En lugar de anillo, me dieron unas chanclas Parte Uno

#yoconfieso

El romance en pandemia está muy duro. No hay manera. Nos chingamos los solteros. Nuestros recursos son muy limitados. La distancia social nos ha arrebatado nuestros rituales y uno es precisamente el del apareamiento. ¿Cómo, dónde, cuándo podremos conocer a alguien para romancear durante la pandemia? Qué difícil, y como ya saben, cazo historias de amor, así que en plena cuarentena (y con semáforo rojo) decidí recurrir a una app para encontrar a ese buen hombre que tanto anhelo. Ja.

Voy a ser honesta y decirles que mi intención no fue la más pura cuando recurrí a Bumble para buscar el amor en tiempos de pandemia. Estaba ardida, la mera verdad. Haciendo rabieta, en realidad. Como les he platicado en otras entradas, soy sapiosexual y poliamorosa. La inteligencia y el amor es lo que a mí me da placer, me nublan por completo la vista y me humedecen. Pero la pandemia se llevó a mis amantes, debido a variadas circunstancias, y cuando uno de ellos me habló para correrme la cortesía de decirme que se casaba, fue la estocada final. Yo no podía quedarme atrás de ninguno de ellos. Era necesario buscar un nuevo amante. Renovarse o morir. Sólo a mí se me ocurre hacer eso en medio de una pandemia, pero soy tenaz y cuando quiero algo, no descanso hasta tenerlo. Aplica en todo.

Y aunque aborrezco en sí las redes sociales y las aplicaciones para conocer gente, no tuve otra opción más que recurrir a ellas. Muy de flojera. Confirmaba mi odio por las mismas. Pura pérdida de tiempo. Como vi que la cosa ni jalaba, decidí pagar. Huele a desesperación, pero tenía en mi espalda más de un año sin sexo, y aunque veces soy hasta asexual, sentía ganas de estar con un hombre y pasar noches despreocupadas y pasionales. El match pagado fue con el Joselo, el personaje principal de esta historia: un buen tipo, cuarentón, fotógrafo, músico, rojillo, pro feminismo y pacheco. Parecía un excelente match para mí. El primer día hablamos como tres horas por el chat de la aplicación y le di mi celular porque la conversación fluyó y fue divertida. Así empezó. A los pocos días, estábamos en el parque cercano a mi casa, con todo y cubrebocas y sana distancia, en nuestra primera cita. «Vamos por unos esquites.» Le encantó mi sugerencia, pero ni los comimos. Nos sentamos en una banca y no cesaban las risas, coincidencias y buenas historias. Al cabo de un par de horas, le dije que el frío me estaba calando hasta los huesos y lo invité a mi casa para seguir ahí la cita. Ley seca. No mamen. Un gran amigo nos salvó y pasamos a su casa por una botella de vino. La primera cita duró siete horas. Se fue de mi casa porque lo corrí en la madrugada. Me dio unos besos tiernos antes de irse y un fuerte abrazo. Too good to be true, sabe más el Diablo por viejo…

Tras esa cita, el Joselo ya no me soltó y empezó el romance virtual. Decidimos pasar unos días encerrados para asegurarnos de no portar el Covid19 y la segunda cita sería en su casa. Me propuso que pasara todo un fin de semana con él. Aunque estaba un poco temerosa por la rapidez, dije que sí. No hay muchas opciones para tener citas románticas durante un confinamiento. Me di cuenta que era un caballero. Se puso a limpiar y desinfectar su casa entera. Fue a comprar comida no sin antes preguntarme qué me gustaba. Los mensajes eran halagadores, divertidos, honestos, cargados de emoción y romance. Estaba al pendiente de mí. Se mostraba genuinamente interesado.

Llegó el día de la segunda cita, pasó por mí y me llevó a su casa. Modesta, pero muy bonita y acogedora. Limpia, ordenada, decorada con estilo y buen gusto. Tenía un árbol frondoso y alto en medio de la terraza y muchas plantas de mariguana.

Cuando entramos, le pregunté cuál era su baño. «¿No quieres entrar a mi recámara a dejar tu chamarra antes?» «Vale, gracias.» Y entré y en la cama, como si fueran amenidades en un hotel de lujo, había unas chanclas de baño, un juego de toallas, un cepillo de dientes y una piyama. Todo en rosa, mi color favorito. No se imaginan el vértigo que me provocó ver eso. No me juzguen, sé que se agradece tan lindo detalle y más si el plan era que me quedara a dormir, pero en realidad el cepillo de dientes era suficiente. Era la segunda vez que lo veía en mi vida, ni siquiera sabía sus dos apellidos y había una variedad de artículos que evidencian una intención de que ya no salgas de ahí en mucho tiempo. Podría ser muy romántico para unas chicas y más por tanto patán que hay allá fuera que ni siquiera te ofrece una cerveza o las tienes que llevar tú, y los escasos hombres «deconstruidos» que existen, pero hay que tener cuidado con esa rapidez con la cual se construyen hoy en día las relaciones, y más las de pareja. Llevamos tanto prisa, que se nos olvida que la vida tiene sus propios tiempos. Lo verdaderamente importante de la vida, que eso es los vínculos afectivos entre seres humanos, comienza con una selección de fotos bajo algoritmos e inteligencia artificial. No me vengan con mamadas. Eso no es amor. El menos, para mí no. Yo amo los encuentros fortuitos. Cuando te das cuentas que hay bromas cósmicas o la cantidad de factores que intervinieron para que se cruzara en tu camino alguien. No hay nada como un primer encuentro con alguien que te atrae y te dan ganas de probar sus sabores. Hay que olerse, como los perros. Me niego a creer que hasta la genética puede decirte cual es la pareja perfecta para ti. El amor es un acto de voluntad y sólo con amor se sobreviven las aflicciones de la vida y se acepta al otro como uno imperfecto.

Como mi intuición no suele fallar, al dejar mi chamarra en su recámara y pasar al baño, decidí espantar al buen hombre. Eso me sale re bien. Han sido años de práctica. Hablé mucho de mi trastorno bipolar, pero desde la postura todavía un poco de víctima y sacándolo de proporción. Hoy les puedo decir que mi trastorno ya no me controla, que tomo muy poco medicamento, que tengo un excelente psiquiatra que me ha contenido durante cinco años. Los episodios son esporádicos ya y mucho causados por el entorno. No duran tanto y son menos intensos. Pero, no niego que existe un miedo latente en mí que de pronto se desate una manía o una depresión de meses. No estoy exenta nunca. Y no son bonitos esos meses. No lo son, y menos para una pareja.

Luego, para rematar también hablé mucho sobre mi dificultad para generar intimidad con un hombre debido a que soy sobreviviente de violencia sexual. Sobreviví dos violaciones, con agresión y crueldad. Una a mis diecinueve perpetrada por un hombre en el cual confiaba y otra a mis veintisiete, que no recuerdo quién o quiénes me violaron porque me drogaron en el antro.

Atractivo no se ve el paquete, pero el Joselo se mostró empático. Me supo escuchar y lo hizo de forma atenta. No juzgó. Sus preguntas fueron discretas. Me tomaba de la mano cuando se me quebraba la voz.

«Antes de que me pongas las chanclas, piensa bien donde te estás metiendo», le dije.

Rió, me abrazó y me dio un beso apasionado. No me sentí tan cómoda y en la madrugada le pedí que me llevara a mi casa, no tenía ánimos de dormir en casa ajena, aunque se ofreció que yo durmiera en su cama y él en el sillón de su sala.

Me trajo a mi casa. En el trayecto, platicamos bien, de todo y nada. Se sentía buena vibra. Cuando llegamos, le di un par de besos tiernos antes de bajarme de su coche, le di las gracias por todas sus atenciones y le dije que me gustaría volverlo a ver. «Claro que sí.» «Buenas noches, regresa con cuidado.»

Con todo y mi drama de vida (y actuación de Oscar), esa noche sí me sentí un tanto ilusionada, porque el Joselo parecía un buen hombre, a quien le importaba muy poco todo ese bagaje emocional que cargo después de más de cuatro décadas de vida.

No tenía idea…

… continuará…

Sandra de Uriarte

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Autor: Escritora Sx Bipolar

Creative writer, bookworm, Netflix junkie, cat-lover, ballet enthusiast and tobacco is my fucking addiction...

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