que entendieras que soy artista. Necesito de las palabras para sobrevivir, sólo en mi mundo de fantasía me siento protegida y sólo ahí las voces no me hacen daño. Luchaste tantos años para insertarme a la «normalidad». Te gritaba, eran alaridos desde mis entrañas y no me escuchabas. Me alejé de ti varias veces. Me lloraba el alma ver en tu mirada ese desapruebo, ese prejuicio y ese rechazo, cuando te contaba de mis proyectos profesionales, porque sí, papá, soy artista y lo he sido desde niña. Tú me inscribiste en la academia de ballet para que se me quitara lo hiperactiva y, sin saberlo, firmaste tu propia sentencia cuando me compraste mi primer par de zapatillas rosas y mi primer tutú blanco a los tres años. Tú me llevaste de la mano al inicio de mi vida como artista. Tú solo. Qué ironía, ¿no crees?
Sé que sentías orgullo al verme en un escenario bailando, pero bien sabía que no querías que fuera bailarina profesional. «Vas a acabar de maestra.» Cada oportunidad que tenías para decirlo, lo hacías. Te importaba más mi rendimiento académico que mis diplomas de ballet. Renuncié a ello cuando una noche, mientras tenía los pies sumergidos en una palangana llena de agua caliente con sal para cauterizarlos después de varias horas bailando en zapatillas de punta, me di cuenta que las uñas caídas, las ampollas y la carne viva de mis pies eran un dolor soportable. Tu rechazo no. Ya se estaba complicando eso de ser bailarina profesional. Me dolían cada vez más la rodilla y el tobillo derechos. Empiezo a sentir dolor en la cadera derecha y sé que va por ahí. Que ve al doctor ortopedista especialista en atletas de alto rendimiento. Que si la desviación en la columna vertebral y las rótulas desfasadas. Que haz fisioterapia después de tus clases de ballet. Era demasiado. Recuerdo ese último verano que pasé en mi academia. Tendría dieciséis o diecisiete años. Ya bailaba todo el tiempo en puntas, tenía compañeros hombres y pasaba muchas horas en la academia. Ese verano pagaste un taller intensivo con maestros de ballet de Cuba, Inglaterra y Rusia. El taller era de lunes a viernes de las tres de la tarde a las nueve de la noche y los sábados de las nueve de la mañana a las tres de la tarde. Me destrocé los pies esas seis semanas. Recuerdo con mucho cariño a mis compañeras. Podría decirte el nombre de todas y lo que envidiaba de ellas. Porque una saltaba hermoso, la otra tenía una gran flexibilidad, aquella que interpretaba de forma desgarradora. Un lugar que puedo recorrer de cabo a rabo con los ojos cerrados es precisamente mi academia. Pasé los mejores años de mi vida en esos salones, dedicada en cuerpo, mente y alma al ballet.
«Quiero estudiar Periodismo.» Claro que no. Era ridículo pensar que lo ibas a aceptar. Yo lo sabía. Y mi carrera de ejecutiva fue por ti. No imaginas lo infeliz que era encerrada en una oficina. Pero también era un dolor soportable. Tu rechazo no. El eterno dilema de mi vida. Hacer lo que no me gusta para lograr así que me quisieras, o ser lo que soy sacrificando tu amor. No fue nunca una decisión fácil y, repito: te dediqué muchas horas de terapia.
Y, claro, tenía que ser yo la que te cuidara los últimos dos años de tu vida. No podía ser de otra forma nuestra reconciliación. Y vaya manera…
Te confieso que ese resentimiento que te tenía se disipaba una y otra vez porque cuando perdía el camino, tu mano siempre era la primera que tomaba. Siempre. Y me percataba de que sí me querías, a pesar de no entenderme, y eso es el significado de amor incondicional. De tu mano me agarré las dos veces que me lavaron el estómago por haber intentado quitarme la vida. Estabas a mi lado. Fuerte como un roble. No te quebraba ver a los doctores hurgando en el vómito contando las pastillas. Mis gritos de dolor no te hacían nada. Me hablaste, sé que lo hiciste, y antes de quedarme dormida las dos veces después del lavado de estómago, lo último que vi fue tu cara. En tu mirada habitaba el amor, la compasión y una gran frustración por no poder ayudarme. No había desapruebo, prejuicio o rechazo. Fuiste siempre quien más se involucró con mi trastorno bipolar. Recuerdo cuando juntos armamos tu carpeta para que fueras a un grupo de apoyo para familiares de pacientes con trastornos mentales. Fuiste muy disciplinado con ese taller de contención, que recuerdo duró varios meses. Mi madre me confesó que fuiste a consultar a varios psiquiatras. Tratabas de entenderme, desde tu trinchera y con tus propios recursos. Pero, te dolía tanto saberme con ese trastorno, que te negabas a aceptarlo. Y me regresabas al mundo de las empresas porque deseabas con fervor que me convirtiera en algo que no soy. Tan necio tú y tan necia yo.
Hasta que hace cinco años, sin siquiera consultarlo contigo, dejé todo eso y me volqué en las palabras. Me dejaste de hablar, pero esa vez ya no me importó. Con o sin tu amor, iba a perseguir otra vida, la que yo quería vivir, no la que planeaste para mí desde el momento que nací. Fue muy duro ese desencuentro entre tú y yo y duró casi un año, pero el día que te dejé en tu escritorio el manuscrito final de mi primera novela, todo cambió entre nosotros. Sólo la hojeaste. Qué esperanza que la leyeras, pero sí recuerdo tu expresión de asombro cuando te enseñé ese manuscrito. Empezaste a decirle a quien fuera que tu hija era escritora y lo hacías con orgullo…
… y al poco tiempo, nos dieron el diagnóstico. Alzheimer. No recuerdo sentir tanto miedo y dolor como aquella tarde en el consultorio de la doctora cuando sólo me confirmó lo que ya sabía desde mucho tiempo atrás, y mientras la escuchaba como en un segundo plano, te observé. No entendías nada. De hecho, estabas amable y muy sonriente. Entre tu sordera y lo avanzada que estaba la enfermedad, me queda claro que nunca supiste que tenías Alzheimer. La sonrisa se desvaneció cuando la doctora te dijo que ya no podías manejar, y fue tal tu enojo, que le gritaste a la doctora, te paraste y saliste enfurecido del consultorio, con todo y el portazo. Eso fue lo único que comprendiste aquella tarde, que no podías manejar. Lo demás, te valió un carajo.
Leí y leí sobre el Alzheimer y nada me preparó para lo que íbamos a vivir juntos. Todavía no encuentro el valor para escribir ese capítulo de nuestra historia. Sabes que si lo hago, mi madre y mi hermana se van a molestar. De hecho, el día que partiste les prometí que, por honrar tu memoria, jamás escribiría sobre ese par de años que dediqué a cuidarte, pero estoy segura que es una promesa que voy a romper, y sabes el valor que le doy a mi palabra, pero lo que vivimos en ese tiempo, agravado por el confinamiento, fue un cambio de roles impactante y sé que no soy la única persona que ha cuidado a sus padres enfermos, pero lo que pasó entre nosotros fue una liberación brutal para que tú y yo pudiéramos aprender a querernos, por fin.
Hasta en tu último momento de lucidez, peleaste conmigo. No podía ser de otra forma. Nos rompimos siempre el esquema. Y sí, me sobró padre y, por eso, me siento perdida desde tu partida, y no tengo tu mano, la primera que tomaba cuando me sentía justo así.
Pero, en medio de lágrimas y encontrándote todos los días en cada resquicio de la casa, saber que fui la única persona que jamás olvidaste, que no dejaste de reconocer y mucho menos confundiste, es el mejor regalo de cumpleaños que me pudiste dar en toda mi vida.
Te extraño, papá, mucho más de lo que nunca imaginé.
Hasta que nos volvamos a encontrar.
Tu hija,
Sandra
3 de junio de 2021
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