En lugar de anillo, me dieron unas chanclas Parte Dos

#yoconfieso

«¿Quieres que te diga lo que quieres escuchar o lo que realmente pienso?», me preguntó mi mejor amiga cuando hablábamos por teléfono y le contaba la historia de mi segunda cita con el Joselo. Cada vez que me dice eso, sé que se va a meter a mi cabeza, me va a sacar de balance, me va a hacer emputar, porque al final, vamos a llegar a donde justo no quiero: mi miedo. El problema no era el Joselo, era yo, en realidad. Era yo quien no entendía nada de la vida…

Tampoco me flagelé por mi verborrea tan dramática durante la segunda cita pues me dije: fueron unos besos en el parque, tampoco es para tanto. El Joselo desapareció como cinco días, ni un mensaje. Lo estaba dando por perdido, cuando apareció muy fresco y natural, hasta con un chiste muy atinado, y lo primero que pensé fue: mierda, se la iba a rifar. Ahí va su idiota, que cree fervientemente en el amor y hace muchas pendejadas en su nombre.

Fui muy honesta con él y le dije que el trastorno bipolar ya me valía un comino, estaba más allá del bien y del mal con ese tema. Ya no me controla. Ya me demostré de lo que estoy hecha y me probé que puedo ser funcional. Cada vez son menores las dosis de los medicamentos y comienzo a buscar alternativas de tratamientos menos agresivos y adictivos, y si acaso se me viene encima una manía o una depresión, ya sé contenerlas y darles la vuelta rápido. Que eso en realidad no era un impedimento para una relación de pareja y le confesé que mi miedo radicaba en que la parte sexual fuera dura y compleja para mí. La escasa vida sexual que he tenido en cinco años, ha venido acompañada con un quiste en mi vulva. No falla. Cada vez que cojo, aparece un quiste. Y yo con mi tara mental: es porque estoy traumatizada y el cuerpo no olvida, y hasta que no termine mi terapia grupal de sobrevivientes de violencia sexual, me van a seguir saliendo quistes cada vez que coja.

Tras mi confesión que justificaba mi verborrea, el Joselo me dijo que aún más quería esa tercera cita, y propuso un picnic en el bosque de Chapultepec, para que no fuera un entorno estresante para mí. Me pareció fantástica la idea, pero ya ven que les dije que era músico, y andaba de ensayo en ensayo con sus bandas de rock y le tuve que advertir: mientras no te encierres, no podré verte.

Para no hacerles más largo el cuento, un domingo cualquiera estaba viendo una buena comedia española, con mucho sexo y me prendí. Un gran avance para mí. Me dieron ganas de coger y lo primero que se me ocurrió fue decirle al Joselo. Le escribí un mensaje contándole. «Vente a la casa ahorita.» No, pues no es para tanto, espérame tantito, no seas ridículo, voy poco a poco. Pero una cosa llevó a la otra y acabé teniendo sexo virtual con él. Mi primera vez. Él dijo que también había sido su primera vez. Lo disfruté, fluyó, tuve un orgasmo (que se quedó grabado en un mensaje de audio) y estuvo divertido. Y en tiempos de guerra… Dormí como bebé esa noche.

A la mañana siguiente, desperté y sentí dolor entre mis piernas. Ahí estaba mi fiel compañero. El quiste. No sabía si reír o llorar. No podía creerlo, en realidad. Pero antes de correr con el cirujano que lleva dos años tratándome por el tema de los quistes, preferí ir a ver a mi ginecóloga que tiene una clínica de mujeres para mujeres. Necesitaba que escuchara mi historia, no era normal. Ya me habían salido diez quistes en dos años y sólo aparecían cuando tenía cualquier tipo de actividad sexual con un hombre.

La otra trama: el Joselo. Cuando le dije que se había formado el quiste y que tenía cita con mi ginecóloga en los siguientes días, le pregunté si todavía quería esa tercera cita. Transcribo su mensaje: ¿Sabes? Cada vez siento más lejana esa cita, pero siento más que va a ser muy complicado caminar a tu lado hasta que no resuelvas todas tus circunstancias. ¿Ven por qué no me puse las chanclas? Ya trae una colmillo…

Le di las gracias, fui muy seca y cortante y me despedí. Borré de manera inmediata su chat. Si ya no le interesaba estar en mi vida, no tengo por qué guardar la conversación virtual de unas semanas. Tenía cosas más importantes que hacer y resolver, como la cita con mi doctora.

Le conté en la cita detalladamente la relación entre los quistes y el sexo. Mis dos violaciones. Mi terapia grupal. El tratamiento ineficaz del otro doctor, su misoginia e invalidación. Estaba harta de los quistes y quería que alguien me creyera que sólo cuando tenía actividad sexual que involucrara un hombre, se formaba. Así fuera virtual. Si me masturbo, que lo hago muy poco, no aparece el quiste. Necesitaba ya una explicación lógica.

Al terminar de auscultarme, me dijo que mis quistes no tienen nada que ver con mis traumas. Hay una falla en la glándula de Bartholin, que sólo tenemos las mujeres y cuya única función es secretar la lubricación vaginal cuando una está excitada. Y me quedó claro todo, porque no es lo mismo sola que con un hombre. Tengo un conducto tapado y al lubricar, se acumula el líquido, que desaparece a los pocos días, pues se drena solo. No hay infección, es una falla orgánica y me tienen que extirpar la glándula, pero para que eso suceda tengo que llegar al quirófano con la misma muy inflamada, «casi a punto de explotar», de lo contrario, no podían operarme. Y con mi cara de pendeja y boquiabierta, le pregunté a mi doctora: ¿Y eso cómo lo voy a lograr? Su respuesta llana y directa a mi corazón: Teniendo sexo. Me lleva la chingada. No me mandaron ni una aspirina, me mandaron a coger y me dieron el teléfono de una especialista. «Tienes que sacar la cita y la noche anterior a tu cita, debes tener mucho sexo.» La ironía viste siempre mi vida como un velo negro. Lo que más evitaba, por miedo a que apareciera un quiste, era lo que necesitaba para terminar con ese tema clínico de una buena vez y por todas: coger.

En el Uber de regreso a mi casa, le escribí al Joselo pidiéndole ayuda. Tal cual. Después de un malentendido (muy usual en WhatsApp) mantuvo su decisión de no seguir saliendo conmigo. «Todo es muy intenso y me está sobrepasando.»

Pues lo mandé al carajo. Apliqué la famosa de mi mejor amigo: Unfollow, block, report. No había más nada que hacer ante su postura. El romance en sí duró unas tres semanas y nos vimos dos veces, gracias a la cuarentena.

Por eso, me parece absurdo usar aplicaciones para conocer gente. Muchos están ahí para ver si sacan algo, lo que sea; otros sólo coleccionan matches para exacerbar su ego, narcisismo e individualismo; no falta el que anda buscando hacer negocios y te quiere invitar a una empresa multinivel o vender un seguro; otros que jamás entran a la aplicación y no desactivan su cuenta; y el medio se presta muy bien para actividades no del todo lícitas y el acoso. ¿En verdad creen que la tecnología está simplificando nuestra cotidianidad? Al contrario. Nos está alienando poco a poco. Nos estamos diluyendo y perdiendo toda identidad. No hay vínculos afectivos reales, sólidos… todo es fugaz, efímero. Todo puede ser reemplazado. Consumimos hasta personas. Hemos perdido valores por quererlo todo rápido y debemos ser los mejores y más populares en todo momento. Se nos olvida que para construir esa relación de pareja, que tanto decimos que buscamos, se requiere tiempo, compromiso, pero sobre todo, de voluntad. Y sí, todos estamos más extraños de lo «normal», porque llevamos más de un año en modo de supervivencia y veo que a muchos eso de la soledad les afecta y pesa como lápida y, por eso, con o sin pandemia es necesario conectarnos con nuestro ser interior, sanar y hallar paz con uno mismo para poder conectar con el otro. Nunca va a poder ser de otra manera si es que quieren amores y relaciones sanas, genuinas y perdurables. Nadie dijo que era fácil y la vida no es justa o injusta, simplemente es y lo es para todos en sus diversas circunstancias. Hay siempre alguien con una vida más miserable que la tuya. Y siendo honestos, nuestra presencia en el universo es una vil manchita que limpiar (esa frase no es mía, la escuché por ahí).

Pero me seguirá partiendo el alma ver como somos más inhumanos cada vez. Adictos a la tecnología. Necesitados de la aprobación de los otros. Materialistas y consumistas, arrastrando todavía el discurso neoliberal. La violencia endémica, más contra las mujeres, un mundo tan desigual y herido por las élites en el poder, y esos tintes preapocalípticos que empiezan a azotarnos. Estamos a tiempo de darle la vuelta, y eso lo vamos a lograr sólo con amor, por uno mismo, por el otro y por el planeta.

Por eso no me puse las chanclas… y como decía mi abuela, una mujer sabia: lo que rápido viene, rápido se va…

Sandra de Uriarte

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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