A un año de la marcha…

#yoconfieso

Sin duda en el último año, con todo y una pandemia, la lucha feminista ha tenido triunfos muy importantes y hoy quiero honrar a todas esas mujeres que nos abrieron camino y nos dieron la garra y fuerza para romper el silencio y hacer visible lo invisible. Todo lo que tenemos las mujeres emancipadas es probable que otra lo haya pagado con su propia vida, y a ellas dedico mi lucha.

El 8M de 2020 fue histórico. Movilizaciones masivas en muchas ciudades, sobre todo en México y América Latina. Las calles alrededor del mundo se tiñeron de morado y verde. Una sola voz. Consignas estremecedoras. Y la rabia. Esa rabia. Haber marchado en la Ciudad de México fue lo que terminó por empoderarme de forma genuina y ponerme los lentes de género.

Pero no sólo las manifestaciones conmemorando el Día Internacional de la Mujer fueron un triunfo. La despenalización del aborto en Argentina marca un antes y un después en la lucha feminista y en la historia de Latinoamérica.

Tres premios Nobel el año pasado tuvieron rostro femenino: Louise Glück, en Literatura; Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, en Química; y Andrea Ghez, en Física. Ramas, sobre todo la Química y Física, que han sido representadas históricamente por figuras masculinas.

El auge del movimiento #MeToo en algunos países de Medio Oriente, sociedades muy restrictivas en términos de igualdad y libertades, y azotadas por el fanatismo religioso.

La publicación de un manifiesto feminista por un grupo editorial prestigioso que surgió de un colectivo en Chile, que regaló un himno al movimiento.

En México, la aprobación del la Ley Olimpia a nivel federal es un gran triunfo de nuestra lucha. Es un conjunto de reformas para reconocer las agresiones de género digitales y castigar las prácticas que vulneran la privacidad e intimidad sexual de las personas, especialmente niñas y mujeres.

Organizaciones feministas como GIRE, que acompañan en la búsqueda de justicia a las más de mil mujeres al día que sufren de violencia obstétrica en México, entre muchas otras actividades que realizan en cuestión de la salud reproductiva y los derechos sobre nuestro cuerpo. Michoacán es la primera entidad federativa de nuestro país que establece legalmente que las escuelas provean de manera gratuita a niñas, adolescentes y mujeres de productos de higiene y salud menstrual.

Todo esto y mucho más es el feminismo. No es un partido político, no hay un dirigente ni líder, no es un grupo de agitadoras sociales pagadas por el gobierno, y mucho menos es esa lucha absurda de poder entre mujeres y hombres que muchas veces se aprecia en redes sociales. Lucha carente de fundamentos, que refuerza el machismo y los roles de género, y va contra la misma esencia de nuestro movimiento: erradicar la violencia de género, permitida por el orden patriarcal que afecta a todos por igual y ha creado muchos grupos sociales muy desfavorecidos, que no se respetan sus derechos humanos, y tratan de oprimir.

Son muchos frentes, pero tienen la misma causa: lograr un mundo justo, igualitario, equitativo, con los mismos derechos, obligaciones, oportunidades y condiciones. Una sociedad libre de jerarquías, poder y violencia. Ésa es mi lucha y es por todos. De eso se trata: de liberarnos del hetero-patriarcado, del sistema social, político y cultural constituido desde hace siglos. No se trata de quitarle el poder a los hombres, para ejercerlo las mujeres. Lo que más queremos es terminar con las mismas estructuras sociales que han favorecido la naturalización y normalización de la violencia en todos los niveles.

Algo que me motiva a seguir de pie en la lucha es que están alzando la voz. Cada vez son más las mujeres que deciden ser valientes y denunciar el acoso, abuso sexual y violaciones que han sufrido. Casos como el de Andrés Roemer me causan una mezcla agridulce de emociones. Por un lado, una gran admiración, respeto y empatía por las sobrevivientes, por otro, alegría por desenmascarar a los agresores sin importar quién es, pero también me quiebra la tristeza al pensar que NUNCA debió de haber pasado, y ahí se desata la rabia. Porque lo que los agresores les quitan a sus víctimas, toma una vida entera recuperarlo. Pero está naturalizada y normalizada la violencia por el hetero-patriarcado. Ya lo está y se debe aceptar. Además, las reacciones sociales ante la violencia, la sepultan. Esto debe parar. Estamos a tiempo.

Una cosa que noto cuando hablo con mis amigos sobre feminismo, es que tienen todavía un poco de prejuicio, concepciones erróneas y arquetipos que propician los argumentos basados más en la pasión que en la razón. Son los más difíciles de quitar, si les soy honesta. Los hombres se sienten atacados y agreden. Es reacción natural. Un mecanismo de defensa. Pero la cosa va mucho más allá de roles de género impuestos, doble moral, machismo y la complejidad de las relaciones humanas en una situación pre-apocalíptica.

Se trata de deconstruir. Eso quiero hacerles ver siempre. Y debemos deconstruirnos hombres y mujeres por igual y rescatar valores encaminados a la libertad de todos y justicia para las víctimas. Yo no estoy de acuerdo con el lenguaje inclusivo, pero ésa soy yo y respeto lo que hay detrás de eso, pero sí creo que nuestra forma de nombrar las cosas es justo lo que las naturaliza y normaliza.

Y cuando los enfrento a eso mismo, claro que hay un rechazo inmediato, porque si aceptamos que el modo en el cual hemos vivido naturalizó y normalizó la violencia y nos damos cuenta cómo ha afectado en nuestra vida la misma y que fuimos presas de una vil injusticia, te invaden la culpa, vergüenza, dolor y rabia de no haber hecho nada porque «así es, es lo normal, a todos les pasa.» La violencia no deja nada bueno, ni aprendizaje. Sólo deja destrucción, arrebata la confianza y lo primero que debemos comprender es que hay muchos tipos de violencia, no sólo la física, y vivir violencia, quien sea y como sea, deja secuelas permanentes, heridas profundas y sentimientos desoladores en los sobrevivientes, y no olvidemos los millones de mujeres a quienes les robaron la vida simplemente por el hecho de ser mujer, y casi siempre un feminicidio es un acto cruel y atroz, lleno de violencia, perpetrado por una persona de confianza de la víctima.

Aceptar que todos somos presas del orden patriarcal, causa miedo. Es romper con los cimientos, es enfrentarnos con lo que somos, pero sobre todo: con lo que hemos permitido. La ignorancia se agudiza gracias a la era de la desinformación y manipulación masiva y de los gobiernos tiranos, corruptos, opresores y en manos de gente inculta, sin educación o formación profesional, que no respetan al planeta y con sed de poder y venganza.

Y se preguntan por qué estamos como estamos, cómo fue que llegamos hasta aquí, con un mundo que se está cayendo a pedazos. ¿De verdad? Es muy claro y contundente: nuestro movimiento se basa en la liberación de lo que ha sostenido al ser humano casi que desde sus inicios, y ha generado, además, una situación de violencia endémica, principalmente sobre las mujeres.

Por mí, por mis hermanas, por todas las sobrevivientes y, sobre todo, por aquellas que ya no están es mi lucha. Basta ya.

Sandra de Uriarte

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Autor: Escritora Sx Bipolar

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